Dos #2
—Me cago en la puta —masculló, asestándole un manotazo al volante.
¿Cuándo había estado en posesión de las llaves por última vez?
Seguramente en la caseta, antes de... sí, vale, antes de desmayarse.
Recordaba su tacto frío contra el cuello, una sensación sepultada bajo el pavor causado por la puta pistola que estaba apuntándole a la cabeza.
O seguían en el suelo, delante de la caseta, o se habían quedado dentro, después de que se lo llevaran a...
En ese momento, al pensar en ello, notó como un zumbido en la cabeza.
Como una descarga eléctrica en la parte posterior del cerebro.
Era incredulidad mezclada con ¿¿¿???, porque ¿cómo había ocurrido exactamente?
El hombre había perdido el conocimiento.
La niña no podía haberlo llevado hasta la cabaña sola.
Sin duda el hombre había vuelto en sí y había acarreado a Nate al interior, pero...
estaba herido. Le habían disparado. Nate nunca había recibido una herida de bala, pero se imaginaba lo doloroso que debía de ser.
Era delgado, sí, pero medía cerca de metro ochenta y tres.
No era precisamente un canijo. Sí, el hombre era mucho más corpulento —debía de pesar unos treinta kilos más que Nate—, pero si estaba herido y Nate podía pillarlo por sorpresa...
A menos que solo estuvieran fingiendo que el hombre había recibido un disparo.
O a lo mejor había otra persona en la cabaña, alguien a quien no había visto aún. La madre de la cría, tal vez.
Tenía la intuición de que las llaves no estaban junto a la caseta.
Bajó de la camioneta.
Se volvió hacia el camino.
Echó a andar.
Avanzó tres pasos y se detuvo.
Dio media vuelta.
Estaban en su cabaña.
No era él quien tenía que irse.
Dio un paso al frente, decidido.
Tenían una pistola que ya había abierto fuego en su dirección.
Su segundo paso fue menos decidido.
Como los siguientes.
Cuando llegó a los escalones del porche, estaba sudando, a pesar del aire frío de la montaña. Le temblaban las manos, y sentía la cabeza a punto de estallar.
Consiguió subir los peldaños, haciendo crujir la madera bajo sus pies.
La puerta seguía entornada.
Se armó de valor, respiró hondo y la empujó para abrirla del todo.
El hombre seguía sentado en la silla, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
La niña estaba junto a él, con la mano posada en su costado.
La pistola estaba sobre la mesa de centro.
—Te he dicho que volvería —comentó ella sin girarse.
El hombre entreabrió un párpado.
—¿Eh?
—¿Quién más hay en esta casa? —preguntó Nate, con una voz que pretendía ser firme pero que le salió más bien chillona.
El hombre cerró el ojo.
—¿Qué?
—La casa —repitió Nate—. ¿Quién más está aquí?
La chica ladeó la cabeza y aguardó unos instantes.
—Nadie —dijo al fin—. Solo nosotros tres.
Nate asintió, subiendo y bajando la cabeza de forma enérgica.
—Vale, pues entonces no es verdad que estés herido.
El hombre resopló.
—Sí que lo está. —La niña le dio unas palmaditas en la rodilla al hombre—. No debería, pero es idiota. ¿Te gustan las gafas de sol?
—Art... —dijo el hombre en tono de advertencia.
—¿Qué pasa? —replicó la chica—. Solo era una pregunta.
Nate no tenía muy claro qué estaba pasando.
—Me la sudan las gafas de sol...
—Ah —dijo la cría—. Qué lástima. —De pronto, se animó—. ¿Estos libros son tuyos, muchacho? Cabalgas por la senda polvorienta en tu caballo Benny con tu ayudante, un nativo americano estereotípico que raya en la caricatura racista y...
—Sí —dijo Nate—. Son míos. Los libros son míos. Esa silla en la que estás sentada es mía. Todo lo que veis aquí es mío.
—Vale, vale, tranquilo. No hace falta que te pongas a fardar.
—Ay, Señor —barbotó Nate—. No estoy fardando. ¿Qué coño pasa contigo?
