Uno #2
—Eso: Joy. Se reían mucho y sonaban como dos gallinas cluecas. Se quedaron ahí arriba un par de semanas. No las vi cuando bajaron. Tu madre estaba contenta, Nate. Por si querías saberlo.
—Gracias —consiguió decir Nate, aunque no fuera ese el consuelo que buscaba. Ella estaba contenta. Ella se reía. Hacía años que él no tenía noticias de ella, pero, oye, lo estaba pasando bomba. Pues de puta madre—. Qué... bien. Gracias.
—Habló de ti, ¿sabes? —aseveró Big Eddie como quien no quiere la cosa, como si estuvieran de palique—. Dijo que te iba muy bien. Que vivías en Washington. Que eras reportero o algo así.
—Periodista —lo corrigió Nate, por la fuerza de la costumbre.
Big Eddie sacó la boquilla del surtidor del agujero del depósito y la insertó en uno de los bidones.
—Eso: periodista. Dijo que eras periodista y que trabajabas para el Post . Parecía superorgullosa de eso.
A Nate le entraron ganas de reír, de gritar, de aporrear la camioneta con las manos y exigirle a Big Eddie que dejara de hablar de cosas de las que no tenía ni puta idea.
Sí, claro, tal vez su madre estaba «orgullosa», tal vez parloteaba hasta por los codos, pero ¿qué derecho tenía?
No había movido un dedo cuando su padre le había dicho a Nate que se fuera a tomar por culo, que no podía tolerar tener un hijo marica.
Ella no había dicho ni una maldita palabra en su defensa mientras su padre le gritaba que iba a pillar un puto cáncer de maricas como todos los demás bujarrones.
No había hecho nada cuando él la había mirado con cara suplicante para que dijera algo, lo que fuera.
Tenía los ojos desorbitados, horrorizados, y le temblaba el labio inferior, pero se había quedado callada, lo que la había convertido en cómplice.
Estaban de pie frente a la puerta de la cabaña, ¿no?
En teoría ni siquiera debían estar ahí arriba.
Ellos ya le habían anunciado meses atrás que iban a divorciarse, así que el hecho de que estuvieran juntos resultaba desconcertante.
En aquel momento él intentaba desesperadamente taparse a sí mismo y a su novio, con la piel reluciente de sudor y el corazón desbocado.
Se sentía avergonzado por motivos que no acababa de entender.
No estaba haciendo nada malo. Era un adulto.
Tenía derecho a estar en la cabaña con quien quisiera, pero se había sentido culpable al ver la cara de asco de su padre y los ojos llorosos de su madre. Se había sentido fatal.
Después del incidente, él y el otro tío se habían marchado deprisa y corriendo, con las bolsas de viaje llenas pero no cerradas.
Sus padres, sentados a la mesa de la cocina, ni siquiera habían alzado la vista hacia él.
Se había olvidado una de sus botas de senderismo.
La había recibido por correo dos meses después, sin una nota, sin remitente, pero él sabía que se la había mandado su madre.
La tiró a la basura.
El novio no le había durado mucho después de aquello. Un par de semanas más. Daba igual. No era nada serio, simplemente una distracción.
Ahora la cabaña era suya.
Y también la camioneta.
Pues muy bien. Ellos estaban muertos, y él había heredado dos cosas que en esencia no le servían para nada.
Tal vez debería quemarlas. Ahora que estaba sin trabajo, tenía tiempo de sobra.
Qué estupendo que ella estuviera orgullosa. Qué puta maravilla.
—Genial —dijo con voz inexpresiva—. Me alegra oírlo.
Tarareando por lo bajo, Big Eddie terminó de llenar el primer bidón y pasó al segundo.
—¿Tienes línea de teléfono ahí arriba?
Nate negó con un gesto.
—¿Y un teléfono móvil?
Sí, tenía uno.
—¿Por qué?
—Te voy a dar mi número, por si necesitas algo. Estando ahí arriba solo, podría pasarte algo, Nate. No está de más tomar precauciones.
—Dudo que funcione ahí arriba. —Si su cobertura ya era inestable en aquel paraje perdido entre las montañas, seguramente cuando llegara a la cabaña la perdería del todo.
—Aun así, más vale prevenir que curar.
Tenía razón. Nate rodeó el vehículo hasta la puerta del conductor.
Sobre el asiento corrido estaba el teléfono, un Nokia rojo con una raja en medio de la pantalla de cuando se le había caído en la acera mientras hacía malabarismos con dos cafés.
Big Eddie le cantó su número, y Nate lo introdujo en el móvil antes de guardarlo en la lista de contactos bajo el nombre EDDIE.
Después de alzar los bidones para depositarlos en la caja de la camioneta, Big Eddie se limpió las manos con el trapo que llevaba en el bolsillo. Echó un vistazo al contador de la gasolina.
—Son treinta y seis dólares con cincuenta, a menos que necesites algo de la tienda. Es tu última oportunidad antes de llegar a esa cabaña en medio de la nada.
Sacudiendo la cabeza, Nate sacó la cartera en la que llevaba la tarjeta de débito, que tenía desde hacía solo unos meses. Era algo nuevo, y lo asombraba un poco comprobar cuánto más sencillo resultaba pagar con ella que en efectivo o con un cheque.
