Bajo mi piel Uno #5
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Uno #5

Al final, había recuperado la movilidad, había encontrado a un policía del metro y había presentado una denuncia.

—Seguramente no volverá a ver su cartera —le había dicho el poli—. Es un rollo, pero tendrá que cancelar las tarjetas y tramitar un nuevo carné de conducir. No aparecerá.

Eso fue justo lo que hizo.

Su cartera no apareció.

Era de piel, un regalo. Nada muy lujoso. Y llevaba veinte pavos dentro, nada más.

A pesar de todo, durante los meses siguientes, cada vez que bajaba al metro, se mantenía alerta.

Ignoraba qué haría si se encontraba otra vez con aquel tipo o si lo veía en el tren.

¿Se encararía con él? ¿Le diría: «Oye, te acuerdas de cuando me pusiste una navaja en el vientre y me arrebataste mi sensación de seguridad»?

Nunca volvió a ver al tipo, claro. Las cosas no funcionan así.

Pero el miedo era el mismo. Se sentía como si su mente hubiera abandonado su cuerpo, como si se hubiera separado en dos y estuviese funcionando en piloto automático.

Aunque era consciente de que hacía frío, ya no lo notaba.

Sabía que el aire en el interior de la caseta estaba caliente, pero eso correspondía al pasado.

En ese instante no había nada más que la pistola contra su cabeza.

La voz profunda y ronca tras su espalda.

Se inclinó lentamente, sin dejar de sentir en ningún momento la presión del cañón en la nuca. Dejó caer la linterna, que rebotó en el suelo de madera de la caseta con un golpe seco.

Se enderezó de nuevo, moviéndose como si estuviera debajo del agua. Se llevó las manos detrás de la cabeza, como le habían ordenado, de modo que las llaves se apretaron contra su cuello.

El otro se las quitó antes de que pudiera entrelazar los dedos.

Las oyó tintinear tras él.

El cañón de la pistola no se despegó ni un milímetro.

Se agarró la parte posterior del cuello con fuerza.

—No tengo mucho dinero —dijo—. Llevo la cartera en el bolsillo derecho de atrás. Puedes quedarte con todo lo que haya dentro.

—¿Llevas algo más encima? —inquirió la voz.

—No.

—¿Para quién trabajas?

Esa pregunta no se la esperaba. No fue capaz de procesarla. No la entendía.

—No trabajo para nadie —dijo.

—Y una mierda —gruñó el hombre, en un tono más enfadado—. ¿Vienes solo? ¿Quién te acompaña?

—Nadie.

—¿Quién sabe que estás aquí?

Nate parpadeó varias veces.

—Pues... Big Eddie. De la gasolinera de Roseland. Mi hermano, seguramente. —Tragó en seco—. El abogado que me entregó las llaves. Y ya está.

—¿De qué coño hablas?

—Me has preguntado quién...

—¿Vienes de la Montaña?

—Sí, he subido conduciendo por la ladera. Así es como he llegado.

—Mentira. ¿Cómo nos has encontrado?

—No he encontrado a nadie. —Empezaba a sonar un poco como un histérico.

No podía evitarlo. Se le estaba cerrando la garganta, y el pánico le oprimía el pecho—.

Mis padres murieron y me dejaron la cabaña, así que cogí la camioneta para venir aquí y alejarme del mundo, ¿vale?

Eso es todo. No hay más. No tenía nada salvo esto, esta cabaña de mierda y esa puta camioneta. Es lo único que me queda, y...

—Creo que dice la verdad —intervino otra voz, femenina y más joven.

El cañón del arma se apartó ligeramente.

—Te he dicho que te quedaras dentro de la casa.

Nate cerró los ojos.

—Ya —dijo la chica. Dios, qué voz tan joven tenía—. Pero ya ves, aquí me tienes.

—Está mintiendo. —El cañón volvió a apretarle la nuca—. ¿Qué te dije?

La chica suspiró.

—Que las casualidades no existen. Que todo sucede por una razón.

El hombre tosió. A juzgar por cómo sonaba, aquello debía de doler.

—Y ahora está aquí.

—A lo mejor estaba escrito. Tal vez sea...

—No sigas.

—Todavía estás herido. Deberías descansar.

—Ya te he dicho que estoy bien. Tenemos que averiguar para quién trabaja. Podrían ser...

—¿Se va a mear encima? —El tono de la chica destilaba demasiada curiosidad—. ¿No es eso lo que pasa cuando tienes mucho miedo? Leí en un libro que puedes perder el control de los intestinos y...

