Bajo mi piel Cinco
18%

Cinco

En el porche había un hombre.

Nate parpadeó varias veces, deslumbrado por el sol. El aire frío le puso la carne de gallina.

El hombre llevaba vaqueros, botas y un polo bajo una chaqueta ligera. Tenía el cabello negro con grandes entradas, y unas gafas de montura metálica apoyadas en la punta de la nariz.

Una placa colgaba de su chaqueta.

—¿Nathaniel Cartwright? —preguntó con una voz un tanto atiplada.

—Sí, soy yo... —Esperaba que el hombre no estuviera a punto de morir delante de él.

—Trabajo para el servicio de obras públicas del condado de Douglas. —Le tendió la mano—. Me llamo Randy. Le avisaron de que me pasaría esta mañana para restablecer el suministro de agua, ¿verdad?

Nate no tenía idea de qué le estaba hablando. De pronto cayó en la cuenta.

—Ah, sí —se apresuró a responder—. No estaba... Creía que... Es demasiado pronto. Se suponía que no vendría hasta esta tarde.

Randy se encogió de hombros.

—Su casa es la que me quedaba más lejos en la ruta de hoy, así que he decidido empezar aquí y luego ir regresando.

No tenemos muchos clientes por aquí arriba, al menos en esta época.

No empieza a llegar gente a los bungalós hasta junio, más o menos.

Por lo general aún hay nieve en el suelo. Ha sido un invierno moderado, ¿sabe?

—Eso había oído —dijo Nate, con un leve hormigueo en la piel.

—Será cosa de un momento, seguro. La llave de entrada general suele estar cerca del contador. ¿Sabe dónde lo tiene?

Él asintió.

—Se lo enseño.

Se dispuso a salir y cerrar la puerta a su espalda.

—Espere —dijo Randy, alzando la mano.

Nate se detuvo.

—Hace un poco de frío aquí fuera. ¿Por qué no se pone una chaqueta? No se vaya a congelar. —Sonrió.

—Deme un segundo.

—Faltaría más —dijo Randy—. Voy a la camioneta a buscar un par de cosas. Tómese su tiempo.

Se alejó del porche silbando mientras la grava crujía bajo sus pies.

Nate cerró la puerta.

—¿Lo llamaste para que viniera? —gruñó Alex.

Nate asintió.

—Sí. A ver... Pedí la cita hace días. Es... es normal que esté aquí.

Art lo miró por encima de las gafas de sol, segura en los brazos de Alex.

—Me da mala espina.

Alex bajó la vista hacia ella.

—¿Por qué?

Art dirigió la mirada hacia Nate, luego la posó de nuevo en Alex y dijo una cosa rara. Bueno, otra cosa rara.

—¿Es Macho Man?

Hasta Alex parecía desconcertado, con las cejas arqueadas. Al cabo de unos instantes, suspiró.

—No, no es él.

—¿Quién? —preguntó Nate.

—Macho Man —dijo Art—. Randy Savage.

—No entien... ¿Te refieres al luchador?

Ella asintió con solemnidad.

—Odia a Hulk Hogan. Y a mí Hulk Hogan me cae bien.

—¿Quiénes narices sois? —inquirió Nate con vehemencia.

—Me llamo Artemisa D...

—Darth Vader, sí, ya lo sé. Y él es Alex Delgado.

—Nate alzó las manos en un gesto de exasperación—.

Eso no explica... ¿Sabes qué? No importa.

Me voy ahí fuera con el tío del agua, que nos va a activar el suministro.

Luego volveré aquí y me daré una ducha, porque todavía llevo los mismos malditos calzoncillos...

—Lavamos en el lago con tu detergente para platos —declaró Art, dándole palmaditas a Alex en las mejillas—. Alex dijo que era lo mismo, pero el agua estaba fría. Podrías haberle pedido que te prestara unos calzoncillos.

Nate emitió un gemido de sufrimiento.

—No me... Esa no es la cuestión. Ay, Señor, yo no... ¡Me voy fuera!

Puso la mano en el pomo de la puerta y se dispuso a abrirla de un tirón con un gesto dramático.

—No te olvides de la chaqueta —dijo Art.

Nate estuvo a punto de soltar un aullido.

En vez de hacerlo, dio media vuelta y se acercó a su bolsa de lona dando sonoros pisotones.

La abrió y encontró una chaqueta con cremallera.

Eso le valdría. La sacó y se la puso, metiendo un brazo primero en la manga izquierda y luego el otro en la derecha sin dejar de mirar con mala cara a esas dos personas que conocía desde hacía menos de un día y que ya le habían trastocado la vida.

Regresó a la puerta dando sonoros pisotones.

—Si dice «ooh, sí», ten cuidado con su llave especial —le dijo Art mientras él abría la puerta con brusquedad—. Se llama el Codo Salvaje, y con eso te derriba seguro.

Nate cerró de un portazo tan fuerte que la madera del marco traqueteó.

Una cabeza apareció por detrás de la camioneta blanca.

—¿Todo bien?

Nate forzó una sonrisa, lo que le resultó más fácil de lo que esperaba.

—Sí, todo bien.

—Genial. Vamos a dejarle bien instalado, y ya verá qué a gusto va a estar.

Nate suspiró. Lo dudaba mucho.

—Ahí está —dijo Randy, señalando el contador, en un costado de la casa. El cielo ya se había teñido de un azul intenso, con solo unos rastros de nubes. Hacía frío, y Nate veía su aliento cada vez que exhalaba. La superficie del lago estaba lisa, y sus aguas casi inmóviles.

Randy dejó su caja de herramientas cerca de una pequeña rejilla metálica. Se puso de rodillas, abrió la caja y estudió el contador.

