Bajo mi piel
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Uno
Iba cantando el tema que sonaba en la radio.
Algo sobre coger una canción triste y mejorarla.
Después, rompió a reír hasta que casi no pudo respirar.
Cruzó la frontera de Douglas County justo antes de que terminara otra canción. Daban un boletín horario a la hora en punto.
Habían matado de un tiro a una cantante llamada Selena en un hotel de Texas. Nunca había oído hablar de ella.
El vuelo 371 de TAROM, con origen en Bucarest y destino a Bruselas, se había estrellado poco después del despegue. Las sesenta personas que iban a bordo fallecieron. Se había iniciado una investigación. Por el momento no se sospechaba que hubiera un móvil terrorista.
El cometa Markham-Tripp, descubierto el año anterior, se aproximaba. Ya podía verse en el cielo si uno sabía hacia dónde mirar, pero no se preocupen, amigos oyentes: nos pasará de largo a toda velocidad antes de alejarse en la inmensidad del espacio.
Seguía sin haber declaraciones oficiales sobre el helicóptero que se había caído en las inmediaciones del Centro de Entrenamiento de Guerra de Montaña del Cuerpo de Marines en el norte de California la semana anterior.
La causa seguía investigándose, aunque daban a entender que tenía algo que ver con la fuerte tormenta que había causado estragos en la zona.
Las fuentes oficiales no aclaraban si se habían producido víctimas mortales.
Y ahora, el pronóstico del tiempo. Va a hacer un día precioso. ¿Han visto qué solazo? ¿A que es increíble?
Era el 31 de marzo de 1995.
Continuó conduciendo hacia el sur.
La temperatura exterior descendía a medida que se internaba en las montañas. El sol le calentaba la mano que tenía colgando por la ventana. El cielo azul se extendía hacia el infinito. Había nubes, pero solo un puñado.
«Bonito día —pensó—. Y cómo no iba a serlo. Así son las cosas».
Llegó al pueblo a última hora de la tarde. Había una señal vieja y con las letras desvaídas. Estaba ahí desde que él era un niño y sus padres lo habían llevado a pasar unas semanas en la cabaña. Decía:
Roseland, Oregón
Población: 827. Fundado en 1851
Altitud: 715 metros
¡La puerta de las Cascadas!
Pasó por delante de una cafetería y de una iglesia.
Había comercios a ambos lados de la calle, algunos de ellos abiertos.
Todavía faltaban uno o dos meses para el inicio de la temporada turística, pero estarían preparados.
La gente que acudiría en coche desde las grandes ciudades para huir del agobio del calor y la rutina gastaría su dinero y se haría fotos antes de marcharse por donde había venido.
El aire estaba impregnado de los aromas de las agujas de pino y la tierra.
Se sentía como si volviera a tener diez años y sus padres aún estuvieran enamorados como dos tortolitos.
Se reían y cantaban a coro con la radio.
Jugaban a los típicos juegos para entretenerse en los viajes por carretera: el veoveo; las veinte preguntas o al juego en el que intentaban avistar matrículas de todos los estados.
No había tardado en descubrir que ese era imposible de ganar.
Lo máximo que había conseguido había sido ver coches de siete estados distintos, y eso en un buen día.
Una de las matrículas era de Maine, un lugar que se le antojaba remoto.
Divisó el letrero de la gasolinera antes que la gasolinera en sí. Aunque giraba lentamente, consiguió captar las palabras BIG EDDIE: GASOLINERA Y TIENDA 24H . Exhaló un suspiro de alivio. Menos mal que algunas cosas no habían cambiado, a pesar de todo.
Entró en la gasolinera y las ruedas de la camioneta pasaron por encima del fino cordón negro. Una campana tintineó en el interior de la tienda mientras se detenía junto al surtidor. Apagó el vehículo y se quedó escuchando los leves chasquidos del motor.
Se pasó la mano por el rostro antes de abrir la puerta y apoyar los pies en el suelo.
Al estirar la espalda, la oyó crujir. Aunque tenía solo veintisiete años, los días en que podía pasarse horas sentado en un coche sin que nada sucediera habían quedado atrás.
Se le destensaron los músculos. Era una sensación agradable.
La puerta de cristal de la tienda se abrió de golpe, y un hombre corpulento salió limpiándose las manos con un trapo.
De no ser por su sonrisa, su aspecto habría resultado alarmante.
Él nunca había visto en ningún sitio a una persona de semejantes dimensiones.
Debía de ser por el aire de las montañas.
—Vaya, éramos pocos y parió la abuela —dijo Big Eddie Green, con un vozarrón profundo—. Pero si es nada menos que Nate Cartwright.
Nate le dedicó una sonrisa forzada.
—Big Eddie. Me alegra comprobar que sigues al frente de este tugurio.
—Cuidado con lo que dices —repuso Big Eddie, pero sin dejar de sonreír, con un diente un poco torcido que le daba una apariencia entrañable.
Tendió una manaza ligeramente manchada de grasa.
A Nate no le importó y le tendió la suya.
Big Eddie daba un apretón firme, pero no apretaba para demostrar su fuerza como un gilipollas.
