Bajo mi piel Cuatro
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Cuatro

No durmió.

Al menos no mucho.

Cuando no estaba caminando de un lado a otro de la habitación que había pertenecido a sus padres, yacía sobre el edredón que olía a humedad, dormitando y despertando una y otra vez.

Daba igual la parte del dormitorio en la que se colocara o el mueble al que se encaramara: en su teléfono no aparecía una sola raya de cobertura. No le sorprendió en absoluto.

Durante casi una hora, permaneció frente a la puerta, con el oído pegado a ella, escuchando. Oía el rumor breve y bajo de conversaciones esporádicas, pero nada más.

Su bolsa de lona seguía en la camioneta.

No se desvistió. Tenía que estar preparado para lo que fuera. Solo por si acaso. No quería que lo pillaran desprevenido en calzoncillos.

Había un tubo de pasta de dientes en el baño de la habitación, enrollado hasta la mitad.

Seguramente su madre se lo había dejado la última vez que estuvo ahí.

No había cepillo de dientes. Apretó el tubo para echarse dentífrico directamente en la boca y lo removió atrás y adelante.

Le ardió en la lengua y ocasionó que se le cerrara la garganta.

Lo escupió en el lavabo, tosiendo. Como el de la compañía del agua no iba a pasarse hasta el día siguiente, lo limpió con una vieja toalla de manos.

Su madre siempre los reñía a él y a su hermano cuando dejaban pegotes de pasta de dientes en el lavabo.

Alzó la cabeza y se contempló en el espejo.

Tenía los ojos muy abiertos.

Tenía dentífrico en la barbilla.

Se la limpió con la mano.

Salió del baño.

Y echó a andar de un lado a otro.

Se pasó horas así.

Nate no era idiota. Tenía una mente aguda capaz de percibir conexiones entre las cosas que se le escapaban a la mayoría de la gente.

Por eso se le daba bien su trabajo. Encontraba la noticia donde los demás no la veían.

Sabía ser encantador cuando hacía falta y astuto cuando la situación lo requería.

También podía mostrarse implacable en caso de necesidad.

De lo contrario, no habría podido sobrevivir en Washington.

Se lo habrían comido vivo y habrían escupido sus huesos años atrás.

Ser tan joven no le había venido mal (¿o bien?).

Había sido un periodista de a pie que cubría noticias de relleno que rayaban en la ñoñería («¡Agnes Richards, una joven de ochenta y siete años, ha corrido su primer maratón!

», «Aunque Moxie esté ciega, sigue siendo la mejor amiga del hombre y ¡anda, fíjate!

¡La han adoptado!») y que de alguna manera había conseguido escalar posiciones, pisando a quien hiciera falta, apuñalando por la espalda a quienes lo consideraban su amigo.

Él no tenía amigos. No podía tenerlos y dedicarse a lo que se dedicaba.

Aunque eso ya daba igual.

Era agua pasada.

Iba y venía por la pequeña habitación.

Al final, los pájaros empezaron a cantar en los árboles que rodeaban la cabaña.

El cielo comenzó a clarear.

Nate se preguntó si debía escapar por la ventana.

O tal vez lo del día anterior no había sido más que un sueño extraño.

Cuando abriera la puerta, comprobaría que estaba solo.

Al otro lado no habría un tipo con cejas pobladas llamado Alex Delgado ni una niña rarita llamada Artemisa Darth Vader.

No tendría que preocuparse de pistolas, de convertirse en tostada o de dilucidar cómo pudo abrirse el candado de la caseta del generador sin la ayuda de una llave.

Se prepararía el desayuno. Unos huevos, tal vez. Sin tostadas. Una tortilla. Sí, se prepararía una tortilla y un café, se lo llevaría todo a la terraza trasera, arrebujado en un abrigo y respirando el aire gélido.

Luego, descargaría la camioneta y guardaría cada cosa en el sitio que le correspondía. Como debía ser. Todo sería como debía ser.

Sí, más tarde se haría preguntas, como, por ejemplo, qué lo había llevado a imaginar unos seres como Alex Delgado y Artemisa Darth Vader y heridas de bala que no estaban bien abiertas.

Pero quizá podía achacarlo al duelo. Al fin y al cabo, era la primera vez que iba ahí desde la muerte violenta de sus padres.

Ese lugar le traía recuerdos terribles de la intolerancia de su padre y —lo que quizá era aún peor— del silencio cómplice de su madre, pero él se estaba aguantando.

Joder, a cualquiera se le habría ido un poco la olla, ¿no?

Lo raro es que hubiera mantenido la entereza durante tanto tiempo.

Pero nada de eso era real.

Porque aquello no existía más que en su cabeza.

Se encontraba mejor.

Quería cambiarse de ropa. Llevaba casi veinticuatro horas con los mismos putos tejanos. Incluso con los mismos gayumbos.

Iría a buscar su bolsa de lona, se daría una ducha y luego desayunaría en la terraza tomando todo el café que su cuerpo fuera capaz de asimilar.

Inclinó la cabeza a un lado y al otro, y notó que le crujía el cuello.

Le produjo una sensación agradable. Tener un plan también.

Se encaminó hacia la puerta.

La abrió.

Al otro lado se encontró con... silencio.

Porque tenía razón, por supuesto. No había nadie más.

Estaba solo en la cabaña en medio del bosque en la montaña de las Cascadas, tal como supuso que estaría cuando tomó la decisión de ir allí.

