Bajo mi piel Cinco #2
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Cinco #2

—Bueno, pues... ya lo tenemos —dijo Randy.

Enderezó la espalda y echó un vistazo al contador, que empezó a avanzar despacio—.

Parece que esto ya está en marcha. He consultado los planos archivados en las oficinas del condado.

Por lo visto sustituyeron las cañerías en 1987, así que no tendrá problemas.

Aun así, si necesita algo, tengo un amigo manitas que no cobra caro.

Solo tiene que avisarme. A veces, las casas como esta se asientan y las tuberías se mueven.

Pueden romperse, sobre todo pasado el invierno si se han congelado.

Nate frunció el entrecejo.

—Creía que el invierno había sido suave este año por aquí.

Randy se rio.

—Es verdad. Ahí me ha pillado. A veces no sé dónde tengo la cabeza.

—Se levantó ayudándose con las manos y se dirigió hacia un grifo montado en la pared lateral de la casa.

La madre de Nate lo había hecho instalar ahí para regar sus parterres.

Lo abrió. Escupió y gorgoteó unos momentos antes de que brotara un chorro transparente.

Randy lo cerró y le dedicó una gran sonrisa a Nate.

—Pues ya está...

En el interior de la casa sonó un porrazo, seguido de un fuerte estrépito.

Randy volvió la vista hacia la ventana.

—¿Hay alguien ahí dentro?

—Eh... no. Habrán sido las cañerías.

Randy asintió despacio.

—Las cañerías. Ya. No recuerdo haber oído nunca ruidos de cañerías como ese. Pero siempre hay una primera vez.

—O a lo mejor ha sido mi perro —se apresuró a añadir Nate —. Es... grande. Y agresivo. Siempre se mete en líos. Seguro que acaba de encontrar las sobras del desayuno.

Randy le sonrió de oreja a oreja.

—Me encantan los perros. ¿Cómo se llama?

— Bobby —balbució, justo antes de torcer el gesto, avergonzado—. Eh... Eso. Bobby .

—¿De qué raza es?

—Bueno, no es más que un chucho sarnoso. Un mil leches, podríamos decir.

—¿Y agresivo, dice?

—Uf, es una fiera. No le gustan los extraños. Suele ladrarles sin motivo, incluso cuando es él quien ha hecho algo mal.

Randy empezó a guardar sus herramientas.

—Qué raro. No lo he oído ladrar cuando he llamado a la puerta.

—Estaba... escondido.

Randy arqueó una ceja.

—¿Un perro agresivo que se esconde? Qué cosa más extraña.

—Ni se lo imagina —dijo Nate, esta vez con sinceridad.

Randy le pidió que firmara un albarán antes de estrecharle la mano y desearle un buen día.

—¡Ya me dirá qué tal se portan las tuberías! —gritó cuando se disponía a subir a su camioneta—. Recuerde que, si hace falta, puedo llamar a mi amigo. Él le sacará del apuro sin cobrarle mucho. Me debe un par de favores.

Nate agitó la mano para darse por enterado, pensando que las cañerías eran el menor de sus problemas.

Randy inclinó la cabeza a modo de despedida y arrancó. Salió marcha atrás antes de alejarse por el camino de tierra.

Nate suspiró, aliviado.

Cuando giró sobre los talones para volver a entrar en la casa, se encontró frente a Alex, que lo miraba con cara de pocos amigos, de pie en el porche. Art estaba delante de él, con las gafas de sol en lo alto de la cabeza.

—Has llamado perro agresivo a Alex —señaló—. Aunque has dicho que se llamaba Bobby , te referías a Alex. Sé lo que es la sutileza, aunque Alex dice que no es verdad.

Nate alzó la vista al cielo, suplicándole en silencio a Dios que le diera fuerzas. Sabía que era un acto hipócrita, pero qué otra cosa podía hacer.

—Es lo primero que se me ha ocurrido, ya que al parecer ninguno de vosotros dos sabe estarse callado.

—He tirado una lámpara sin querer —alegó Art—. Se ha roto. Se supone que debería sentirme culpable porque no era mía, pero me parecía fea y la iba a romper ayer, pero se me olvidó, así que la he roto hoy, sin querer.

Nate lo dejó pasar. No le quedaba otra.

—Claro, claro.

Alex rodeó a la chiquilla y bajó los escalones. Sus grandes pies estaban descalzos, y tenía mechoncitos de vello negro en los dedos gordos. Nate ignoraba por qué se había fijado en eso. No debería haberle importado.

Además, Alex llevaba la pistola.

No fue a por Nate.

En vez de eso, se dirigió hacia un lado de la casa.

—Tiene que ir a cerciorarse —explicó Art.

—¿De qué?

—De que Macho Man Randy Savage no fuera un espía.

Nate abrió la boca para decir algo, pero no encontró forma humana de interpretar esa oración, así que se limitó a sacudir la cabeza y echó a andar tras Alex.

Estaba de rodillas frente al contador del agua, con el arma a su lado, sobre la hierba. Alzó la mano y se puso a palpar el aparato, deslizando las manos por la cubierta de plástico y metiéndolas por detrás como si buscara algo.

Como no encontró nada, retiró la rejilla que cubría la llave general, se agachó e introdujo el brazo hasta el hombro, entrecerrando los ojos.

—¿Sabes qué? —dijo Nate—. Para ser alguien al que ayer mismo le costaba moverse porque le habían pegado un tiro, se te ve bastante ágil.

Alex no respondió.

