Bajo mi piel Seis
20%

Seis

Nate no dio el brazo a torcer.

Se duchó el primero.

El agua salía helada o hirviendo. Sin término medio.

Le daba igual.

Fue maravilloso.

Recostado contra los azulejos de la pared, notó cómo su piel se iba enrojeciendo.

La ducha era uno de los sitios donde mejor pensaba.

En su piso de las afueras de Washington, se pasaba media hora bajo el chorro cada mañana, pues el rumor del agua cayendo a su alrededor le resultaba relajante.

Vivía en un apartamento de un dormitorio en la zona de Chevy Chase, carísimo (en Washington era inevitable, a menos que se hubiera resignado a vivir a una hora de la ciudad) y con pocos muebles.

No tenía tiempo para hacerse con más cosas, ni amigos de verdad con los que pudiera sentarse en el sofá a comentar la jugada y ver programas cutres de televisión.

Trabajaba demasiado. Eso le gustaba. Resultaba más fácil depender de uno mismo que de los demás.

¿Se sentía solo a veces?

Pues claro.

Pero no se obsesionaba demasiado con ello. No tenía tiempo.

Su despertador sonaba a las cuatro y media y él se iba arrastrando los pies al gimnasio de la planta baja, donde corría en una cinta, con el discman en la cintura y los cascos en las orejas, escuchando Dangerous de Michael Jackson a todo volumen.

Después de cumplir religiosamente con su meta diaria de cinco kilómetros, subía de nuevo a su apartamento.

En cierto momento, se planteó adoptar un gato. Pero entonces se acordó de que odiaba a los gatos.

No pasaba suficiente tiempo en casa para tener un perro.

A las cinco entraba en la ducha.

Y se quedaba ahí media hora.

Pensando.

Esto lo ayudaba a centrarse.

Hacia el final de su brillante trayectoria en el Post , le había dado por ducharse también por la noche.

No le había servido de mucho.

Así que ahí estaba, dándose una ducha demasiado caliente, en medio de una nube de vapor cada vez más densa, pues se había olvidado de encender el ventilador del techo. Notaba el frío de los azulejos en la espalda mientras el agua lo escaldaba por delante.

Solo podía respirar con jadeos cortos.

Necesitaba que se marcharan.

Imperiosamente.

Tenían que irse. Tal como había dicho Alex, había otras cabañas.

Muchas, de hecho. No apoyaba que allanasen la casa de otra persona, pero...

no debían estar ahí. Eran complicados. Los dos.

Y lo último que necesitaba Nate eran complicaciones.

De hecho, si había viajado a Oregón era precisamente porque quería descomplicar las cosas.

¿Tenía preguntas?

Un montón.

Se le agolpaban en el cerebro. Siempre había sido curioso, ya desde niño.

Quería saberlo todo, incluso lo que no debía.

Su madre lo tachaba de cotilla. En cierta ocasión lo había sorprendido intentando escuchar una conversación entre su padre y ella, y le había dicho que se ocupara de sus asuntos, porque si no algún día se metería en líos.

Y, cómo no, resultó que tenía razón.

Por eso estaba ahí ahora.

Porque se había pasado de la raya.

En el ejercicio del periodismo había que respetar ciertas normas éticas, sobre todo si uno trabajaba para un periódico con tanta historia como el Post .

Tenían que marcharse.

Qué importaba que una niñita tuviera que bañarse en las frías aguas de un lago.

Había personas en el mundo que ni siquiera tenían agua con que bañarse.

Y cuanto menos supiera sobre el asunto, menos probable sería que lo llamaran a declarar como testigo en el juicio sobre... lo que fuera que estuviese pasando.

Pero, joder, cómo le picaban la curiosidad esos dos.

Soltó un gruñido.

No.

Ni hablar.

No les haría una sola pregunta.

Fin de la historia.

—¿Por qué te llamas Artemisa Darth Vader? —preguntó Nate mientras Alex estaba en la ducha.

La chiquilla yacía en el sofá en una posición rara, repantigada casi por completo, con los pies enfundados en calcetines y colgando sin llegar a tocar el suelo.

Tenía en las manos otro título de Louis L’Amour, Valle prohibido .

Ned Bannon se enfrenta a su hermano por el dominio sobre Bishop’s Valley.

El malo muere, y el viejo Ned se queda con la chica.

—¿Cómo dices, forastero? —dijo Art arrastrando las palabras sin alzar la vista. Llevaba puestas las gafas de sol. Se preguntó de dónde las había sacado. Si las había robado.

—Artemisa Darth Vader.

Ella bajó ligeramente el libro.

—Es mi nombre. No me lo gastes. —Se le escapó una risita—. Por fin entiendo por qué hace gracia esa frase. Interesante. Me gusta.

—¿Por qué te...?

—¿Ya estamos otra vez con eso?

Se volvió hacia el pasillo y escuchó el ruido de la ducha.

Cuando él hubo terminado, fue el turno de Art.

Había tardado mucho mucho menos de lo que él se esperaba.

Había salido solo diez minutos después, con el cabello hábilmente envuelto en una toalla, unos vaqueros que le quedaban un poco grandes, calcetines morados y una camiseta de los Chicago Bulls que le caía por un hombro.

Alex, por su parte, se había mostrado reacio a dejarla sola con Nate. Art le había dicho que no fuera tonto. Él había refunfuñado algo ininteligible antes de fulminar a Nate con la mirada durante un minuto largo.

La amenaza implícita era evidente. No hacían falta palabras.

