Cuatro #3
Se metió la loncha entera entre los dientes y masticó ruidosamente.
—¿Esto es cerdo? —dijo con la boca llena de carne—. ¡Madre mía, pero qué cosa!
Hizo ademán de coger otro trozo, pero Alex posó la mano encima de la suya.
—Primero mastica eso con cuidado y traga. Luego podrás comer más.
Ella asintió, con los carrillos hinchados.
Nate se quedó mirándola, boquiabierto.
—Nunca había probado el beicon —se apresuró a decir Alex.
Nate hizo un gesto afirmativo, sin saber qué decir.
Apenas se había tomado un bocado de huevo cuando Art tomó aire con una nueva loncha en la boca y soltó un gemido mientras la engullía entera otra vez.
Alex comió también, pero no con la misma voracidad. Él lo hacía de forma limpia y rápida, masticando mecánicamente antes de llevarse a la boca otro trozo de tamaño razonable.
Era la comida más extraña en la que había participado. Incluso más que la cena de ternera con verduras y tostadas.
A Art los huevos no la entusiasmaron tanto como el beicon.
Casi pareció entristecerse cuando se le acabó.
Contempló con envidia el plato de Nate, donde el beicon seguía junto a los huevos; apenas lo había tocado.
Él pensó en cedérselo, pero temía que eso formara parte del plan de los fugitivos: que intentaran caerle simpáticos (bueno, que ella le cayera simpática, porque Alex era un capullo integral) para que él bajara la guardia y entonces pudieran...
hacer lo que tuvieran planeado hacerle. No estaba seguro de si lo tenían como rehén, si le estaban robando o si se estaba convirtiendo en el tercer miembro de su secta.
La pistola aún no había aparecido.
Menos mal.
Se comió su beicon con aire desafiante. No pensaba caer en sus trampas.
Esto no pareció hacerle ni pizca de gracia a la niña.
Él experimentó una satisfacción salvaje. Y un extraño sentimiento de culpa.
Acto seguido, cambió de tema de la peor manera posible.
—Gracias por tu servicio.
El tenedor de Alex, con lo que le quedaba de huevo, se paralizó a medio camino de su boca, sin que le temblara el pulso siquiera.
Art lo miraba fijamente.
Nate se aclaró la garganta, preguntando cómo había sobrevivido tantos años sin que lo asesinaran.
Alex dejó el tenedor en el plato.
Seguramente podría usarlo como arma si quisiera.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Alex con sequedad.
—Tu tatuaje —dijo Nate, en el tono más sereno de que fue capaz—. Es de los marines, ¿verdad? Semper Fi y toda la pesca, ¿no?
Alex aferró el tenedor con más fuerza.
Nate no quería morir. Deseó haber mantenido el pico cerrado.
—¿Cómo lo sabías? —inquirió Alex.
—Eh..., viví en Washington. Uno acaba reconociendo a los soldados por su aspecto. Además, venga ya. Tu tatuaje dice «USMC». Nadie que no haya estado en los marines llevaría eso.
¿O sí? Seguro que tenía razón.
Alex asintió despacio, pero sus dedos no dejaron de apretar el tenedor.
Con lo bien que iba el desayuno...
En líneas generales.
—Ay, madre —susurró Art, repartiendo la vista entre los dos.
Nate no sabía qué más decir.
—Sí —dijo Alex, para su sorpresa.
Nate lo miró, parpadeando.
—¿Sí?
—Sí.
—Vale. Pues... gracias. Por eso. Por la aclaración.
Alex asintió. Se llevó el tenedor a la boca y se acabó sus huevos.
Como si hubiera estado esperando a que terminara, Art cogió el plato de Alex junto con el tenedor y lo colocó encima del suyo. Dirigió la mirada a Nate y luego a su plato antes de posarla en él otra vez.
Él miró hacia abajo.
Aún le quedaban huevos.
Se los terminó.
Ella no le quitó ojo.
Alex tampoco.
Una vez que el plato quedó limpio, Art carraspeó.
—¿Puedo retirar el plato, señor? —preguntó educadamente.
Nate hizo un gesto afirmativo, preguntándose a qué venía eso de «señor».
La cría se volvió hacia Alex.
—¿Lo he hecho bien?
—Sí.
—Guay. —Se dio la vuelta y agarró el plato de Nate—. Espero que el desayuno haya sido de su agrado.
—Ha estado... bien —dijo Nate, porque sí.
Ella apiló los platos y puso los tenedores encima. Se bajó de la silla antes de alzar los brazos para coger de nuevo los platos, llevarlos a la encimera y dejarlos al lado del fregadero.
Nate la seguía con los ojos.
—Vio por primera vez a una camarera hace un par de días —explicó Alex, y Nate lo miró, sin acabar de creerse que estuviera proporcionándole información—. Le cayó bien.
Nate no supo qué responder a eso.
¿Cómo era posible que la niña no hubiera visto una camarera en la vida? Tenía diez años, tirando por lo bajo.