—Es verdad que la herida no tenía pinta de ser reciente, pero aun así... Ayer parecías un vejestorio, y hoy estás fresco como una lechuga. ¿Ha sido por el café? Por cierto, de nada. Gracias por descargar la camioneta y luego servirte tú mismo.

Ni una palabra.

—Seguramente ha sido el beicon —terció Art, que apareció de pronto a su espalda como salida de la nada. No la había oído acercarse—. Todo es mejor con beicon.

—Ya —dijo Nate pausadamente—. Porque nunca lo habías probado antes. Ni habías visto a una camarera.

—Fue de lo más amable —dijo Art—. Me llevó zumo a la mesa cuando se lo pedí. Y helado. Y pastel de carne. Y zanahorias. Y puré de patata.

—Ah, muy...

—Y mantequilla para el pan, que no eran tostadas.

Nate aguardó.

Ella le sonrió.

—Eres reportero —gruñó Alex al enderezarse, como si existiera algo llamado latigazo conversacional.

—Perdona, pero soy periodista...

—Deberías habérmelo dicho.

—Ah, claaaro. Como tú me has contado tantas cosas... ¿Cómo he podido ser tan grosero de no hablarte sobre mi trayectoria profesional, oh, intruso que se ha colado en mi casa? Te ofrezco mis más sinceras disculpas. Te ruego que al menos te plantees perdonarme.

—Se lo planteará —aseguró Art—. Empiezas a caerle bien, aunque por lo general nadie le cae bien excepto yo. Se nota porque hace más de diez minutos que no te apunta con la pistola.

Nate notó que se ruborizaba, sin saber por qué.

Se la traía floja caerle bien o mal a ese hombre.

Aún sospechaba que se estaba cometiendo algún tipo de delito ahí, y si estaba relacionado con la niña, haría todo lo posible para apartarla de Alex.

Lo que Alex pensara de él debería traerle sin cuidado.

Debería.

—Con razón haces tantas preguntas —masculló Alex, limpiándose la mano en la pernera—. Los reporteros no sabéis cuándo ocuparos de vuestros putos asuntos. Siempre metiendo las narices donde no...

—Es justo lo que había venido a hacer aquí —espetó Nate.

Por lo general le importaba tres cojones lo que los demás opinaran sobre la profesión a la que se dedicaba.

O, mejor dicho, a la que se había dedicado.

Era un trabajo importante, y lo que le atraía de él no era la popularidad.

Aun así, tuvo que reconocer para sus adentros que el desprecio de Alex lo había herido un poquito en su amor propio—.

A ocuparme de mis putos asuntos. Pero, por si no lo habías notado, alguien se ha colado en mi cabaña y se ha instalado cómodamente en ella. Cosa que es ilegal, por cierto.

Alex se irguió cuan alto era.

Nate no dejó que esto lo intimidara. Bueno, sí, pero ya se había enfrentado con gilipollas antes. Este solo era uno más.

Sintió un ligero alivio al comprobar que la pistola seguía en el suelo.

—Vale —dijo Alex con expresión ceñuda—. Hay muchas otras cabañas por aquí. Ya encontraremos otra.

—Pero en esas no hay agua —repuso Art. Los dos bajaron la mirada hacia ella—.

Esta sí. Y el lago está frío y me gusta mi cama y solo he leído quince de los libros, lo que significa que me faltan trescientos sesenta y dos.

—Inclinó la cabeza, de modo que las gafas resbalaron desde su frente hasta su nariz—.

Además, Nate se pondrá triste si nos vamos. Nos aprecia.

—No os aguanto a ninguno de los dos —dijo Nate.

—Nos has preparado beicon.

—Eso no demuestra que os aprecie.

—Pues desde luego lo parecía —dijo ella—. Si le das una cosa tan buena a alguien, tiene que significar algo. No puedes hacerle un regalo a una persona sin sentir algo por ella.

—No era más que un desayuno.

Alex se agachó junto a la muchacha.

—Todo irá bien —le dijo sin mirar a Nate—. Ya encontraremos otro sitio. Y ya sé que el agua del lago está fría, pero si nos damos prisa, pasará pronto y podremos volver a entrar en calor. A lo mejor incluso habrá más libros, diferentes de los de aquí. Todo irá bien. Te lo prometo.

Nate nunca lo había oído decir tantas palabras seguidas.

Se preguntó si intentaban manipularlo.

Le daba la sensación de que sí.

Art levantó los ojos hacia él y se quitó las gafas despacio. Tenía los ojos muy abiertos, como una maldita princesa de anime.

No cabía duda: se trataba de una vil manipulación, aunque suponía que solo por parte de ella. Alex no daba el tipo de manipulador. Lo suyo eran más bien los puños, las pistolas y la violencia. No entendía de sutilezas.

En cambio, Artemisa Darth Vader... era una maestra de la manipulación.

Y lo peor es que estaba dando resultado.

—Mañana —dijo Nate con los dientes apretados—.

Podéis marcharos mañana. Deja al menos que la cría se dé una ducha con agua caliente.

Y tú también. Pero por mi madre que me toca a mí primero, porque esta puta cabaña sigue siendo mía.

¿Me habéis oído? Yo me ducho primero, y me tomaré todo el tiempo que me dé la gana, así que no me toquéis los cojones con eso.

Art asumió una expresión de autosuficiencia.

Alex arrugó el entrecejo.

Nate estuvo a punto de partirle la cara.

En vez de hacerlo, se dio la vuelta y rodeó la casa hacia la puerta principal.

Le pareció oír una risa de niña a sus espaldas.