Uno #4
Y tal vez por eso volvía a estar allí. Quizá por eso había regresado.
Hacía mucho tiempo que Nate Cartwright no era feliz.
Las cosas resultaban más sencillas cuando tenía trece, catorce o quince años y su cuerpo estaba cambiando, le salían granos en la frente, gallos al hablar y vello en sitios donde antes no tenía.
Había sido un muchacho torpe y desgarbado, de brazos y piernas larguiruchos, que se subía las gafas todo el rato.
Su hermano rezongaba y gimoteaba por estar otra vez lejos de sus amigos y su novia, y sus padres ya habían desconectado mentalmente, pero Nate agarraba los libros y se pasaba horas fuera, sentado al pie de un árbol, a veces leyendo y a veces imaginándose que era un colono de la frontera, que estaba en tierras inexploradas, con la cabaña que había construido situada en algún lugar detrás de él, y que se encontraba solo, solo de verdad, tal como le gustaba.
Tal vez por eso había regresado ahí: para estar solo.
No porque quisiera reconectar con las dos personas que lo habían expulsado de su vida.
Claro que no. Ya había superado esa fase hacía un tiempo.
El hecho de que le hubieran dejado la cabaña y la camioneta no significaba una mierda.
A lo mejor les había podido el sentimiento de culpa.
No le importaba. No en ese momento. Ya no.
La casa estaba a oscuras.
Se sentía agotado.
Si su madre había ido ahí en septiembre, la cabaña no estaría tan mal por dentro. Bastaría con abrir un par de ventanas para ventilarla y quizá limpiar la fina capa de polvo que se hubiera acumulado. Pero no sería mucho, cosa que agradecía.
Apagó el motor. Los faros se extinguieron.
Cuando abrió la puerta, las estrellas titilaban en lo alto.
El cielo estaba jaspeado de rojo, rosa y naranja.
La superficie del lago parecía estar en llamas.
Oía el canto de los pájaros en los árboles, y el rumor de las olas en la orilla.
Se bajó de la camioneta.
La grava crujió bajo sus pies.
Cerró la puerta tras de sí con un chirrido que resonó ligeramente.
Rodeó el vehículo para coger su bolsa de lona, que estaba en la parte de atrás.
En el bolsillo lateral había una linterna que introdujo ahí después de su compra compulsiva.
Pulsó el botón del mango, y el haz de luz se encendió.
Recorrió con él la caja de la camioneta hasta encontrar uno de los bidones que Big Eddie había llenado de gasolina.
Cuando alargó el brazo para agarrarlo, se le levantó un poco la camisa, de modo que una franja de piel delgada se apretó contra el frío metal de la camioneta. Con un escalofrío, sacó el bidón.
Se encaminó hacia la cabaña, esforzándose por no pensar en la última vez que había estado ahí.
El tipo estaba chupándole el cuello mientras se tambaleaban hacia el porche, con una mano en su bolsillo de atrás y otra bajo la camisa, frotándole el vello del pecho.
Aunque siempre había sido más bien flaco, cuando tenía veintiún años iba todos los días al gimnasio.
En aquella época exhibía una musculatura más dura, más definida.
Llevaba el cabello oscuro recién cortado, a ras del cráneo.
Gemía al sentir los dientes que se le clavaban en el cuello y la lengua que se deslizaba sobre su piel.
Cuando entraron, se habían despojado de casi toda la ropa, y el tipo se puso de rodillas, le bajó el pantalón hasta los tobillos, y Nate, con la espalda contra la puerta, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, notó que un calor húmedo le envolvía la polla.
Sus padres se presentaron dos días después, sin avisar.
—Dame la llave —había espetado su padre, fulminándolo con la mirada—. Dame la llave, y pobre de ti si te vuelvo a pillar aquí.
Ahora era una sombra. Estaba más delgado y llevaba el pelo desgreñado.
Tenía los hombros un poco huesudos, aguzados.
No disponía de tiempo para ir al gimnasio como antes.
Todo eran tazas de café y horas sentado ante el ordenador, hablando por alguno de los teléfonos o lanzándole preguntas a gritos a algún senador que intentaba apretar el paso al máximo, con una leve sonrisa congelada en la cara como si creyera que ese lío amoroso que había tenido o el dinero que había malversado se desvanecerían si él ignoraba al chaval que le exigía explicaciones acercándole una grabadora electrónica a la cara, entre los interminables destellos de las cámaras.
Unos días atrás, Nate había vislumbrado su reflejo en el escaparate de una tienda y se había preguntado quién era el hombre que lo miraba fijamente; ese hombre de pómulos prominentes y mejillas algo hundidas; ese hombre de ojos azules apagados y fríos; ese hombre con una barba de tres días que lo hacía parecer sucio y cansado; el hombre de la camisa arrugada y ojeras moradas que se había quedado sin trabajo porque la había cagado a lo grande haciendo algo de lo que nunca se hubiera creído capaz, y allí estaba, con un título inútil, tras haberse pasado seis años pateándose las calles, persiguiendo noticias irrelevantes mientras soñaba con destapar algo gordo, un escándalo que sacudiera la ciudad hasta los cimientos.
