Bajo mi piel Cuatro #2
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Cuatro #2

Se acercó al frigorífico. En los estantes había huevos junto a paquetes de beicon y embutidos, tarros de mostaza y mayonesa.

En el congelador había carne para hamburguesas, pollo y una bolsa de guisantes, porque se había sentido culpable por no haber comprado verdura. No albergaba la menor intención de comérselos. Los guisantes le daban asco.

—Has descargado mi camioneta —dijo, con la vista fija en el congelador.

Para su enorme sorpresa, Alex no dijo ni una palabra.

Nate cerró la puerta del congelador y respiró hondo.

—¿Dónde está la cría? ¿Estáis huyendo porque mataste a alguien?

Alex se atragantó con el café, lo que le produjo una gran satisfacción a Nate. Confiaba en que se hubiera quemado.

Alex dejó la taza en la encimera, y se derramó un poco de líquido negro. Mascullando algo entre dientes, abrió el grifo del fregadero.

No salió ni una gota.

—No hay agua —dijo Nate con docilidad—. Todavía no la han dado. Antes la sacábamos de un pozo, pero la red de suministro llegó al condado a finales de los años ochenta.

A falta de agua, Alex agarró un trozo de papel de cocina y se lo pasó por la cara. La sombra de barba que le cubría las mejillas y el cuello estaba más densa que el día anterior.

Alex arrugó el papel y lo tiró sobre la encimera.

Nate esperó.

Alex lo miró con mala cara.

Nate siguió esperando.

—Ya sé que no hay agua —dijo al fin Alex—. He tenido que usar la que has traído embotellada para preparar el café. Es la primera vez que hago desde que llegamos aquí.

—Ajá. Ya. Muy bien. ¿Por qué estás...?

—Yo no... No estoy... no estamos huyendo por haber cometido un asesinato.

Nate entornó los ojos sin apartarlos de él.

—Pero estáis huyendo.

Alex permaneció en silencio.

—No hablas mucho, ¿verdad?

Alex le dio la razón manteniendo la boca cerrada y agarrando su taza.

Fue entonces cuando Nate se fijó en algo por primera vez. Un tatuaje en el brazo derecho de Alex.

Aunque la manga se lo tapaba casi por completo, le pareció ver la punta de un cuchillo. Las garras de algún ave. Las curvas inferiores de lo que debían de ser letras. Cuando cogió el café de nuevo, la manga se tensó ligeramente sobre el bíceps, dejando bien al descubierto dos de las letras.

M. C.

Nate tardó solo un instante en comprender.

Seguramente las garras eran de un águila.

El cuchillo debía de ser un KA-BAR.

M. C. eran las dos últimas letras de las siglas USMC.

United States Marine Corps .

En inglés, «Cuerpo de Marines de Estados Unidos».

Era un soldado de infantería. Eso explicaba lo de su corte de pelo.

Pero el tipo era mayor, ¿no? La niña había dicho que tenía...

¿cuántos años? ¿Cuarenta? Así que era militar de profesión.

Desde luego, tenía el físico apropiado: brazos musculosos, el pecho ancho, unos muslos gruesos y seguramente de lo más...

Nate tosió.

—Huevos —consiguió decir—. Tengo que preparar huevos.

Alex no abrió la boca.

Nate sacó los huevos. Solo había llevado una docena, creyendo que durarían hasta que bajara a Roseland a por provisiones.

No contaba con tener invitados. En realidad, más que invitados eran okupas, y no les debía una mierda.

Tenía planes de desayunar —una tortilla, concretamente— en la terraza.

Rara vez desayunaba, pues por lo general no disponía de tiempo para darse esos caprichos.

En vez de ello, se bebía un café de un trago en el metro.

De vez en cuando se comía un plátano o una manzana.

El caso es que no tenía tiempo para esas cosas. Era un hombre muy muy ocupado.

O, mejor dicho, lo había sido.

Ahora era un hombre sin trabajo en una cocina con un marine grande como un armario que tal vez había asesinado a alguien y raptado a una niña, o tal vez no.

Gastó todos los huevos.

No era su intención.

Empezó por tres, con la tortilla en mente.

Pero los hizo revueltos.

Y siguió cascando más.

Hasta acabarse la docena entera.

Bajó unos platos del armario.

Tostó más pan.

Lamentó no haber pensado en llevar queso.

Había beicon, sí. Con eso valdría.

También lo frio.

—¿Qué es eso?

Dio un ligero respingo.

A su lado, bostezando en silencio, estaba Artemisa Darth Vader. Llevaba puesto un pijama rosa que le quedaba un poco pequeño y cuyas mangas no le llegaban a las muñecas. Tenía el cabello todo enmarañado.

Además, llevaba unas gafas de sol color verde fosforito demasiado grandes para ella que le resbalaban por la nariz.

Tenía una pinta ridícula.

—¿El qué? —preguntó, sin saber qué más decir.

—Eso —dijo ella, señalando el beicon que crepitaba en la sartén.

—Eso... es beicon.

—Beicon —repitió ella despacio. Volvió la mirada hacia Alex—. ¿Me gustará?

Alex se encogió de hombros.

—¿De dónde sale?

—De la tienda —respondió Nate.

Ella soltó un gruñido, tan parecido a los que emitía Alex que Nate se preguntó si de verdad la había raptado o si más bien era su hija.

—No, en serio, ¿de dónde?

—No...

—Del cerdo —farfulló Alex.

Art contempló el beicon ladeando la cabeza.

