Bajo mi piel Uno #3
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Uno #3

Pero esto le facilitaba las cosas. No había pensado en poner cadenas en las ruedas de la camioneta al partir de Eugene tras reunirse con el abogado inmobiliario.

Había volado hasta allí desde Washington.

El abogado lo había recogido en el aeropuerto, pues su hermano estaba demasiado ocupado.

O eso había dicho. Pero Nate se olía que no era así, y se dio cuenta de que el abogado tenía ganas de interrogarlo («porquéporquéporqué»), pero de alguna manera había conseguido contenerlas.

El hombre, que tenía una calva incipiente y estaba muy parlanchín, le había dicho de un tirón cuánto sentía lo de sus padres antes de ponerse a hablar de los Trail Blazers.

—No le vi en el funeral —declaró en cierto momento.

—Ya me lo imagino —había respondido Nate, mirando por la ventanilla.

—No hay dinero —dijo el abogado más tarde—. La gente siempre quiere saber cuánto dinero va a heredar. No voy a andarme con paños calientes. Se lo han dejado todo a la familia de su hermano. Para sus hijos. La universidad no sale barata.

Nate no quería su dinero.

Ni siquiera quería la cabaña o la camioneta.

Pero los había aceptado de todos modos, porque no le quedaba nada más.

—Firme aquí —había dicho el abogado—. Su firma aquí, las iniciales aquí, aquí y aquí, y fíjese, ahora es el orgulloso propietario de una Ford F100 de 1974 y de una cabaña con un terreno de uno coma seis hectáreas en medio de ninguna parte.

Enhorabuena. Shelley, haz una copia de cada uno de estos documentos para el señor Cartwright, por favor.

Tras hacer estallar ruidosamente un globo de chicle, su secretaria había cumplido el encargo al pie de la letra.

A Nate le habían dado varias llaves: la de la puerta principal, la de la puerta de atrás, la del cobertizo y dos de la camioneta.

Le habían entregado copias de todos los papeles.

Lo habían acompañado hasta la puerta.

—Si necesita algo, solo tiene que avisarme —había dicho el abogado, aunque ambos sabían que esa sería su última conversación.

La camioneta estaba en el aparcamiento, donde su hermano la había dejado un par de días antes.

Era blanca con embellecedores verdes. Las ruedas parecían un poco desnudas.

Había un armero apoyado en el parabrisas trasero, el mismo en el que había estado colgada la escopeta que su padre había disparado contra su madre y luego contra sí mismo.

Nate se había pasado largo rato de pie en el aparcamiento del centro comercial, contemplando ese armero.

Se había quedado unos días en Eugene, realizando llamadas desde su habitación en el Motel 6. Había llamado a la compañía de aguas para que le restablecieran el suministro, y al trastero de Washington donde guardaba sus cosas para alquilarlo unos meses más.

Su correo se reenviaba a un apartado postal que podía comprobar cada mes.

Y así, de un día para otro, fue como la vida de Nate Cartwright quedó bien envuelta y atada con un lacito.

Se había quedado una noche más en el Motel 6, tumbado, contemplando el techo y escuchando los camiones que pasaban por la autopista a las tres de la madrugada.

A la mañana siguiente, había ido a Walmart justo a la hora de apertura con el fin de comprarse lo necesario para pasar una larga temporada lejos de todo. Ni se inmutó cuando le leyeron la suma total de su compra. Le daba igual.

Pasó por un bache.

La carrocería de la camioneta se estremeció.

Redujo la velocidad. No quería sufrir un pinchazo estando tan arriba en las montañas. No llevaba rueda de recambio.

El lago Herschel había sido un destino turístico popular en los años cincuenta y sesenta.

Donde antes solo había un puñado de cabañas, de pronto habían proliferado por decenas.

Eran bungalós de alquiler y segundas residencias lo bastante separadas entre sí para dar la impresión de que estaban aisladas del mundo, pero el lago Herschel y el bosque que lo rodeaba se llenaban de gente que iba de pícnic o de niños que saltaban al agua desde los embarcaderos o los columpios de cuerda.

La burbuja se había desinflado a finales de los años setenta, cuando la empresa a la que pertenecía la mayoría de las cabañas había quebrado.

Todo se había venido abajo. La Oficina de Administración de Tierras había comprado gran parte de los terrenos, pero no se había hecho nada respecto a los bungalós de alquiler, que habían quedado abandonados.

Los padres de Nate habían llegado en 1980.

Se habían enamorado de la zona y habían encontrado una cabaña más apartada de las demás que estaba en venta.

Su dueño era un hombre mayor cuyos hijos querían meterlo en una residencia y vender la casa.

Un par de meses después, los Cartwright eran propietarios de una cabaña en el bosque.

Nate tenía trece años la primera vez que había ido al lago Herschel.

La quietud del lugar lo había asustado.

Se había acostumbrado al cabo de una semana.

Luego, cuando volvía a casa, todo le parecía muy ruidoso.

