Bajo mi piel Tres #3
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Tres #3

Alex se detuvo y respiró hondo. Exhaló a través de los dientes antes de encaminarse hacia el sofá.

Se sentó sin más percances y luego se tumbó boca arriba, con un pie colgando por el lado y el otro en el cojín.

Nate posó la vista en el tomate que tenía en el calcetín, cerca del dedo gordo. No era muy grande, pero ahí estaba.

—Tengo que verlo —oyó decir a Art.

—Más tarde.

—Alex...

—Art... —Ella volvió los ojos hacia Nate, que no tenía muy claro si estaba pidiéndole ayuda. Tampoco habría sabido cómo ayudarla.

Ella dirigió de nuevo su atención a Alex. Se inclinó hacia él y le susurró algo. Nate no oyó qué le decía.

Alex suspiró.

—Un poco.

La pistola estaba en la mesa. Ahí, sin más.

Art le desabrochó los botones de la camisa con dedos un poco torpes.

Se abrió.

La venda blanca estaba pegada a la piel con esparadrapo. No había el menor rastro de sangre. Alex respiraba de forma rápida y superficial, al tiempo que los músculos del abdomen se relajaban y contraían bajo una mata de vello oscuro. Art levantó con suavidad una esquina del esparadrapo.

—Con cuidado —dijo él haciendo un gesto de dolor, pues la cinta le tiraba de algunos pelos.

—A lo mejor si no fueras un monstruo peludo, esto resultaría más fácil.

Alex exhaló con brusquedad, casi como si se riera.

El esparadrapo se despegó.

Nate podía intentar coger la pistola en ese instante.

Podía agarrarla y mantenerse a una distancia prudente de Alex para que este no volviera a pillarlo por sorpresa con sus veloces movimientos de ninja.

Aunque tenía constitución de jugador de fútbol americano, Nate nunca había visto a alguien moverse con tanta agilidad.

Se preguntó cuán cerca había estado de recibir una bala en la cabeza cuando había agarrado a Art para intentar ponerle la mano bajo el chorro de agua.

Dio un paso hacia la mesa.

Art retiró la gasa.

Pasó junto a la mesa, dejando el arma donde estaba.

En una ocasión estaba cubriendo una manifestación en Columbia Heights, en protesta por la muerte de un sintecho negro a manos de un agente de policía.

Los Ángeles seguía ardiendo por el caso Rodney King, y Nate, que había viajado desde la otra punta del país, se encontró en medio de todo aquello, con los ojos desorbitados y sin aliento.

Estaba intentando asimilar la escena, llena de personas gritando con expresiones de pura rabia, cuando un fuerte estampido había resonado en torno a ellos.

La gente se agachó entre chillidos y empezó a propinarse empujones mientras intentaba huir.

Nate se quedó ahí parado, recibiendo empellones en todas direcciones.

Vio que de entre la multitud se elevaba una mano que sostenía en alto una pistola negra y disparaba al aire.

La gente rompió a chillar de nuevo. Hubo un tercer disparo.

El pistolero (que, según se supo más tarde, era un blanco llamado Keith Blair que sentía la necesidad de meterse en el fregado y de causar el máximo dolor posible) fue reducido por el gentío poco después.

Sin embargo, había otro hombre en el suelo, que se retorcía, raspando el asfalto con los zapatos mientras luchaba desesperadamente por respirar. Tenía las manos en el vientre, y el color de la sangre que le manaba entre los dedos era tan oscuro que resultaba casi sobrecogedor.

Nate no se movió. Estaba trabajando. No podía implicarse emocionalmente.

Después se odió por ello.

Durante mucho tiempo.

Pero hubo quienes sí se movieron. Se acercaron al hombre y le apartaron las manos. Antes de que cubrieran la herida con una camiseta que les habían pasado, Nate alcanzó a ver la herida, el agujero irregular en el estómago del hombre, la piel desgarrada, la sangre brotando a borbotones.

El hombre murió en el hospital dos días después.

Uno de los compañeros de trabajo de Nate había escrito la crónica.

Sabía qué aspecto tenían las heridas de bala.

El vendaje estaba casi del todo despegado, y tenía...

Una cantidad ínfima de sangre en la parte de abajo. Apenas unas gotitas rojas que resaltaban contra el blanco de la gasa.

Pero no había una herida abierta.

Ni un solo punto de sutura.

Bueno, sí, la piel estaba roja e inflamada.

Y había un moretón. Incluso había una marca circular que podría haber sido un orificio de entrada.

Pero parecía que había tenido tiempo de cicatrizar, lo que implicaba que Alex no había recibido el disparo hacía poco, como ellos le habían dado a entender.

Quizá Nate no había oído bien. Tal vez los había malinterpretado.

Pero entonces ¿por qué se movía Alex como si la herida fuera reciente? Sí, había tenido aquellos momentos de agilidad ninja, pero...

—Tiene mejor pinta —dijo Art por lo bajo. Se volvió de nuevo hacia Nate—. Gracias.

Él estaba al lado del sofá, contemplando la piel desnuda de Alex.

—¿Por qué?

—Por la ternera con verduras. Tenías razón. Le ha ayudado. Y por las tostadas.

—¿Cuándo has dicho que te habían disparado?

Alex clavó en él una mirada fría.

—No lo he dicho.

—¿Cuándo te dispararon?

Alex se quedó callado.

Art suspiró.

—Ajá. Vale. Genial. —Nate retrocedió un paso—. Creo que... voy a...

Dio media vuelta y se alejó por el pasillo hacia el dormitorio.

La cabaña se estremeció con su portazo.