La chiquilla lo miró con los ojos amusgados.
—Nada. ¿Y a ti qué te pasa?
—Oye, niña...
—Me llamo Artemisa Darth Vader. Ya te lo he dicho.
—¡Eso no es un nombre de verdad!
—Sí que lo es —insistió ella y, por primera vez desde que empezara aquella locura, parecía casi... disgustada—. Es mío. Es mi nombre. Nadie más puede apropiarse de él. Me pertenece. No puedes quitármelo.
El hombre crispó el rostro, pero alzó la mano, la dejó caer sobre el hombro de ella y le dio un apretón suave.
La niñita inspiró de forma entrecortada una, dos, tres veces antes de exhalar un suspiro.
—Se llama Artemisa —dijo el hombre en voz baja—. Art, para abreviar. Le tiene... mucho cariño a ese nombre.
Nate no supo qué responder a eso.
—Él es mi Alex —dijo Art—, y le han disparado.
No hay nadie más en la casa. No sabíamos quién vivía aquí.
No hemos roto nada. He leído algunos de tus libros.
Hemos comido cosas que hemos encontrado aquí, comida enlatada que no parecía que nadie fuera a echar en falta.
Hemos dormido en las camas. Él tiene que ponerse bueno, ¿vale?
Es lo único que quiero. Necesito que se ponga bueno.
—¿Dónde están mis llaves? —preguntó Nate con suavidad.
—Las he tirado al suelo —dijo Art, volviéndose para mirar a Alex—. Junto a la caseta. No tenía manos suficientes para cargar con ellas, con Alex y contigo al mismo...
Alex tosió.
—No podíamos cargar contigo entre los dos y recoger las llaves al mismo tiempo, con lo débil que estoy.
—Eso —dijo Art—. Porque te han pegado un tiro. En la piel.
Nate cruzó el salón, manteniéndose a una distancia prudente de los dos extraños.
Ninguno de ellos intentó hacerse con la pistola.
Salió por la puerta antes de que dijeran nada más.
Ahí estaban. Tiradas en la hierba, junto a la caseta, como si nada.
Se agachó y las recogió.
El generador zumbaba.
Bajó la vista hacia las llaves que sostenía en la palma.
Ya solo le quedaba subir de nuevo a la camioneta y marcharse.
Tenía todo lo que necesitaba. Llevaba el teléfono en el bolsillo y las llaves en la mano.
Ni siquiera había sacado nada del equipaje.
No le había dado tiempo. Si era verdad que alguien había disparado al hombre, no necesitaba conocer los detalles, ni saber de quién huían o quién los perseguía.
No necesitaba involucrarse. Ni siquiera tenía por qué hablarle a nadie de ellos.
Podía volver a entrar, avisarles de que tenían un día para desalojar la casa antes de que llamara a la policía, y dormir en la camioneta en algún punto del camino.
Cuando regresara a la cabaña al día siguiente, ellos ya no estarían ahí, y entonces podría hacer como si nada de eso hubiera ocurrido.
Seguiría llevando esa extraña y aislada existencia hasta decidir qué paso dar a continuación.
Sobrellevaría el duelo por la falta de duelo ante la pérdida de sus padres y luego pasaría página.
No tendría que preocuparse por un hombre peligroso y su hija de nombre raro.
Sí. Parecía un buen plan.
Volvió la vista hacia atrás.
La niña estaba ahí, de pie.
Él pegó un brinco y soltó un ruidito más bien ridículo.
—Buenas —dijo ella, alzando los ojos hacia Nate.
—No hagas eso —le espetó él.
—Te noto muy nervioso.
—¡Te me has acercado por detrás a hurtadillas!
—Sí. Soy muy silenciosa. Es uno de mis puntos fuertes. ¿Qué haces? ¿Estás abstraído en tus pensamientos? Me gusta abstraerme en mis pensamientos. Es tan... normal...
Él se quedó mirándola.
Ella le sonrió. Si no hubiera notado cómo una bala le pasaba rozando la oreja solo un rato antes, quizá le habría parecido hermosa.