—Art. Vete dentro. Ya.

—No. No pienso apartarme de ti. Me lo has prometido.

El hombre soltó lo que parecía un bufido de dolor.

—Madre mía. Ya lo sé, ¿vale? Sé que te lo he prometido, pero no podemos correr riesgos. Las casualidades no existen. Si está aquí, es por un motivo, y tenemos que...

—Tiene razón —dijo Nate sin pensarlo—. No estoy mintiendo. Os juro que no...

Volvió a sentir el cañón en la nuca.

—No le hables a ella —gruñó el hombre—. Ni se te ocurra dirigirle la palabra. Dime cómo nos has encontrado y quién más va a venir.

—Nadie —graznó Nate—. No hay nadie más. Esta es la cabaña de mis padres. Están muertos. Es el único hogar que me queda. No puedo...

El hombre bajó la pistola.

Nate oyó que se apartaba de él.

Tragó una gran bocanada de aire que hizo que le doliera la garganta.

—Deja las manos donde están —dijo el hombre—. Y date la vuelta despacio. Si no haces lo que te digo, te pego un tiro.

A Nate por poco se le escapó una carcajada histérica.

Pero la reprimió y se dio la vuelta.

Allí, en la penumbra, un hombre lo apuntaba con una pistola muy grande.

El hombre tenía el cabello negro muy corto, casi al cero, y unos ojos oscuros pendientes de todos los movimientos de Nate.

Era mayor; sus ojos entornados y su boca estaban rodeados de arrugas.

Una barba de pocos días le cubría las mejillas y el mentón.

Su tez era pálida, y la mano le temblaba ligeramente.

Tenía el brazo alrededor de la cintura, para sujetarse el lado opuesto del torso con una de sus grandes manos.

Llevaba vaqueros y una camisa de franela desabrochada.

Nate alcanzaba a ver la piel y el vello del pecho y el abdomen, así como lo que parecía un grueso vendaje en el costado.

A su lado había una niña.

No estaba asustada, a diferencia del hombre junto a cuya pierna se encontraba, con una mano envuelta en el faldón de la camisa.

Tampoco estaba enfadada como él. Su rostro no mostraba más que curiosidad.

Llevaba la cabellera rubia recogida hacia atrás en una cola de caballo, con unos mechones sueltos colgándole junto a las orejas.

Tenía los ojos grandes y la naricilla respingona.

Una camiseta con un dibujo de un Oso Amoroso cubría su menuda figura.

El hombre era corpulento. Le sacaba un palmo a Nate. Parecía casi tan ancho como alto. A su lado la niña resultaba diminuta, pues su cabeza apenas le sobrepasaba la cintura.

—Buenas, mozo —dijo la chiquilla—. Me llamo Artemisa Darth Vader. Mucho gusto en conocerte, rediez.

—Art —refunfuñó el hombre.

—Me has dicho que actúe con normalidad, Alex —alegó la niña, alzando la vista hacia el hombre—. La gente normal se presenta. Lo leí en un libro.

—Qué cojones... —farfulló Nate.

—También te he dicho que no debes hablar con extraños —espetó el hombre (¿Alex?). Desvió el cañón del arma hacia la izquierda. Parecía estar bamboleándose.

—No es un extraño —repuso la cría, bajando la mirada de golpe—. Se llama Nathaniel Cartwright. Vive en Washing­ton.

—¿Cómo narices lo has...? ¡¿Eso es mi cartera?!

Ella lo miró de nuevo.

—Sí. Es tu cartera. Muy perspicaz.

—¿Cómo la has...? —Ella se la había quitado sin que él lo notara.

—Has dicho que podíamos quedarnos con ella. Vaya. Tenías razón. No hay mucho dinero aquí dentro. Qué lástima. Huele raro.

—¡Art! —bramó el hombre de nuevo—. Entra en la casa. Ahora mismo.

Y entonces, cuando parecía que la noche de Nate no podía ponerse más extraña, el hombre se quedó con los ojos en blanco y se desplomó.

La pistola se le cayó de la mano.

—Mira que le he dicho que no se excediera —dijo la chica que se había presentado como Artemisa Darth Vader—.

Debería hacerme más caso. —Alzó los ojos hacia Nate—.

Nathaniel Cartwright, de Washington. Ea, mozo, ven aquí y échale una mano a una camarada vaquera, haz el favor.

Tengo que llevar a este muchachote a esa barraca de allá.

Nate hizo lo único que pudo.

Se desmayó también.