Big Eddie le dedicó otra amplia sonrisa.
—Vuelvo enseguida.
Nate lo observó alejarse.
Al oeste, el sol declinaba. Faltaban solo un par de horas para el anochecer, y Nate estaba ansioso por volver a la carretera.
Le quedaba una hora de trayecto, cuyo trecho final discurría por caminos de tierra irregulares en los que no era muy cómodo conducir a oscuras.
Aún le dolía un poco la cabeza, los últimos vestigios de algo que le había taladrado el cerebro durante buena parte de la mañana.
Big Eddie estaba dentro de la tienda de la gasolinera, diciéndole algo a su hijo.
Nate vio que intentaba acariciarle la cabeza, pero Benji le apartó la mano con brusquedad y el hombretón soltó una risita.
Dijo algo más y el muchacho miró hacia fuera a través del escaparate.
Nate movió ligeramente la mano a modo de saludo.
Benji le devolvió el gesto con su escuálido brazo, agitando el cuerpo entero.
Big Eddie se rio al salir, pero como estaba de espaldas a la puerta no vio a su hijo fruncir el ceño.
—Las mates —dijo mientras se acercaba—. Se le están atravesando un poco.
—Son una mierda —dijo Nate—. A mí tampoco se me daban muy bien.
Big Eddie le entregó la tarjeta y el recibo.
—No entiende para qué las necesita si va a ser el encargado de la gasolinera. Le he dicho que tiene que aspirar a algo mejor que Roseland. Eso no le ha hecho mucha gracia.
—A veces hay que dejar que hagan lo que consideren mejor. —Nate se arrepintió de sus palabras al instante.
—Ya. —Big Eddie se frotó el mentón, pensativo—.
Me imagino. Lo que pasa es que... Así es la paternidad, supongo.
Uno quiere lo mejor para sus hijos, verlos abrir las alas y echar a volar.
Creo que va a hacer grandes cosas. Algún día.
Pero no sé si podrá hacerlas aquí. —Se encogió de hombros—.
Ya me entenderás cuando tú también tengas críos.
Eso no iba a ocurrir. Nate no tenía paciencia para ocuparse de críos. No le gustaban, ni él les gustaba a ellos. No estaba en su destino.
—Claro —dijo, sin embargo, porque era lo que se suponía que debía decir.
—Pues entonces más vale que vayas tirando —dijo Big Eddie —. Sé que aún te queda un buen trecho. Podría pasarme toda la tarde aquí, pegando la hebra. Eso dice la parienta. Y sus hermanas. Y Benji. Y casi todo el pueblo.
A Nate no le cabía la menor duda. Big Eddie daba el tipo: era amigable y abierto. Nate no. Para nada. Se guardó de nuevo la cartera en el bolsillo.
—Gracias. Te lo agradezco.
Big Eddie le estrechó la mano otra vez. En esta ocasión el apretón fue un poco más fuerte, como si intentara decirle algo a Nate sin pronunciar palabras.
—Si necesitas algo, solo tienes que pegar un grito, ¿vale? Esas provisiones no te durarán eternamente. Si te hace falta cualquier cosa, me avisas y nos encontramos a medio camino. Así te ahorras el tute.
—No tienes por qué...
—Nate, tómatelo como lo que es: amabilidad. A veces la necesitamos, aunque no sepamos cómo pedirla.
Nate desvió la mirada con un carraspeo.
—Gracias. Así lo haré. —Se dio la vuelta hacia la camioneta.
Antes de salir a la carretera, volvió la vista hacia la gasolinera. Big Eddie estaba inclinado sobre el mostrador junto a su hijo, mirando el papel con el entrecejo arrugado. Benji. Era curioso lo evidente que resultaba su parentesco. De tal palo, tal astilla.
Nate arrancó y dejó Roseland atrás.
Había una señal apenas visible tras una maraña de vegetación, árboles y arbustos silvestres.
Alguien que no hubiera sabido que estaba ahí no la habría visto, ni tampoco el desvío.
Nate estuvo a punto de pasárselo porque lo distrajo un ciervo que se movía en la espesura, a la izquierda.
Pisó el freno un poco más fuerte de lo que pretendía, y el cinturón de seguridad se le clavó en las caderas.
Los neumáticos chirriaron contra el asfalto, y echó un vistazo por el retrovisor para asegurarse de que no hubiera ejecutado esa maniobra estúpida delante de otro coche.
No tenía a nadie detrás. No había visto ningún otro vehículo desde que había salido de Roseland.
LAGO HERSCHEL , decía la señal. 35 KILÓMETROS .
Una flecha apuntaba a un camino de tierra.
Se quedó ahí parado, en la carretera, en medio de aquel bosque en las montañas, más rato de la cuenta.
Al final, puso el intermitente de la camioneta y torció por el camino de tierra.
Estaba más llano de lo que esperaba, lo que significaba que Big Eddie tenía razón respecto a que había sido un invierno suave.
Si hubiera sido normal, aún habría nieve en el suelo.
No era raro que se desataran ventiscas de primavera, en las que se respiraba un aire distinto que en las borrascas invernales.
En primavera siempre se percibía más electricidad en el ambiente, mientras la nieve caía sobre las flores recién abiertas, y los rojos y violetas resaltaban de forma casi escandalosa contra el blanco.