Nate no iba a hacer ni una puñetera pregunta. Estaba decidido.

Para su escasa sorpresa, en cuanto el agua de la ducha volvió a correr, no pudo evitar abrir la boca.

—No me contestaste —dijo.

—Que sí —repuso Art, pasando una página del libro—. Te dije que es porque me gusta. Y tú dijiste que te llamabas Nathaniel Cartwright porque es el nombre que te pusieron tus padres. Aunque no los aprecias mucho.

Él parpadeó varias veces.

—¿De qué narices hablas?

—Están muertos, ¿verdad?

—¿Cómo lo...?

—Es lo que le has dicho a Macho Man. Pero no parecías muy triste cuando lo has dicho. Creo que estabas enfadado. O algo parecido.

Mierda. Tenía razón. Y eso significaba que habían escuchado la conversación.

—Eso no viene al caso. No importa.

—Ah. Vale. Pero una cosa: si no los aprecias mucho y ellos te pusieron tu nombre, ¿por qué no te lo cambias?

Una sensación de impotencia se apoderó de Nate. La cosa no iba como esperaba.

—Eso no funciona así.

La cría se subió las gafas, que quedaron apoyadas sobre la toalla de su cabeza.

—¿Quién lo dice?

No sabía qué responder a eso.

—Todo el mundo.

—Alex no.

—¿Qué?

—Alex dijo que podía ser quien yo quisiera. Que nadie podía obligarme a hacer nada que no quisiera. Que podía elegir mi nombre. Así que eso hice.

—Pero ¿y tu madre?

—¿A qué te refieres?

—¿Qué nombre te puso ella?

Art alzó los ojos al techo.

—Uno que no serías capaz de pronunciar, créeme.

Esto lo descolocó.

—Pero ¿por qué...?

Ella desplegó una sonrisa.

—¿Conoces La guerra de las galaxias ?

—Todo el mundo conoce La guerra de las galaxias .

—Ah, bueno. Entonces sabrás que sale un tal Darth Vader.

—Sí, lo sé.

—Es en parte hombre y en parte máquina, y lleva un sable...

—¡Ya sé quién es!

—Bueno, pues me gusta.

—Te gusta —dijo Nate despacio—. ¿Por qué?

Ella se encogió de hombros.

—Porque era malo, pero en el fondo no lo era.

También porque podía levantar la mano y asfixiar a la gente.

Vale, es verdad que el universo de La guerra de las galaxias no es muy realista, pero eso no...

—Se interrumpió y lo miró, ladeando la cabeza, de modo que se le cayó la toalla—. Por eso elegí Darth Vader.

—Y Artemisa.

—Era la diosa de la caza y de la naturaleza. Protegía a las chicas.

—Y por eso te gustó.

Ella asintió.

—Más que las demás. ¿Crees que existieron de verdad?

—No sé si... ¿Me estás preguntando si creo que las deidades de la Grecia antigua son reales?

—Sí.

—No. No creo que las deidades de la Grecia antigua sean reales.

—Qué lástima. —Ella se recostó de nuevo en el sofá y abrió su libro.

Nate no sabía muy bien cómo la conversación había desembocado en eso.

El agua de la ducha seguía corriendo.

¿Sería capaz de lograrlo?

—Art, escúchame.

—Te escucho.

—Necesito que seas sincera conmigo.

—Eso puedo hacerlo, Nate.

—Vale. Eso está bien. ¿Puedes mirarme a la cara, por favor?

—Puedo hacer varias cosas a la vez. De hecho, se me da bastante bien. Y Ned Bannon está a punto de...

—Por favor, hazlo por mí.

Ella exhaló un profundo suspiro, fastidiada, pero cerró el libro y lo miró.

—Gracias. Ahora, quiero que medites bien tu respuesta, ¿de acuerdo? Medítala a fondo. ¿Lo harás por mí?

—Claro.

—¿Alex te secuestró? ¿Te hace daño? ¿Quieres que te ayude a escapar de él?

Ella no respondió.

—¿Me has oído, Art?

Ella lo contemplaba con fijeza.

Él se inclinó hacia delante.

—¿Estás bien?

Art asintió.

—Te estoy demostrando que medito a fondo, como me has pedido. Cuando meditas a fondo sobre algo, no respondes enseguida.

—Eso no...

—Vale, he terminado de meditar. No. Alex no me hace daño. No me hace falta escapar de él. Es mi Alex. No quiero estar con ninguna otra persona del mundo.

Nate no sabía si la cría decía la verdad o si era víctima de algún tipo de síndrome de Estocolmo. Tenía que presionarla un poco más.

—¿Te ha hecho daño alguna vez?

Ella lo miró con los ojos entornados.

—A propósito, no. Una vez me agarró de la muñeca con demasiada fuerza, pero solo porque íbamos corriendo muy rápido y no se dio cuenta de que me estaba apretando más de la cuenta. Mis piernas no son tan largas como las suyas.

Nate sintió que un escalofrío le bajaba por la espalda.

—¿De qué huíais?

—De unos señores.

—¿Qué señores?

—Señores con armas.

—¿Te refieres a... la policía?

—No.

Lo asaltó un pensamiento terrible.

—¿Estabais huyendo de la mafia?

Ella soltó una carcajada alegre.

—Ay, Nate. Me caes bien. Me alegro mucho de que eligiéramos tu cabaña para colarnos. Mira que eres rarito.

—¿Qué pasa aquí?

Nate pegó un salto.