Tres
Alex se había desplazado (¿o lo habían desplazado?) al sofá. Estaba tapado con la misma manta de ganchillo bajo la que se encontraba él cuando había vuelto en sí. Tenía los ojos cerrados y la respiración rápida y poco profunda. A Nate no le pareció que estuviera dormido.
La pistola estaba en la silla que antes había ocupado Alex.
Art estaba en la cocina, disponiendo con cuidado las latas en la encimera, con la lengua asomándole entre los dientes en un gesto de concentración.
Nate dio un amplio rodeo para evitar el sofá, preguntándose si debía intentar hacerse con la pistola. Sin embargo, ya la había empuñado en una ocasión, y la cosa no terminó bien. Había cuchillos en la cocina. Tal vez cogería uno.
—No hay ninguna de sopa de pollo —le informó Art cuando entró en la cocina.
—Lo sé.
—Esta dice «Chili suculento». Eso ni siquiera es sopa. La palabra «sopa» no aparece por ningún lado en la etiqueta.
—Eso es porque no es sopa.
—Es lo que acabo de decir. —Alzó la vista hacia él—. La sopa de pollo te da salud. En ninguna de estas latas hay pollos. ¿Cómo se supone que se va a poner bueno Alex si no le doy pollos?
Nate no supo qué responder a eso.
—Esta —dijo en cambio, dando unos golpecitos con el dedo sobre una lata.
Ella la examinó con recelo.
—Ternera con verduras.
—Sí.
—Eso hará que se ponga bueno.
—Sí.
—Está científicamente testado. Como el pollo.
—No es cuestión de ciencia... Sí. Sí, está científicamente testado, como el pollo.
Ella asintió.
—Está bien. Me figuro que esto servirá, forastero.
Él observó cómo se apartaba de las latas y abría un cajón próximo al fregadero. Sacó de él un abrelatas como si conociera su ubicación exacta. Como si ya hubiera hecho eso antes. Y, según ella, así era.
Dejó el abrelatas junto a la ternera con verduras y se dirigió hacia la mesa del comedor. Arrastró una silla hasta la encimera. Después de pegarla lo más posible a los armarios inferiores, se encaramó en ella y luego en la encimera.
—Puedo ayudarte...
—Puedo hacerlo sola —afirmó ella.
Abrió el armario de arriba y encontró lo que buscaba: boles, unos cacharros viejos que estaban ahí desde que él era pequeño.
Bajó tres de ellos y los dispuso sobre la encimera antes de cerrar el armario y bajar a la silla.
Cogió los cuencos y los llevó adonde estaban el abrelatas y la sopa.
Acto seguido, se acercó de nuevo a los armarios y esta vez abrió uno de abajo.
Tras extraer una olla, cerró la puerta. Regresó frente a los fogones y se subió a la silla antes de colocar la olla sobre uno de los quemadores eléctricos.
Nate había permanecido inmóvil durante todo el proceso.
—¿Puedes convertir el pan en tostadas? —preguntó ella sin mirarlo—. Nunca lo he hecho antes, y no quisiera estropearlo.
—¿Qué está pasando? —susurró Nate.
—Estamos preparando sopa con tostadas, Nathaniel —dijo Art, apretando el abrelatas con un gruñido—. ¿Qué otra cosa, si no?
Qué otra cosa, si no.
La tostadora estaba donde siempre, junto a la panera.
Sintiéndose como si deambulara en un sueño, cruzó la cocina con un paquete de pan sin abrir en la mano.
Lo depositó en la encimera mientras Art vaciaba la primera lata de sopa en la olla.
Se inclinó sobre los hornillos y giró el mando de la placa.
Él pensó en decirle que los niños no deberían jugar con esas cosas, pero se contuvo. No quería que una niña que rondaba los diez años le contestara mal. Ya había aguantado bastante de eso por un día.
—No teníamos pan para hacer tostadas —explicó ella mientras vertía la segunda lata—.
He buscado, pero no había. Encontré unas galletas saladas, pero estaban duras, y a Alex no le gustan las galletas duras porque le saben rancias.
A mí no me parecieron mal, pero no quería que se pusiera peor, así que las tiré. Lo siento si te gustaban.
—No pasa nada —murmuró Nate, preguntándose qué había hecho mal en la vida para llegar a ese punto—. Ya eran viejas.
—No todas las cosas viejas hay que tirarlas.
Nate no sabía ni por dónde empezar a responder a eso.
—Supongo —dijo.
—Y también tiré el arroz, porque un ratón había mordisqueado la bolsa y se había derramado.
—Me da igual.
—Recogí el arroz.
—Me da igual.
—Lo eché en el cubo de basura.
—¿Por qué me estás contando esto?
Art alzó la vista de la sopa que estaba removiendo. Nate no sabía de dónde había sacado el cucharón.
—Porque eran cosas de las que he tenido que ocuparme aunque no eran mías. Quería que lo supieras por si estabas preocupado por ellas. Alex dice que esta no es nuestra casa y que tenemos que ser respetuosos. Te estoy mostrando respeto.
—Yo no... No me... —Se encogió de hombros con impotencia—. Gracias.
—No hay de qué. ¿Así se hacen las tostadas? ¿Sosteniendo el pan en las manos?
—¿Qué? —Bajó los ojos. Estaba sujetando un par de rebanadas—. No. Hay que ponerlo en la tostadora.
—Ah. Como estás ahí parado con el pan en las manos...
Fulminó el pan con la mirada antes de meterlo en la tostadora y bajar la palanca con brusquedad.
—Oye, forastero...