Él no era así en absoluto, al menos hasta donde sabía Nate.
No veía a Big Eddie desde que cumplió veintiún años, la última vez que había ido a la cabaña.
Además, en el fondo no eran amigos, aunque Big Eddie podía trabar amistad con quien se lo propusiera.
Había algo en su sonrisa que reconfortaba a Nate.
Le producía una sensación de familiaridad que le partía el corazón.
—¿Vas a la montaña? —preguntó Big Eddie, dirigiéndose hacia el surtidor—. ¿Sin plomo está bien?
—Sí —dijo Nate, recostándose contra la camioneta. Miró al interior de la tienda a través del escaparate. Un chico estaba inclinado sobre el mostrador, garabateando algo frenéticamente, con la lengua asomando entre los dientes como si estuviera muy concentrado—. Hostia, ¿ese es Benji?
Big Eddie se rio.
—Sí —dijo, y Nate percibió el afecto en su voz áspera y dulce—. Está pegando el estirón. Nos lleva de cabeza a su madre y a mí. Es un trasto. Qué locura, ¿no?
—Pues sí —dijo Nate porque se suponía que debía mostrarse de acuerdo. Así funcionaban las conversaciones. Así hablaban las personas unas con otras. Era algo que a él no se le daba muy bien. Y ahora que estaba huyendo al quinto pino, dudaba que fuera a tener muchas otras oportunidades de practicar.
El surtidor de gasolina runruneaba.
Big Eddie lanzó un silbido tras echar un vistazo a la caja de carga de la camioneta.
—Qué de provisiones llevas. ¿Piensas quedarte mucho tiempo?
Nate se encogió de hombros.
—Una temporada, supongo.
La sonrisa se suavizó.
—Siento mucho lo de lo de tus padres. Fue... en fin. No sé qué más decir. Debió de ser muy duro. No puedo ni imaginar lo que se siente, así que no voy a insultarte fingiendo que me lo imagino.
Nate no sabía muy bien qué responder. Fue muy duro, desde luego.
Vaya si lo fue. Los casos de asesinato-suicidio suelen serlo.
Su padre se había presentado en casa de su madre, resentido y malhumorado, como siempre que bebía.
Había estallado una discusión. Los vecinos declararon que oyeron gritos, pero pensaron que era la tele o una trifulca doméstica común y corriente en la que no encontraron la manera de intervenir.
Nate no se lo reprochaba, más que nada porque su padre se había dirigido hacia la misma camioneta en la que estaban recostados Big Eddie y Nate, había agarrado su escopeta, había entrado en la casa con ella y le había descerrajado un tiro a su exesposa antes de volarse él mismo la cabeza.
No era fácil, le había dicho el inspector, con voz suave y cansada, suicidarse de un escopetazo.
Y, sin embargo, el padre de Nate había hallado el modo.
Sentado en una silla, sujetando el arma entre las piernas, se había colocado la boca del cañón bajo la barbilla y había usado nada menos que el dedo gordo del pie para apretar el gatillo. Todo había quedado hecho un asco.
O, por lo menos, eso suponía Nate. Él no había vuelto a poner un pie en la casa de su madre después de aquello.
Su hermano se había ocupado de todo. Hay empresas que ofrecen esos servicios, le había dicho su hermano por teléfono.
Acuden al escenario del crimen y lo dejan como una patena.
Te cobran un pastizal, pero arreglan lo que pueden.
No pueden arreglarlo todo, claro, pero para eso están las empresas de reformas.
Se encargarían de que la casa estuviera en condiciones antes de que la pusieran en venta.
Habían hablado una vez más después de eso. «Papá te dejó su camioneta —le dijo su hermano—. Mamá te dejó la cabaña».
«Ah», fue lo único que él había podido decir. Ah.
Lo que le habría gustado decir era ¿cómo había podido ocurrir algo así?
¿Cómo habían llegado las cosas tan lejos?
Ellos tenían sus problemas, por supuesto...
Estaban divorciados, joder. Pero su padre nunca le había levantado la mano a nadie.
No era el tipo más agradable del mundo, pero nunca les había pegado.
Tampoco a ella. Ni una vez. Él no era esa persona.
—Ya —le respondió Nate a Big Eddie—. Fue duro.
El hombretón asintió.
—¿Tendrás agua en la cabaña?
—Llamé a los de la compañía hace un par de días. Se supone que vendrán mañana. El generador se ocupará del resto. Supongo que no hará demasiado frío, al menos durante mucho tiempo.
—Para nada. Ya no queda nieve. Hemos tenido un invierno suave este año. En Navidad hacía más de quince grados. Me imagino que querrás que te llene de gasolina los bidones que llevas ahí detrás.
—Si no es mucha molestia...
—Faltaría más, Nate. ¿Has vuelto ahí arriba desde...?
—No.
Big Eddie asintió despacio mientras sacaba los bidones vacíos de la camioneta.
—Tu madre estuvo aquí. En septiembre del año pasado, creo. Vino con una amiga. Josie, ¿puede ser? ¿Josie?
—Joy.