Capítulo 20 #3
—Puedo desplazar el burro de ropa detrás de la pila de tablones secos del muro norte.
Es un espacio estrecho, pero está fuera de cualquier zona de tránsito del público y tiene tiro directo hacia la diagonal de Tomás.
Carmen y Sofía se visten antes de que entre el primer espectador y no tenemos que cruzar una sola percha por delante de la gente.
Me volví hacia Leo. Tenía el plano de conexiones abierto por la mitad y el lápiz apoyado en la columna sur.
—Si la gente entra por el lateral sur —dijo Leo, midiendo el espacio con la vista—, caminará a medio metro de la matriz baja número uno.
No puedo dejar la base al descubierto; un roce con un paraguas mojado desalinearía el tiro.
Pero si la calzo diez centímetros hacia el interior del zócalo y coloco la pantalla deflectora de chapa que usamos en Estudio Lumbre, el haz queda protegido y el cable vulcanizado no sufre ningún riesgo mecánico.
Además, mantengo el consumo intacto: dos mil cien vatios.
—¿Cuánto tardas en mover la base y fijar el deflector? —pregunté.
—Ocho minutos. Pero necesito que me confirmes la posición definitiva antes de encintar de nuevo al zócalo.
Escuché cada dato, sopesando el engranaje completo.
—Adoptamos la segunda opción de Clara —decidí, señalando el croquis—. Ochenta y seis localidades. Clara, retira las cuatro sillas de la esquina sur y marca con tiza la curva de paso hasta la bancada. Mateo y Lucas te ayudan con el traslado.
Miré a mi madre.
—Mamá, mueve el burro al rincón norte con Tomás. Que Carmen y Sofía prueben el paso entre los tablones para asegurarse de que las faldas no se enganchen.
Me volví hacia Tomás.
—Compramos el inicio en el centro. Carmen no se oculta: ocupa el espacio desde el primer minuto. Tomás, dale a Carmen la pauta para que sostenga la mirada baja y el ritmo lento mientras la gente entra y busca asiento. El público entrará a una estancia habitada, no a una trampa teatral.
Finalmente, miré a Leo.
—Retrasa la matriz uno esos diez centímetros y coloca la chapa deflectora.
Mantén la luz de trabajo encendida a media intensidad mientras la gente toma asiento; que el almacén se vea como lo que es.
Cuando Clara me dé la confirmación de puertas cerradas y aforo completo, te haré una señal con la mano desde la última fila.
Solo entonces inicias la rampa cálida sobre Carmen.
No modifiques la memoria de la consola hasta que yo te dé la entrada.
Leo asintió con una inclinación sobria.
—Recibido. Espero tu señal antes de tocar el primer potenciómetro.
—A trabajar —dije.
El grupo se dispersó de inmediato. No hubo dudas de jerarquía ni vacilaciones.
Clara y Mateo desengancharon las cuatro sillas de madera y las apilaron contra el muro seco; Inés y Sofía deslizaron el perchero hacia el fondo norte protegidas por la sombra de los tablones; Tomás se arrodilló junto a Carmen para explicarle la nueva respiración del arranque; y Leo, arrodillado junto al zócalo sur, aflojó la palomilla del soporte bajo para encajar el deflector metálico con un golpe seco y preciso.
Me quedé de pie en mitad del pasillo central, observando el movimiento coordinado de la nave.
Caminé hacia el zócalo sur. Leo estaba terminando de pasar una tira de cinta adhesiva sobre el cable vulcanizado, asegurándolo contra el ladrillo para que quedara plano bajo el deflector.
—¿Cómo queda el tiro? —pregunté, deteniéndome a un paso de su posición.
Leo levantó la vista, se pasó el dorso de la mano por la frente y señaló el rectángulo de hormigón donde Carmen ya tomaba asiento sobre una banqueta baja.
—El deflector recorta dos grados por la izquierda, pero el haz central llega limpio a los pies de Carmen sin invadir la primera fila —respondió, dejando el rollo de cinta sobre la caja de herramientas—.
En cuanto pasemos el tercer acto sabremos si la transición sostiene el tono sin deslumbrar a los que entren por la curva.
Lo miré con atención: solo el diagnóstico exacto de quien compartía el mismo suelo.
—Todavía quedan muchas decisiones críticas antes de las siete, Leo —le dije con voz templada—. Si el agua sigue subiendo o Gabriel detecta cualquier bajada de tensión durante la función, voy a necesitar tu criterio técnico al segundo. Sin filtros y sin rodeos.
Leo sostuvo mi mirada con serenidad.
—Tendrás los datos limpios en cuanto ocurra cualquier variación —aseguró, recogiendo el destornillador—. No voy a decidir nada por mi cuenta.
—De acuerdo.
Me di la vuelta y regresé al centro de la nave. Tomás ya tenía al coro alineado en el recodo norte, Inés hacía un gesto de confirmación con la cabeza desde el burro de vestuario y Clara levantaba el pulgar desde la puerta lateral, con la ruta de tiza recién trazada sobre el cemento.
Abrí mi cuaderno de dirección, saqué el lápiz del bolsillo de la camisa y me coloqué tras la última fila de sillas.
—Posiciones para el tercer acto —llamé, y mi voz llenó la nave con una firmeza tranquila—. Pasamos la escena final desde la entrada del coro. Dentro.