Nadie le apuntaba con una pistola. Siempre había tenido una imaginación hiperactiva.

Todos sus profesores así lo hacían constar en el boletín de calificaciones.

Incluso había acariciado la idea de escribir una novela; casi todos los periodistas acababan haciéndolo tarde o temprano.

Pero cada vez que se sentaba delante del documento de Word en blanco, con el cursor parpadeando, se quedaba paralizado.

Lo suyo eran los hechos. No entendía la ficción.

El día anterior estaba cansado. Los sucesos de los últimos meses al fin le habían pasado factura. Había llegado a la cabaña, había entrado tambaleándose y había soñado todo aquello.

Sí. Sonaba plausible.

Al otro lado del pasillo había otro dormitorio.

La puerta estaba cerrada.

Intentó recordar si ya lo estaba la noche anterior.

Le costaba pensar con claridad.

Estaba cansado.

Aún era demasiado temprano. Por eso había pensado en ducharse. No podía. Aún no habían dado el agua.

Necesitaba un café. Y su cepillo de dientes.

Y ropa interior.

Se planteó abrir la puerta.

Llevó la mano al pomo, pero entonces una vocecita en el fondo de su mente susurró: «Pero ¿y si...?».

Se apartó de la puerta.

Necesitaba un café, un cepillo de dientes y ropa interior.

Después se sentiría mejor.

Avanzó por el pasillo sin hacer ruido.

Parecía estar alejándose a hurtadillas, lo que era absurdo, puesto que estaba solo. El suelo de madera crujió al pisar un punto concreto que siempre crujía. Se le había olvidado.

Torciendo el gesto, se detuvo y escuchó.

El silencio reinaba en la casa.

Como no podía ser de otra manera.

Alcanzaba a ver el sofá.

La manta de ganchillo estaba cuidadosamente doblada sobre el respaldo.

No había platos en la mesa del comedor.

Ni siquiera olía a sopa o a tostadas.

Fuera se oía el runrún del generador.

La luz del sol se filtraba por las ventanas que daban al este.

Paseó la vista por el salón.

Estaba solo.

Exhaló un suspiro de alivio.

—¿Qué haces? —preguntó una voz ronca.

Nate no gritó.

De verdad que no.

Más bien soltó una especie de jadeo que se le atragantó y, al darse la vuelta, perdió el equilibrio. Alargó el brazo para agarrarse de la pared, con el corazón desbocado, intentando recuperar el aliento.

Allí, de pie en la cocina, recostado contra la encimera con una taza de café en la mano, estaba el hombre que se hacía llamar Alex Delgado.

Iba con el mismo pantalón que el día anterior.

Ya no llevaba la camisa de franela, sino una camiseta blanca que le impedía a Nate ver si se había quitado el vendaje.

—¿Por qué te me apareces así de repente? —preguntó, con la voz más entrecortada de lo que habría querido.

Alex soltó un resoplido burlón.

—No me he movido.

Nate no sabía cómo sentirse. Abochornado, seguramente. Enfadado, sin duda. También sentía el impulso de coger el cuchillo más grande de la cocina y apuñalar al hombre en la cara. Nate no era violento por naturaleza, pero suponía que todo el mundo tenía derecho a serlo en algún momento de su vida.

Y por fin le había llegado el turno.

—¿Qué haces? —preguntó en vez de apuñalarlo.

Alex bajó la vista a su taza humeante antes de posarla de nuevo en Nate.

—¿A ti qué te parece?

Era demasiado temprano para lidiar con intrusos allanadores que encima resultaban ser unos gilipollas.

—Voy a mi camioneta —anunció con altanería.

Alex no dijo nada.

Nate esperó.

Alex tomó un sorbo de café.

—Vale —dijo Nate—. Haz el favor de... quedarte donde estás. Y no toques nada más. Es mi casa, y no quiero que pongas tus sucias manazas en mis cosas.

Alex soltó un bufido.

Nate retrocedió despacio, sin apartar los ojos de él.

Alex le sostuvo la mirada.

Nate chocó con la mesa del comedor, que se desplazó con un chirrido de las patas contra el suelo.

Nate se ruborizó.

Alex mantuvo una actitud estoica. Con su café.

Una vez que abandonó la cocina, Nate se dio la vuelta, listo para salir con premura por la puerta principal, cuando...

Se paró en seco.

Ahí, en el salón, estaban todos los bártulos que había traído consigo.

Bueno, todos no. Los alimentos habían desaparecido. También el agua. Y la nevera portátil.

Pero su bolsa de lona estaba ahí.

Al igual que sus cajas de libros.

Su PowerBook.

Su Nokia, sobre la vieja mesa de centro.

Alguien le había ahorrado el trabajo de descargar la camioneta.

Se volvió lentamente.

Alex tomó otro sorbo de su café.

—¿Dónde está toda la comida? —inquirió Nate, aunque esa no era la pregunta que pretendía formularle.

Por toda respuesta, Alex, hizo un gesto con la cabeza en dirección a la despensa.

Nate no le creyó.

Se dirigió hacia la despensa.

Todo estaba ahí: las latas, la harina, la levadura, la pasta precocinada —cajas y cajas de pasta precocinada, porque era un hombre soltero de veintitantos años—, botellas de agua apiladas y una nevera portátil vacía.