Tres #2
Art parecía bastante orgullosa de sí misma cuando colocó el cuenco de sopa en la mesa, delante de Alex. Regresó a toda prisa a la cocina, donde agarró una cuchara y puso dos tostadas en un trozo de papel de cocina antes de regresar con él.
Depositó su propio plato en la encimera, junto al de Nate, y en vez de comer ahí optó por arrastrar su silla desde la cocina hasta donde estaba sentado Alex. Se subió a ella, se acodó en la mesa con el mentón apoyado en las manos, y se puso a observarlo.
Nate tenía ganas de preguntarle por qué, pero de alguna manera consiguió mantener la boca cerrada.
Alex cogió la cuchara y la sumergió en la sopa.
—Tienes que soplar —dijo ella—. Así se come la sopa. Soplando antes de metértela en la boca.
Alex hizo justo eso.
Ella no le quitaba ojo.
Alex masticó.
Art, inclinada hacia delante, lo contemplaba embelesada.
Alex tragó.
—¿Qué tal? —quiso saber Art.
—Está bien —dijo Alex.
Suspirando, Art se relajó en la silla.
—Menos mal. —Se volvió hacia Nate, que seguía de pie en la cocina—. Tenías razón. La ternera con verduras es como el pollo.
Nate asintió, sin saber muy bien qué hacer a continuación.
Ella miró de nuevo al frente.
—¿Te encuentras mejor?
—Sí. Me pondré bien.
—Siempre y cuando no intentes otra estupidez. Tienes mucha suerte de contar conmigo.
Alex tomó otra cucharada de sopa.
Nate posó la vista en los boles que seguían en la encimera, junto a las tostadas que se estaban enfriando.
Luego miró de nuevo la mesa.
Art estaba pendiente de cada bocado de Alex.
Nate no pintaba nada ahí. Debía irse. Debía largarse cagando leches antes de que lo que fuera que los estaba persiguiendo los alcanzara.
Debía exigir respuestas. Debía gritarles, ordenarles de nuevo que se piraran de su puta casa.
Sus padres estaban en las paredes, con sonrisas congeladas de años atrás, y él se preguntó si eso era lo que se sentía al perder la razón poco a poco.
Había muchas cosas que debía estar haciendo para salvarse, para garantizar su seguridad.
Había un loco herido con una pistola y una niña que a veces hablaba como si hubiera salido de un spaghetti western cutre, a quien le encantaban las gafas de sol y que no se quemaba cuando ponía la mano en un hornillo caliente.
Cogió un bol de sopa.
Cogió dos rebanadas de pan.
Lo llevó todo a la mesa.
Lo colocó delante de ella.
Alex observaba todos sus movimientos, con la cuchara detenida a medio camino, goteando caldo sobre su plato.
Art lo miró de nuevo, ladeando la cabeza.
Sus pequeños dientes estaban atrapados en una amplia sonrisa invertida.
—Gracias, cocinero —dijo, adoptando de nuevo ese acento pausado y alargando las sílabas—. Creo que ya va siendo hora de que me vaya al catre.
Él asintió y se retiró de nuevo a la cocina.
Los miró mientras comían.
Art hablaba de vez en cuando para decir cosas raras como «esto no sabe como el concentrado de verduras de la Montaña» o «yo quería seis tostadas, pero Nate ha dicho que con dos bastaban, y creo que el pan me gusta más cuando se convierte en tostada».
Alex empezó a comer más despacio. Daba la impresión de que le pesaban más los párpados.
Ella lo obligó a acabárselo todo.
Él así lo hizo sin rechistar.
Terminó justo antes que Art.
Ella echó un vistazo a su cuenco para asegurarse de que estuviera vacío.
Lo estaba.
Esto pareció complacerla.
—A lo mejor la ternera con verduras es incluso mejor que el pollo.
Se llevó los dos boles al fregadero. Nate dio un respingo a causa del estrépito. Ella fijó la mirada en él y luego en el plato con sopa y tostadas que aún estaba sobre la encimera.
—¿No tenías hambre? —preguntó.