No dijo nada, porque ahora estaba pensando que ese hombre, que estaba como una puta cabra, habría secuestrado a la cría cuando era un bebé, la había mantenido prisionera toda su vida, y solo ahora empezaba a dejar que viera mundo y...
La cría regresó a la mesa y trepó a la silla.
—Gracias —le dijo—. Por los huevos con beicon. Pero sobre todo por el beicon.
—Pues... de nada.
Ella le sonrió de oreja a oreja.
Luego miró a Alex.
Él tomó un sorbo de café.
Ella tosió.
Él no le hizo caso.
Ella tosió más fuerte.
Él la miró de reojo.
Ella le hundió el dedo en la mejilla.
Curiosamente, no se quedó sin dedo.
—¿Qué? —preguntó él.
—Ya sabes qué.
—Ya lo has dicho tú.
—Sé amable, Alex —dijo ella—. Me has dicho que debemos ser amables siempre que podamos, porque nunca se sabe cuándo un poco de amabilidad puede significarlo todo para alguien.
Alex suspiró y farfulló algo entre dientes.
Art frunció el ceño.
—No te hemos oído. Inténtalo de nuevo.
—Gracias por los huevos —masculló.
—¿Los huevos con qué? —preguntó Art.
Él la miró con mala cara.
—Los huevos con beicon.
—Y sobre todo por el beicon.
—Eso no pienso decirlo.
—Seguiremos trabajando en ello —dijo la niña, dándole unas palmaditas en el peludo antebrazo antes de volverse hacia Nate, expectante.
—De... nada.
Ella desplegó una sonrisa radiante.
Se oyeron golpes en la puerta.
La pistola apareció antes de que Nate pudiera parpadear siquiera.
Ignoraba de dónde había salido. Hacía un momento, no había pistola, y al momento siguiente, ahí estaba, toda entera, esa cosa enorme que parecía sacada de una película de Harry el Sucio que su hermano y él habían entrado a ver a hurtadillas sin que se enterara su madre.
Alex se puso de pie y tomó a Art en brazos. Ella le abrazó el cuello en silencio y apretó el rostro contra su garganta.
—¿Quién es? —susurró Alex con furia—. ¿Quién más sabe que estás aquí?
La pistola no le apuntaba a él, sino a la puerta.
—Nadie —consiguió responder Nate—. Nadie sabe que... Bueno, vale, eso no es verdad.
En ese instante, la pistola le apuntó a él.
A Nate se le desorbitaron los ojos.
—No, no, no me refería a... a lo que sea que estés pensando. Mi hermano lo sabe. O al menos eso creo. También Big Eddie, de la gasolinera. Y el abogado que me entregó las llaves. Eso te lo dije anoche. Pero te juro que nadie más lo sabe.
—Entonces ¿quién coño está llamando a la puerta? —siseó Alex, apartándose despacio de la mesa, sujetando contra sí a Art, con un brazo protector en torno a su espalda. El arma volvía a apuntar a la puerta.
—Yo qué sé —espetó Nate—. ¿Por qué hostias crees que es por algo que he hecho yo? Joder, a lo mejor están aquí por vosotros.
De inmediato se sintió culpable al oír que a Art se le escapaba un gimoteo contra el cuello de Alex.
Se levantó de la mesa alzando las manos en un gesto apaciguador.
—Vosotros quedaos aquí. Voy a ver quién es, ¿vale? Todo va bien. Os juro que todo va bien.
A juzgar por la expresión tempestuosa en el rostro de Alex, nada iba bien. Unos minutos atrás, estaba dándole las gracias a regañadientes por los huevos con beicon, con aire algo humillado por tener que pronunciar aquellas palabras.
Ahora ofrecía el aterrador aspecto de un asesino.
Nate recordó la pregunta que le había hecho a bocajarro esa mañana.
«¿Estáis huyendo porque mataste a alguien?».
Se encaminó hacia la puerta. Oyó que Alex lo seguía de cerca.
No miró atrás.
Volvieron a oírse golpes.
—Voy —consiguió decir Nate.
Llegó ante la puerta.
Inspiró.
Espiró.
Llevó la mano al pomo.
Oyó un gruñido a su espalda.
Dirigió la mirada por encima del hombro.
Sacudiendo la cabeza, Alex alzó la mano con que empuñaba el arma y levantó el dedo.
Nate esperó.
Alex echó un vistazo por la ventana que estaba junto a la puerta. Como la persiana estaba bajada, levantó ligeramente uno de los listones durante solo un segundo.
—Una camioneta —murmuró—. Blanca. La tuya está delante, tapándola. No alcanzo a ver quién es.
—¿Qué hacemos? —preguntó Nate.
Alex lo miró.
—¿Qué? —Sacudió la cabeza—. Tú solo... abre la puerta. Ante la más mínima sospecha de que algo va mal, le volaré la cabeza a quien sea que esté ahí fuera. Tenlo presente antes de hablar.
Nate notó que le temblaban las manos.
Con Art aún en brazos, Alex se colocó con la espalda contra la pared. Sosteniendo en alto la pistola, le hizo una seña con la cabeza a Nate.
Sonó otro golpe en la puerta.
Nate la abrió.