Dos
—Deberías haberlo inmovilizado. No podemos correr riesgos.
—Aparece en las fotos.
—¿Qué?
—Las fotos que hay en el dormitorio, el recibidor, encima de la chimenea. Él aparece en ellas. Está... no. No te muevas. Puedo enseñártelas si necesitas verlas. Si al menos te fiaras de mí, podría...
—No es una cuestión de confianza, ya te lo he dicho. Es una cuestión de supervivencia. No estamos...
Nate soltó un gemido.
—Ah, fíjate —dijo la chica—. Se está despertando.
—Mantente alejada de él, Art, no te le...
Nate notó que le picaba la mejilla.
Abrió los ojos.
La niña lo contemplaba desde arriba. Tenía los ojos del verde más intenso que había visto en su vida. Eran hechizantes.
Le brotó un ruidito ahogado del fondo de la garganta cuando se incorporó de golpe.
—Buenas, forastero —dijo ella, retrocediendo un paso—. Bienvenido otra vez al mundo de los despiertos. Has estado inconsciente veinte minutos y diecisiete segundos. Es mucho tiempo para alguien como tú.
Nate estaba en el sofá. Le habían quitado las Chuck Taylor y lo habían tapado con una manta que le cayó sobre el regazo al erguir el tronco. Sentía como si tuviera la cabeza llena de algodón y los músculos entumecidos.
El hombre estaba sentado frente a él en lo que Nate reconoció como una de las sillas de madera de la cocina.
Se había abrochado la camisa lo suficiente para cubrirse el vendaje.
Tenía la pistola apoyada en su grueso muslo, con la mano cerrada sobre la empuñadura.
Su respiración era superficial, y no despegaba la vista de Nate en ningún momento.
—No puedes matarme —dijo este. Fue lo primero que le pasó por la cabeza.
—Ya lo creo que puedo —repuso el hombre con una mueca desdeñosa—. Sin despeinarme. Te sorprendería saber lo fácil que me resultaría hacerlo.
—Más vale que te lo creas —dijo la niña con solemnidad—. Es un pistolero. Un hombre solitario, con el revólver en la cintura y el hierro al rojo mientras se ajusta el ala del sombrero y cabalga hacia el ocaso por la llanura...
—Te he dicho que no leas más esos condenados libros.
—Bueno, he encontrado esos otros libros, pero no me dejas leerlos. Dices que no son apropiados para mi edad, a pesar de que tengo...
—Art.
Ella alzó los ojos al techo.
—¿Eso lo he hecho bien? ¿He puesto cara de exasperación porque no me dejas averiguar por qué Judy tenía que quedarse después de clase con el profesor para subir nota? A ver, ¿por qué simplemente no se llevaba deberes a casa para...? Ah. Aaah. —Arrugó el entrecejo—. No creo que eso sea ético.
—¿Quién eres? —preguntó el hombre.
—Nathaniel —respondió y sacudió la cabeza, tosiendo—. Nathaniel Cartwright.
—Vaya —dijo la chica—. Es justo lo que te he dicho antes, mira por dónde.
—¿Y qué haces aquí?
—Esta cabaña es mía —dijo Nate, preguntándose de dónde venía la rabia.
Sí, lo estaban apuntando con una pistola.
Sí, lo habían amenazado. Sí, esas personas estaban ahí, y no tenía ni puta idea de quiénes eran.
Y tal vez se sentía un poco avergonzado, para colmo.
Se había desmayado sin motivo, joder. Todo eso contribuía, sin duda.
Le hervía la sangre. Se puso de pie y la manta cayó al suelo.
Era una manta de ganchillo que había tejido su madre. No soportaba ni verla.
El hombre alzó el arma de inmediato.
La chica dio un paso hacia atrás.
—Esta cabaña es mía —dijo de nuevo Nate, con más contundencia—. No tienes derecho a preguntarme qué hago aquí cuando soy yo quien vive en este lugar. ¿Quiénes coño sois? ¿Sabes qué? Me da igual. Voy a llamar a la poli.
El hombre amartilló la pistola.
—Los cojones.
—Ya me habrías disparado si esa fuera tu intención —dijo Nate, mirando alrededor en busca de su móvil antes de recordar que seguía en el asiento de la camioneta.
—Arrea, mozo —dijo la chica—. No deberías haber dicho eso.
El hombre disparó. La detonación sonó seca y cortante en el reducido espacio del salón. Nate soltó una palabrota al notar que la bala pasaba zumbando muy cerca de la mejilla. Al volverse despacio, vio un agujero irregular en la pared, detrás de él. Sentía como si la piel le vibrara.
—No dudes que lo haré —dijo el hombre con frialdad—. Porque estoy dispuesto a lo que sea con tal de mantenerla a... —De pronto, torció el gesto y se inclinó hacia delante, gimiendo.
Al cabo de un instante, la niña estaba a su lado, pasándole las manos por el abdomen y el pecho.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Nate, con la sensación de estar flotando por encima de su cuerpo, sujeto solo por una cuerda muy delgada.
—Nada —dijo el hombre con los dientes apretados—. No es más que...
—Le pegaron un tiro —dijo la muchacha—. Fue una basura que se negaba a dejarnos pasar.
—Un tiro —repitió Nate pausadamente—. Como el que ha estado a punto de pegarme a mí.
—Pero él ha fallado —señaló la chiquilla.
—No he fallado —replicó el hombre, con una fina y reluciente capa de sudor en la frente.
Nate no supo cómo reaccionar a eso.
—¿Por qué no lo llevas a un hospital?
Ella lo miró por encima del hombro.