—Pensaba que los embutidos venían del cerdo. Nunca los he probado, pero he leído sobre ellos.

Nate no tenía muy claro qué estaba pasando.

—Y así es.

—Y las chuletas de cerdo.

Él asintió.

—También.

—Y los perritos calientes.

—Bueno, eso ya es mucho decir...

—¿Y ahora resulta que el beicon también viene del cerdo? —Sacudió la cabeza—. Qué ser tan magnífico. Me pregunto quién fue el primero que se quedó mirándolo y se puso a pensar cuánta comida podía sacar de él.

Alex hizo un ruido que, en boca de cualquier otro, habría podido interpretarse como risa. Pero, viniendo de él, sonó como una exhalación monótona.

De pronto, a Nate lo asaltó el impulso salvaje de buscar la manera de partirlo en dos, de cascarlo por la mitad y ver qué se derramaba de su interior.

La curiosidad siempre había sido su perdición.

Siempre había metido las narices donde no debía.

Y el hecho de tener delante ese... ese misterio le provocaba picores en la piel.

Era un tipo pragmático, sí. El mundo funcionaba según un orden.

Si algo le parecía ilógico o desconocido, no paraba de hacer pesquisas hasta encontrar el hilo que condujera a la verdad.

Se sentía confundido. Y no le gustaba esa sensación.

—¿Has dormido bien? —le preguntó Art, subiéndose las gafas de sol.

—Pues... no sé.

—Ah. ¿Cómo es posible que no lo sepas?

—Art...

Ella se volvió de nuevo hacia Alex.

—¿Qué?

—Déjalo en paz. Ven aquí.

Ella obedeció.

Se inclinó contra Alex, que le posó la mano en la cabeza, lo que le habría parecido entrañable a Nate si no lo hubiera interpretado como un gesto protector.

Alex la estaba protegiendo de él, como si lo creyera capaz de atizarle en la cabeza a la niña con la sartén en la que estaba friendo el beicon.

Cosa que... Bueno, no se había planteado hacer eso exactamente, pero...

Además, no se lo haría a la niña.

A Alex, sí. Joder, y tanto. Si sospechara que Alex pretendía hacerle daño, lo abrasaría hasta que la puta piel se le desprendiera a tiras y le aporrearía la cara con la sartén del beicon sin dudarlo.

Art se recostó contra Alex, bostezando.

Las gafas le resbalaron de nuevo sobre la nariz.

Nate devolvió su atención al beicon.

Repartió las lochas entre los platos, al lado de los huevos.

Apagó el fogón.

Ni Alex ni Art se movieron cuando dejó la sartén en el fregadero. Pero ambos lo observaban.

Regresó a por los platos. Quizá con cierto afán de lucirse, cogió uno en cada mano y se apoyó el tercero en el antebrazo.

Cuando estudiaba, había trabajado atendiendo barras y mesas en locales de Tucson donde la mayor parte del personal y la clientela no hablaba inglés.

No había tardado mucho en aprender a defenderse en español.

Aunque ganaba una mierda, echaba bastantes horas, así que disponía de algún dinero para sus gastos personales.

Sus padres le pagaban la matrícula, la residencia y los libros, como habían hecho con su hermano, pero todo lo demás tenía que ganárselo por sí mismo.

Alex no parecía impresionado.

Art lo miraba con ojos ávidos.

A veces se gana, a veces se pierde.

Depositó los platos sobre la mesa y regresó a la cocina a por tenedores y servilletas que también acabaron sobre la mesa.

Había una cafetera medio llena.

Se sirvió una taza. Había una lata con azúcar encima de la cafetera. Aunque estaba un poco apelmazada, consiguió arrancar un grumo y lo dejó caer en la taza.

Regresó a la mesa, se sentó frente a un plato y suspiró.

No era un desayuno de tortilla a solas en la terraza.

Pero podía funcionar.

Tal vez.

Dirigió la vista hacia la cocina.

Alex tenía los ojos entrecerrados. Art se removía, nerviosa.

—¿Y bien? —preguntó Nate.

Alex se quedó dudando. Y justo cuando Nate pensaba que podría zamparse tres platos enteros él solo, Alex le propinó un empujoncito en la nuca a Art.

La chiquilla corrió hasta la mesa y se encaramó en la silla, ensanchando las aletas de la nariz y mordisqueándose el labio inferior. Los huevos de su plato se reflejaban en las lentes de sus gafas de sol.

Alex se acercó también a la mesa, aunque no corriendo entusiasmado como Art.

Sus movimientos eran mucho más lentos.

Art no tocó los cubiertos hasta que él se sentó a su lado, haciendo crujir la silla bajo su peso.

—No necesitas el tenedor para comerte el beicon —dijo.

Ella centró la vista en él, después en el plato, y luego otra vez en él.

—¿Con los dedos?

Él asintió.

—Pero los huevos no.

—No. Eso mejor con el tenedor.

—No es la primera vez que como huevos.

—Lo sé.

—Tuve que usar los dedos.

La mandíbula de Alex soltó un leve chasquido al tiempo que apretaba los labios.

—Lo sé.

—Vale. Era solo para confirmar. —Bajó la mirada hacia el beicon.

A continuación, con un gesto que a Nate le pareció remilgado, alargó el brazo, agarró una loncha entre dos dedos y se la acercó a la cara.

La estudió con detenimiento, girándola a un lado y a otro.

La olfateó. Al final, su lengua asomó un instante para darle un lametazo rápido, un pequeño destello rosado.

Arqueó las cejas tras las gafas de sol.