—Me llamo Nate.
—Creía que te llamabas Nathaniel.
—Y así es. Es el diminutivo de... Tú te llamas Artemisa, ¿verdad?
Ella asintió.
—Artemisa Darth Vader.
Él no iba a entrar en ese tema, porque implicaría que su padre se llamaba Alex Darth Vader y que debía tener la fiebre muy alta.
—Art es el diminutivo de Artemisa.
—Eso dice Alex.
—Pues Nate es el diminutivo de Nathaniel.
Ella frunció el entrecejo.
—Ah. —Al cabo de un momento, añadió—: Entonces ¿por qué Dick es el diminutivo de Richard?
El aire olía a tostadas y sopa.
—¿Qué?
—Si Art es el diminutivo de Artemisa, y Nate el de Nathaniel, ¿por qué Dick es el diminutivo de Richard? ¡No se parece nada!
—Pues... no lo sé.
—Ah, eso está bien. Sabes cómo preparar tostadas. Me vale con eso.
A Nate le pareció la evaluación más simple que había recibido en la vida.
Las tostadas saltaron.
—Ahí va —dijo Art, mirándolo con los párpados entrecerrados—. ¿O sea que así es como funciona? Vale, estoy impresionada. ¿Puedes hacerlo otra vez, o tienes que esperar veinticuatro horas a que se recargue?
—Puedo hacerlo otra vez.
—Genial. Estupendo. Hazlo otra vez, por favor. Dos para Alex, dos para ti, y seis para mí.
—No puedes comerte seis tostadas.
—¿Por qué no?
—Nadie se come seis tostadas.
—¿Quién lo dice?
—Las mismas personas que dicen que la ternera con verduras es un buen sustituto para el pollo.
—Ah. Los científicos.
—Eso.
La chiquilla clavó en él los ojos entornados.
—A veces los científicos se equivocan.
—Lo sé. Pero esta vez no. Dos tostadas.
—Cuatro.
—Dos.
—Tres.
—Dos.
—Esto se te da de miedo. Está bien, lo dejamos en dos.
Nate preparó más tostadas.
Ella apagó el hornillo antes de servir la sopa en los cuencos con cuidado, con el vapor subiéndole a la cara.
Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
La silla bailó ligeramente. Y, antes de que él pudiera impedírselo, apoyó una mano en la cocina para estabilizarse, justo al lado del quemador.
Soltando el aire entre los dientes, dejó caer el cucharón en la olla y alzó la mano con rapidez.
Nate actuó sin pensar. Él se había quemado la mano en esa cocina una vez, el primer verano que estuvieron ahí. Fue un accidente, pero le salió una ampolla enseguida. Su madre le indicó que se mojara la mano con agua fría. Eso logró aliviarlo. Un poco.
La pequeña pegó un chillido cuando él la agarró y la llevó al fregadero. Tenía la intención de ponerle la mano bajo el chorro de agua, pero cuando abrió el grifo, no salió ni una gota.
—Mierda —masculló—. No han dado el agua todavía. Hasta que no...
—Suéltala.
Se quedó paralizado.
Miró lentamente por encima del hombro.
La pistola le apuntaba por tercera vez en menos de dos horas. Alex estaba pálido, pero totalmente inmóvil, con el dedo en el gatillo.
—Se ha quemado con la cocina —explicó Nate, intentando impedir que le temblara la voz—. Yo solo quería meterle la mano bajo el grifo.
—Art.
—Estaba caliente —dijo ella con un suspiro—. Ha sido un error.
—Bájala.
Nate la bajó.
—Art, ven aquí.
Ella se puso a refunfuñar palabras que Nate no alcanzó a distinguir, pero obedeció a Alex, que, sin bajar el arma, la tomó de la mano para examinársela.
—¿Estás bien? —preguntó, inspeccionándole la palma.
—Que sí. Fíjate bien, ¿lo ves? No tengo nada.
Nate frunció el entrecejo.
—¿Cómo que no tienes nada? Te he visto...
—Debe de haber sido solo un instante —dijo Alex, bajando la pistola a su costado—. Apenas ha tenido tiempo de quemarse. Solo se le ha puesto un poco rojo.
—Y ahora, ¿me dejas terminar? —preguntó ella, irritada—. No deberías estar levantado. Estoy preparando sopa. Nate tenía unas latas. No había pollos, pero dice que la ternera con verduras es lo mismo y que unas tostadas te sentarán bien también y te ayudarán a ponerte bueno.
Y entonces Nate lo vio de nuevo, fugazmente.
La expresión de Alex se suavizó de forma apenas perceptible y las marcadas arrugas de su rostro se relajaron hasta adquirir la apariencia de una persona casi normal.
De no ser por el pistolón que empuñaba, a Nate su aspecto no le habría parecido brutal en absoluto.
Art hizo ademán de decir algo, pero cambió de idea.
Nate comprendió lo que ocurría. Alex no volvería a dejarlo solo con Art, ahora que había visto que podía agarrarla con tanta facilidad.
Se preguntó si sería capaz de eso, en caso necesario. No le haría daño, solo...
Se le revolvió el estómago solo de pensarlo.
Art se acercó de nuevo a los hornillos y volvió a encaramarse en la silla.
Saltaron otras tostadas.
Ella llenó de sopa el último bol.
Nate se preguntó qué coño estaba pasando.
Había whisky en el armario de encima de la nevera.
Se moría de ganas de echar un trago.
En vez de eso, se quedó en el rincón, en la cocina, luchando contra el ansia de echar a correr gritando con las manos en la cabeza.