—No.
—Ah. —Frunció el ceño—. ¿Por qué no lo has dicho? Eso es un desperdicio, ¿no? Puedes convertir el pan en tostadas, pero no las tostadas en pan. A veces es posible transformar una cosa en otra distinta, pero luego es imposible conseguir que vuelva a ser lo que era antes, por más que te esfuerces.
—¿Por qué te llamas Artemisa Darth Vader? —inquirió él.
—Porque me gusta —respondió ella—. ¿Por qué te llamas tú Nathaniel Cartwright?
—Porque así me pusieron mis padres.
—¿Tus padres son esos que están en las paredes?
Él asintió.
—¿Te gusta tu nombre?
—No tengo otro.
—No eres una tostada.
Esto lo dejó descolocado.
—¿Qué?
—Que no eres una tostada —repitió ella—. Puedes ser Nathaniel Cartwright. Y puedes convertirte en otra persona. Y luego, si no te gusta, puedes volver a ser Nathaniel Cartwright. No eres una tostada. El pan no puede elegir; tú sí.
—Ay, Señor —murmuró él.
—Exacto —dijo ella, complacida—. Estoy segura de que a tus padres no les importaría que dejaras de ser la persona que eres para convertirte en una persona que te gustara. Es mejor ser un poco feliz que no ser nada feliz.
—¿Quiénes sois? —preguntó él, enronquecido.
—Yo soy Artemisa Darth Vader —declaró ella, pronunciando despacio cada palabra—. Y él es mi Alex Delgado.
Artemisa Darth Vader Delgado. Nate no sabía qué pensar de eso. No sabía qué pensar de nada de aquello.
—Art —dijo Alex con voz profunda—. Ya está bien.
—Solo intento...
—Déjalo.
Ella suspiró.
—Ya has oído al jefe —le dijo a Nate—. Toca volver al polvo del camino, forastero.
A lo mejor ella tenía algún... problema mental.
¿Deficiencia? Nate no conocía la terminología adecuada.
A lo mejor sufría algún tipo de enfermedad, una enfermedad de la cabeza, y su padre la había raptado de un hospital o algún lugar por el estilo, y alguien le había disparado, y por eso estaban ahí.
Eran fugitivos que habían escapado de un hospital psiquiátrico, y acababan de comerse su sopa.
Él les había preparado tostadas. Eso lo convertía en cómplice de...
lo que fuese aquello. Había acogido a unos fugitivos y les había hecho tostadas. Acabaría en la cárcel.
—No quiero ir a la cárcel —dijo.
Alex se volvió hacia él con brusquedad.
—¿Por qué habrías de ir a la cárcel?
—Porque raptaste a tu hija del psiquiátrico y te dispararon y os he hecho tostadas.
Alex y Art se quedaron mirándolo.
Nate no sabía qué más decir. Ya lo había soltado.
—Menudo pan estás hecho —dijo Art al fin—. Qué ganas tengo de verte tostado.
Nate tragó en seco.
—¿Me... me estás amenazando?
Ella negó con un gesto.
—¿Te ha sonado como una amenaza? —Se volvió para mirar a Alex—. ¿Ha sido una de esas frases que suenan a una cosa pero que podrían significar otra?
—Creo que está dramatizando —le dijo Alex.
Se levantó apoyándose en la mesa con una mueca de dolor.
Los músculos de los brazos se tensaron bajo la franela de las mangas, algo en lo que Nate claramente no debería haberse fijado.
Tenía otras cosas de qué preocuparse, como el hecho de que una mocosa lo hubiera amenazado con... asesinarlo, tal vez. De alguna manera.
Ella corrió hacia Alex y se quedó a su lado, vacilante, mientras él se apartaba de la mesa.
Avanzó un paso. Después otro. Y luego otro más, hasta que dio un pequeño traspié.
Consiguió agarrarse para impedir la caída, pero ella también estaba ahí, rodeándole la cintura con los bracitos como si eso pudiera evitar que un hombre cinco veces más grande que ella se desplomara.
Nate no movió ni un músculo.