Es lo que quería en ese momento: quietud, espacio para pensar, para aclararse las putas ideas. Tenía que decidir qué iba a ocurrir a continuación.

Divisó el lago por primera vez veinte minutos después, un destello de sol en el agua. Tuvo que parpadear para borrarse de la retina la imagen residual que se le había quedado grabada.

Pensó en parar, descalzarse sus viejas zapatillas Chuck Taylor y remojarse los pies.

El agua del lago estaría helada. Procedía de arroyos que nacían montaña arriba.

La temperatura ya era considerablemente más fresca que en Roseland.

Tal vez le provocaría un choque frío que le reiniciaría el cerebro.

Sin embargo, el sol estaba cada vez más bajo, y empezaban a formarse vetas en el cielo. Quería llegar a la cabaña antes del anochecer, y para ello aún tenía que rodear el lago.

Continuó adelante.

Ya habían aparecido las primeras estrellas en lo alto cuando enfiló el largo camino de acceso a la cabaña.

Había encendido los faros de la camioneta diez minutos antes, pues la densa floresta tapaba buena parte del sol agonizante.

También había subido la ventanilla, intentando convencerse de que tenía la carne de gallina a causa del aire de la montaña.

Puso el intermitente de nuevo antes de torcer por el camino que conducía a la cabaña, solo por la fuerza de la costumbre. No había nadie más por ahí.

El camino era un poco más accidentado que la carretera.

La camioneta gemía y traqueteaba. Los haces de los faros saltaban y se reflejaban entre los árboles.

Mantenía la velocidad baja mientras escuchaba cómo sus escasas pertenencias botaban por la caja del vehículo y los bidones de gasolina chirriaban de forma estridente.

Y allí, con el mismo aspecto que ofrecía catorce años atrás cuando la había visto por primera vez, estaba la cabaña.

No era nada del otro mundo. Una casa de una sola planta; un porche pequeño; dos dormitorios, uno un poco más grande que el otro; dos baños con duchas en las que el agua salía gélida o hirviendo; una cocina mínima con fogones y un frigorífico antediluviano; un salón con un sofá que su madre había insistido en llevar hasta ahí, alegando que no iban a vivir como salvajes en medio del bosque, ¿te imaginas?

Y había sido un auténtico suplicio atar el trasto a la caja de la camioneta con cuerdas elásticas y subirlo hasta la montaña solo para descubrir que no entraba por la puerta principal.

Se había producido un momento de pánico en el que a sus padres se les puso cara de que alguien iba a romper a gritar, hasta que el hermano de Nate había señalado que la puerta de atrás era más ancha y habían conseguido hacerlo pasar por ahí.

Un cojín se rasgó y los paneles de madera en torno al marco quedaron desportillados, pero habían logrado meter el sofá, todos muertos de risa y con el rostro chorreando sudor.

Sin embargo, a Nate lo que más le gustaba de la cabaña eran los libros.

Les habían vendido el bungaló con todo su contenido.

Los hijos del señor mayor se habían llevado los objetos con valor sentimental, pero habían dejado cosas que a Nate le parecían increíbles.

La cabeza de un ciervo, con astas de ocho puntas y ojos negros brillantes, colgada en la pared del salón («quitad eso de ahí», exigió su madre casi de inmediato); decenas de latas de Spam («no creo que eso caduque nunca», farfulló su padre, contemplando la despensa con los ojos amusgados); dos paquetes de tabaco abiertos y a los que les faltaban algunos cigarrillos («no se lo digas a mamá —le había advertido su hermano mayor—, pero me los voy a fumar como un carretero»).

Y los libros. Un montón de libros.

Cubrían los viejos estantes montados en la pared del fondo del salón.

Había cientos, casi todos novelas del Oeste de Louis L’Amour ( Colinas de fuego , Fuerte solitario , Hanging Woman Creek y Bajo el cañón de Sweetwater ).

Había un puñado de volúmenes a los que apenas había conseguido echar un vistazo antes de que su madre se los arrebatara de las manos ( La favorita del profesor , Perversidad y Todo vale ).

La cubierta, que mostraba imágenes de mujeres semidesnudas en poses provocativas, prometía narrar la historia de cómo Judy se había quedado después de clase para sacarse el título mediante clases particulares especiales o de cómo una vampiresa sedienta de amor sucumbía a sus insaciables deseos. Esos libros no tardaron en esfumarse.

Pero tenía vía libre para leer los demás, así que sus veranos se llenaron de novelas del Oeste, aventuras fronterizas de indios, vaqueros y llanuras rojizas bajo el sol abrasador.

Cogía un libro o dos y desaparecía el día entero entre los árboles, donde comía moras para el almuerzo, de modo que, cuando se encaminaba de vuelta a la cabaña, tenía los dedos y los labios teñidos de un morado chillón, y las páginas estaban manchadas.

Allí había sido feliz. Se había sentido libre.