—Porque lo de ser fugitivos no funciona así. ¿Es que no lo sabías?
—Art, te juro por Dios que vas a...
—No sabe cómo funciona —dijo Art, dirigiendo de nuevo la mirada hacia el hombre—.
Solo se lo aclaro para que lo sepa. Tienes que dejar de hablar.
Cuanto más hablas, más te duele, y no me gusta cuando te duele.
Necesito que te pongas bien para que podamos estar juntos.
He llorado, Alex. Me has hecho llorar. Eso no es muy amable de tu parte.
Y, oh, maravilla, la expresión ceñuda del hombre se suavizó.
—No tienes por qué llorar. Y menos aún por mí.
Ella le tironeó de la camisa, mimosa.
—Y tú no tienes por qué recibir disparos o ser maleducado. No me gusta cuando pasa ninguna de esas cosas.
—Nunca me habías visto recibir un disparo antes.
—Ya, pero te he visto ser maleducado a todas horas, así que...
El hombre se desplomó de nuevo en la silla y echó la cabeza hacia atrás. Sus dedos se aflojaron en torno a la pistola. Para quitársela bastaría con alargar el brazo y...
—Ten —dijo Art, agarrando el arma del regazo del hombre y tendiéndosela a Nate.
El hombre abrió los párpados de golpe.
—¿Qué haces?
—Estaba pensando en intentar coger la pistola —le informó Art.
El arma parecía gigantesca en su manita—.
Se me ha ocurrido que, si se la doy, sabrá que puede confiar en nosotros.
—Frunció el ceño—. O al menos en mí, en vista de que has estado a punto de volarle la cabeza intentando demostrarle lo viril que eres.
—Miró de nuevo a Nate—. ¿Te ha parecido viril? Di que sí, para que se sienta mejor.
—Sí —dijo Nate de inmediato.
Art se volvió otra vez hacia el hombre.
—¿Te encuentras mejor?
Intentó echarse hacia delante en la silla.
—Dame la pistola.
—No. Nathaniel, ven a por ella.
Nate se acercó y cogió el arma. Aunque no tenía la menor idea de cómo usarla, los encañonó con ella.
—Nathaniel —dijo la niña—, no seas maleducado.
El hombre se puso de pie con un gruñido y obligó a la niña a colocarse tras él. Ella rezongó, pero se quedó ahí, asomándose por detrás de su cadera para mirar a Nate.
—Si me apuntas con eso, más vale que estés dispuesto a utilizarlo.
El cañón temblaba.
Nate aumentó la presión sobre el gatillo.
—Se le ve inseguro —susurró la chiquilla—. No conviene dar esa impresión cuando apuntas a alguien con una pistola.
Nate parpadeó. La cría no parecía asustada en absoluto. Cierto malestar se apoderó de él, como no podía ser de otra manera. Pese a lo que estaba pasando, ella no era más que una niña pequeña, y no tenía la culpa.
—Voy a buscar mi teléfono y voy a llamar a la policía —declaró Nate.
—Sigues apuntándome con esa cosa —señaló el hombre, apartando aún más a la niña tras su espalda, lo que pareció irritarla bastante—. Te he dicho que...
Era una maniobra de distracción, claro. Cuando todavía estaba hablando, el hombre entró en acción.
En un primer momento estaban cara a cara, y Nate tenía la pistola en la mano, a unos metros de distancia del hombre.
Al momento siguiente, el hombre se había movido, y la pistola estaba ahora en su mano.
El cerebro de Nate tardó unos segundos en captar la situación, en entender lo que acababa de suceder.
Aún tenía el brazo doblado hacia delante.
Lo bajó despacio.
El hombre dejó de encañonarlo y volvió a sentarse, con un quejido.
La muchacha los miraba.
—Ahora que nos hemos quitado eso de en medio, ¿podemos dar por zanjado el asunto, forastero?
Ni una raya.
El puto Nokia no tenía ni una raya de cobertura.
Sentado en la camioneta, contemplaba la pantalla verde en la oscuridad.
Cuando había salido, no habían intentado detenerlo.
Bueno, eso no es del todo cierto. El hombre había emitido una especie de gruñido al intentar levantarse, pero la niña le había apoyado la mano en el hombro para forzarlo a sentarse de nuevo, una hazaña bastante impresionante para alguien que era tan poquita cosa.
—Volverá —aseguró la chica mientras Nate cruzaba la puerta a toda prisa.
Y una mierda.
Alzó el móvil por encima de su cabeza hasta golpear con él el techo de la cabina.
Ni una raya.
—Venga —farfulló.
Se apeó del vehículo.
Fuera hacía frío. El sol se había puesto.
Giró sobre sí mismo.
Ni una raya.
Saltó lo más alto que pudo.
Seguía sin haber ni una raya.
Fijó la mirada en el techo de la camioneta.
Seguramente no era muy buena idea.
Debería largarse sin más, subir de nuevo a la camioneta y dirigirse montaña abajo.
Si se lo tomaba con calma, estaría de vuelta en Roseland en un par de horas.
Su teléfono funcionaría allí.
Podría comunicarse con la policía. Qué diablos, incluso podría llamar a Big Eddie. Quizá ni siquiera tendría que llegar hasta Roseland para tener cobertura.
Sí, eso parecía un plan con pies y cabeza.
—Muy bien —murmuró para sí—. Voy a hacer eso. Eso es lo que voy a hacer. Es un plan inteligente y seguro. Un buen plan.
Regresó a la camioneta y alargó el brazo hacia el contacto para girar la llave.
Pero ahí no había nada.
Porque no tenía las llaves.