Alimentaba fantasías de ganar el Pulitzer mientras cobraba un sueldo de clase media que apenas le permitía mantenerse a flote en una ciudad que sangraba en rojo, blanco y azul, al compás de un corazón enfermo.
Eso lo estaba matando.
Así que, cuando su hermano lo llamó de nuevo, él estaba buscando trabajo sin éxito.
Al oír las palabras «cabaña» y «camioneta», había pensado: «qué coño, ¿por qué no?
». Tenía algunos ahorros con los que podría ir tirando una temporada.
Rescindió el contrato de alquiler de su apartamento diminuto, embaló sus cosas y, después de meterlas casi todas en un trastero, puso rumbo al oeste.
Era la idea más cojonuda que había tenido en mucho tiempo.
Aclararía sus ideas. Se tomaría unos días, se despejaría la mente y luego se sentaría a aclarar sus ideas. Siempre lo hacía. Se le daba bien cuando se daba permiso para hacerlo.
Caminó hacia un lado de la cabaña y se dirigió a la parte de atrás, donde estaba el generador, dentro de una pequeña caseta.
Comenzó a manipular las llaves con torpeza, y la linterna se le resbaló un poco, de modo que el haz iluminó sus pies.
El bidón le golpeaba la pierna, y la gasolina se agitaba en su interior.
Notaba la suavidad de la hierba al caminar.
Encontró la llave de la caseta, que por fortuna llevaba pegada a un trozo de cinta marcado con una C.
También había una con las letras PP, correspondiente a la puerta principal, y otra con las letras PT, que indicaban que era la de la puerta trasera.
Una estaba señalada como CB, las siglas de «cobertizo para el bote», una estructura de madera situada junto al embarcadero en el lago.
Como nunca habían tenido un bote, habían acabado usando aquel cobertizo como almacén.
Más tarde tendría que dedicar un tiempo a vaciarlo y limpiarlo, para ver qué quedaba ahí guardado.
La caseta estaba...
Se paró en seco.
El asa metálica del bidón se le clavaba en la piel de los dedos doblados.
El candado colgaba de la puerta de la caseta, abierto.
La puerta estaba entornada. Solo unos milímetros, en realidad.
Eso no era...
Sacudió la cabeza.
No había por qué preocuparse. Su madre se habría olvidado de cerrarla bien la última vez que estuvo ahí. Fue un error inocente. Esperaba que el generador no hubiera sufrido daños en el ínterin. Aunque había sido un invierno suave, había nevado. Y llovido.
Se acercó a la puerta de la caseta y dejó el bidón sobre la hierba.
Extendió el brazo y apretó el arco del candado, solo para comprobar que no estuviera roto. Sonó un chasquido. Había quedado firmemente fijado. Introdujo la llave y la giró. El candado se abrió al instante.
Un error inocente. La mujer debía de estar distraída. Tal vez Joy la estaba llamando a voces y se había olvidado de echar el pestillo antes de dar media vuelta hacia la cabaña.
Sin embargo, cuando abrió la puerta de la caseta, lo golpeó una vaharada de aire cálido. Como si el generador hubiera estado en marcha poco antes.
Frunció el ceño.
Entró en la caseta. Alargó la mano para tocar el generador. El metal estaba caliente. No era una casualidad.
¿Su madre lo había dejado encendido durante todo ese tiempo?
Eso no tenía sentido. Aunque lo hubiera hecho, se le habría acabado la gasolina varios meses antes, aunque todas las luces de la cabaña estuvieran apagadas. No habría estado...
Oyó el inconfundible sonido metálico de una pistola al amartillarse.
Notó en la parte posterior de la cabeza la presión de un objeto duro que se le hundía en el cuero cabelludo.
—Vas a dejar la linterna en el suelo —dijo una voz—. Luego, vas a levantar las manos despacio. Entrelaza los dedos detrás de la nuca. Como intentes jugármela, o trates de sacar algo que lleves escondido, o no hagas exactamente lo que te digo, te vuelo la cabeza. Sin dudarlo.
Los sentidos de Nate se aguzaron. Su campo de visión se estrechó. El corazón le martilleaba desbocado en el pecho. La sangre le rugía en los oídos. Tenía la mente totalmente en blanco, recubierta de un manto lechoso.
Una vez lo habían atracado, en la estación de metro de Bethesda. El hombre, con una navaja y una expresión desesperada, movía los ojos rápidamente de un lado a otro. Le había pedido la cartera a Nate.
—Venga —había repetido con voz monótona—. Venga, venga, venga, tío. Anda, espabila, dámela ya.
En ese momento se sentía igual. Tenía miedo, claro, lo que ocasionó que se le paralizaran los músculos y el cerebro se le cortocircuitara con un sonoro chisporroteo.
La navaja no era moco de pavo, sino una buena faca con la hoja afilada, y, aun así, de algún modo, Nate había conseguido entregarle la cartera al hombre, que, después de quitársela de la mano, se largó.
Los transeúntes pasaban por su lado como si nada.
Se había quedado largo rato ahí de pie.