Dos #3
Sin embargo, tal como estaban las cosas, saltaba a la vista que era una fugitiva que le había metido en casa a su padre pirado.
—Ya, bueno —dijo él con rigidez—. Si no te importa, me voy a ir yendo...
—¿Tienes más comida?
—Sí. ¡No! No me...
—¿En qué quedamos? —preguntó ella, ladeando la cabeza.
—¿Qué?
—Te he preguntado si tenías más comida. Has dicho sí y luego no. Las dos cosas no pueden ser. Sería paradójico.
—¿Qué edad tienes?
—¿Qué edad tienes tú?
—¿No sabes cuántos...? Tengo veintisiete.
—Ah. Alex tiene cuarenta. Es mayor que tú.
¿Tienes más comida? No había mucha en la despensa.
Y él necesita comer para recuperar las fuerzas.
Iba a colarme en otra cabaña para ver si había más comida, pero entonces apareciste tú, y aquí estamos, contigo respondiendo que sí y que no a una pregunta que solo puede tener una respuesta.
—Hizo una pausa, contemplándolo casi sin pestañear—.
Me gustan las gafas de sol. Alex me ha conseguido unas.
Están dentro. No las llevo puestas ahora porque es de noche, y Alex dice que no hay que llevar gafas de sol de noche porque te hace parecer tonto.
—Sí, tengo más comida —dijo Nate, desesperado por conseguir que esa niña tan rara dejase de hablar—. Puedo...
—Ah, bueno. —Alargó el brazo y lo tomó de la mano. Él dio un respingo apenas perceptible—. Demos un paseo hasta ese carromato que te ha traído por estos lares, forastero. Me gustan tus libros. Me hacen feliz. ¿Te hacen feliz a ti?
Se dirigían hacia la camioneta. Nate ni se había dado cuenta de que habían echado a andar.
—Pues... no lo sé.
—Ah. No pasa nada. A veces no saber algo hace que sea maravilloso. Eso dice Alex. Pero solo lo dice cuando le hago una pregunta que creo que no sabrá responder. Tiene esas salidas.
Llegaron frente a la camioneta. La chiquilla lo observó con interés mientras él bajaba la puerta de la caja, como si nunca hubiera visto algo así en persona.
—¿Tienes sopa? —preguntó cortésmente—. He leído que la sopa te hace sentir mejor cuando estás enfermo. —Con un leve quejido, se aupó a la parte de atrás del vehículo y comenzó a examinar sus cosas.
—No está enfermo —repuso Nate—. Le han disparado. No toques eso.
—Sí. ¿Tienes sopa?
Tenía. Era barata y fácil de preparar. Casi todo lo que había comprado eran alimentos no perecederos o que podían permanecer meses en la nevera y consumirse después de irradiarlos en el microondas.
—Necesita ir al hospital.
—No. Ya me encargo yo.
—La herida podría infectarse.
Ella le clavó los ojos.
—Para eso es la sopa.
—Oye, podría llevaros a los dos en la camioneta...
—Estamos bien aquí.
—Esta cabaña es mía.
—Sí, pero estás solo y hay espacio de sobra. Podemos compartirla. Ah, fíjate, he encontrado la sopa. Caray, tienes un montón. —Lo miró por encima del hombro—. ¿Tú también estás enfermo?
Eso lo explicaría todo, si estuviera atrapado en algún tipo de sueño febril. A lo mejor despertaría pronto en su piso de Washington y nada de eso sería real.
—No, no estoy enfermo.
—No como Alex, pero creo que estás enfermo de alguna manera.
—¿Quieres hacer el favor de no hurgar más en mis...? ¿Por qué lo llamas así?
Ella llevaba los brazos cargados con cuatro o cinco latas.
—¿Por qué llamo a quién cómo?
—Alex.
—Así se llama.
—¿Y por qué no lo llamas...? Deja que te ayude con eso. Se te va a caer.
Ella le lanzó una mirada desafiante, aguantando con el mentón las latas de sopa amontonadas en sus brazos.
—Yo puedo sola.
—Como quieras, pero ¿cómo piensas bajar?
Ella posó la vista en la parte de atrás de la camioneta y luego en él.
A continuación, se acercó al borde de la caja.
Se agachó y soltó las latas, que cayeron con gran estrépito al suelo del vehículo.
Las colocó todas de pie a la orilla de la puerta de la caja.
Bajó de un salto. Se volvió hacia la camioneta y extendió los brazos hacia arriba para agarrar las latas antes de volver a cargar con ellas en brazos.
—Así —dijo simplemente antes de encaminarse hacia la casa. Se detuvo frente a los escalones del porche—. Oye —dijo, mirándolo de nuevo—. ¿No tendrás pan también? Porque he oído que a la sopa se le ponen trocitos de tostada, y que el pan se convierte en tostadas poniéndolo en la tostadora.
—Tengo pan —dijo Nate.
—Lo sé. Lo he visto. Solo quería comprobar si dices la verdad. ¿Lo traes, por favor?
Acto seguido, subió los peldaños y entró en la cabaña.
Nate se quedó mirando el vano por donde acababa de esfumarse.
Aún tenía las llaves en la mano.
Empujó la puerta de la caja hasta que encajó en su sitio.
Ya podía irse. Contaba con todo lo que necesitaba. Los había ayudado lo máximo posible. No estaba en su mano hacer nada más. Ya solo le quedaba sentarse al volante de la camioneta y arrancar.
La rodeó hasta la puerta del conductor.
Alargó la mano hacia el tirador.
O, al menos, lo intentó.
En vez de ello, la extendió hacia la parte de atrás de la camioneta y la metió en una de las bolsas de papel. Encontró el paquete de pan integral que había comprado en el mercado de Eugene.
—Márchate —se dijo por lo bajo—. Márchate sin más.
Se dirigió hacia la casa.