—Bueno, ¿y qué le trae por aquí?

Nate captó un movimiento con el rabillo del ojo. Al levantar los ojos, vio una ventana con las cortinas cerradas. Era la del segundo dormitorio. Al principio, no ocurrió nada, pero de repente las cortinas volvieron a moverse ligeramente, apartadas por un dedo.

Nate lanzó una mirada asesina.

Las cortinas se cerraron de nuevo.

Randy se volvió hacia él.

—Perdona —dijo Nate—. Esto... ¿cuál era la pregunta?

Randy soltó una risita.

—Es demasiado temprano para usted, ¿verdad?

—Sí. Algo así.

—Pues yo soy muy madrugador. Siempre lo he sido. Quien se acuesta temprano, temprano se levanta, como decía mi madre. Supongo que así hay más cosas que ver a la luz del día.

—Eh... sí, claro. —Alzó la vista de nuevo a tiempo para comprobar que las cortinas se agitaban furiosamente.

No tenía idea de qué demonios estaba pasando hasta que Art asomó la cabeza entre las cortinas con las gafas de sol torcidas y, gesticulando con la boca, se señaló el codo y luego al hombre.

«Codo Salvaje», dijo sin voz, moviendo los labios de forma exagerada.

Nate se atragantó.

Randy lo miró otra vez.

Nate se rascó la nuca para disimular.

No fue un gesto muy convincente.

—¿Todo bien?

Nate asintió.

—Sí. Es que... es demasiado temprano para mí, como ha dicho usted.

Randy retiró la rejilla y sacó de la caja de herramientas una llave inglesa larga y delgada.

—Sujéteme esto un momento, ¿quiere? —dijo, pasándole a Nate una linterna—. Apunte hacia abajo, si no le importa.

Nate hizo exactamente eso.

El haz de luz temblaba.

Se agarró la mano con la otra para estabilizarla.

Randy se inclinó hacia la abertura.

—Como le decía, ¿qué le trae por aquí?

—Ah. Pues... Bueno, es que la cabaña es mía, supongo.

—¿Supone? O lo es o no lo es.

—Ya. Es verdad. Sí, es mía. La... he heredado. Hace poco. De mis padres.

—¿Han fallecido? —preguntó Randy, y se le escapó un gemido cuando se agachó más.

—Sí.

—Lo siento mucho. Ahora están con el Señor, tras haberse ganado el cielo.

Nate no era religioso. Nunca lo había sido. Ni siquiera sabía en qué creía. Todo eso de un dios supremo, el cielo, el infierno y el juicio final le sonaba casi a cuentos de hadas. Sin embargo, muy pronto aprendió que eso no había que decirlo en voz alta delante de un creyente.

—Claro —dijo en cambio. Era la respuesta más fácil.

Alzó la vista de nuevo.

Art tenía la cara apretada contra el cristal. Cuando se percató de que él la estaba mirando, sopló con todas sus fuerzas, de modo que los labios se le ensancharon y los ojos se le desorbitaron.

Nate sufrió un ataque de tos explosiva.

La niña reaccionó con furia cuando una manaza tiró de ella hacia atrás y cerró las cortinas contra la ventana.

Randy lo observaba fijamente.

—Me he tragado un bicho —consiguió decir Nate—. El cabrón era grande.

Randy asintió, acariciándose el mentón.

—Ya lo creo. Alrededor del lago crecen un montón, aunque más bien en verano. Tendrá que conseguir un buen insecticida si piensa quedarse hasta entonces.

Le sonó como una pregunta cuya respuesta ignoraba.

—Tal vez.

Randy volvió a la carga.

—¿Puedo preguntarle qué trabajo tiene que le permite quedarse aquí, si no es indiscreción? ¿Escribe libros? Tiene pinta.

Nate no supo si tomárselo como un insulto o no.

—No, no soy escritor. No de libros al menos.

—¿Hay escritores de otro tipo?

—Sí. Yo era... soy periodista.

—¿Reportero?

Esto crispó un poco a Nate e hizo aflorar su viejo orgullo profesional.

— Periodista .

—¿De las noticias? ¿Salía en la tele? Eso es un curro de categoría.

—De prensa.

—¡Ah! Qué bien. No leo los periódicos. Para serle sincero, apenas leo nada.

Nunca he tenido la paciencia suficiente.

Para eso está la televisión. Además, en el mundo pasan demasiadas cosas malas, ¿sabe lo que le digo?

Yo prefiero las noticias alegres. El verano pasado, había una ardilla por aquí que practicaba esquí acuático.

¿Se lo imagina? Esa es la clase de historias que me gusta oír.

No se lo pierda: la cabroncita iba detrás de una lancha teledirigida.

Era de lo más curioso. En el mundo ya pasan demasiadas cosas malas.

Solo me interesan las ardillas con esquís.

—No tenía... No sabía nada de eso.

—¿No escribe sobre ardillas esquiadoras?

—No. Yo estaba... en Washington. Me centraba más en... la política. Había ardillas, pero no esquiaban.

Randy hizo una mueca.

—No sé cómo podía soportarlo. Tratar con esos peces gordos de Washington.

¿Qué narices sabrán ellos del currante medio?

No me fío un pelo de nada de lo que diga el vivales de Clinton.

Nada que ver con Reagan. Si quiere que hablemos de un tipo honrado, ese era Ronald Reagan.

Él sabía cómo hacer las cosas, sí señor.

En el piso de arriba había un hombre con un arma que llevaba en brazos a la niña más rara que Nate había conocido mientras otro hombre hurgaba en un agujero en el suelo a sus pies soltando gruñidos y hablando de política y de la fe en Dios.

Debería haberse quedado en Washington.

Al menos estaba acostumbrado a las locuras de allí.