Capítulo 20 #2
Inés soltó una exhalación corta, casi una risa cansada, y me señaló el extremo libre del tablón donde guardaba los retales.
—Siéntate dos minutos, al menos.
Me senté. El frío de la madera me traspasó los pantalones de trabajo, pero agradecí soltar el peso del cuerpo.
—Estoy cansada —admití, mirando las tijeras de sastre que descansaban sobre la caja de hilos—.
Y tengo miedo de que a las siete Beatriz decida que este almacén no da la talla y que todo el esfuerzo del pueblo se quede en nada.
Pero no me arrepiento de haber vuelto, mamá.
Tampoco me arrepiento de haber elegido este oficio ni de pelear por dirigir la obra bajo mis propias condiciones.
Inés tomó la falda entre los dedos, acariciando la aspereza de la trama con el pulgar.
—Durante años pensé que mi trabajo era ponerte un suelo que no se moviera, Marina —dijo en voz baja, sin apartar los ojos de la costura—.
Cuando te marchaste a la compañía itinerante y te pasabas semanas durmiendo en furgonetas para que luego aquel director te quitara el nombre del cartel y te dijera que no sabías mandar, se me partía el alma.
No temía que no tuvieras talento. Te he visto montar escenas en este puerto desde que tenías diez años.
Lo que me daba pánico era verte volver hecha pedazos por empeñarte en un camino donde nadie te cuidaba.
Levantó la vista y me buscó los ojos con una franqueza que no solía mostrar cuando estábamos rodeadas de gente.
—Y cuando volviste aquí, intenté protegerte de la única forma que sabía: diciéndote cómo recortar los bordes para que no te hicieras daño. Quería que tu vida encajara en un molde que yo pudiera vigilar. Confundí cuidarte con intentar decidir por ti para ahorrarme el susto.
El silencio que siguió no fue incómodo; lo llenó el murmullo de los actores al otro lado de la nave y el chasquido lejano de la llave inglesa que Leo usaba junto a la consola.
—Sé que lo hacías por protegerme —dije, buscando las palabras exactas para no levantar de nuevo la muralla—.
Pero cuando intentas evitar que me equivoque o me pides que busque algo más seguro, siento que dudas de que pueda sostenerme sola.
Lo que me pasó en aquella compañía dolió porque dejé que otros decidieran cuánto valía mi criterio.
Dirigir aquí, aprender a escuchar a Tomás, dejar que Leo ajuste la luz sin revisarle cada cable y pedirte a ti que me ayudes con el vestuario es mi manera de no repetir ese error.
No necesito que me quites el riesgo del camino, mamá.
Necesito que confíes en que sé qué hacer cuando el suelo se mueve.
Inés asintió despacio, con la mirada baja.
—Siento haber convertido mis miedos en órdenes —dijo—. A veces se me olvida que ya no tengo que sujetarte la mano para cruzar el malecón.
—Y yo siento ponerme a la defensiva cada vez que me preguntas si he comido —respondí, con una media sonrisa—. Me paso el día intentando demostrar que puedo con todo yo sola, y termino rechazando lo que de verdad me hace falta.
Inés metió la mano en la bolsa de lona que descansaba junto a sus pies y sacó un táper pequeño de cristal con dos manzanas cortadas y un paquete envuelto en papel encerado con queso y pan de centeno.
Lo dejó sobre el tablón, justo entre nosotras, sin empujarlo hacia mis manos ni exigir que lo abriera de inmediato.
—Ahí lo tienes —dijo con calma—. Sin sermones ni condiciones. Te lo comes cuando el estómago te lo pida.
Tomé un gajo de manzana. El frescor dulce y crujiente me devolvió de golpe una energía que no sabía que había perdido. Comí despacio, masticando en silencio mientras ella retomaba la aguja con pulso firme.
—Mamá —dije tras tragar el segundo bocado, señalando con la barbilla los dos vestidos colgados en el burro—.
En el tercer cuadro, Carmen y Sofía tienen apenas doce segundos para quitarse las sobrecapas y pasar a la túnica limpia antes del coro final.
En el teatro lo hacían en la oscuridad de la corbata, pero aquí la primera fila está a dos metros y las matrices de rasante van a dejar ver cualquier tirón.
Inés miró las prendas y calculó el paso entre la bancada de roble y el muro norte.
—Nada de corchetes metálicos: harían ruido y se trabarían con las prisas —dijo, tanteando el cuello de Sofía—.
Pondré solapas cruzadas con plomo en el dobladillo; Carmen solo tendrá que soltar el lazo del pecho para que la tela caiga sola.
Y a Sofía le abriré el costado con velcro oculto bajo el lino: un tirón seco y sale limpia.
Me puse en pie y dejé el envoltorio del pan sobre la bolsa de lona.
—Resuélvelo como veas mejor —le dije—. El criterio es el mismo: que la cercanía no revele un truco sucio, sino una acción limpia.
Inés me miró desde la banqueta, con una chispa templada en los ojos, sin reproches.
—Quedará impecable antes de que termines la pausa —aseguró, ensartando una nueva hebra de hilo en la aguja.
Di un paso hacia el centro de la nave mientras Tomás colocaba a los miembros del coro en la diagonal norte y Clara repasaba las marcas del suelo con un trozo de tiza en la mano.
Apenas di dos pasos sobre el cemento hacia la diagonal norte, Clara cruzó el espacio con la tablilla pegada al pecho y las suelas de goma repiqueteando con prisa contra la solera. No traía el gesto de una consulta rutinaria; tenía el ceño fruncido y la mandíbula apretada.
—Marina, tenemos agua en el callejón de entrada —dijo en voz baja, deteniéndose a un palmo de mí—.
El sumidero exterior ha colapsado con la última tromba y el agua entra bajo el portón principal.
No llega a la solera técnica, pero el pasillo de acceso previsto para el público tiene dos dedos de charco continuo. Esa puerta queda clausurada.
Miré hacia el portón norte y luego hacia el croquis de evacuación fijado en la pared.
—El único acceso practicable que nos queda es la puerta lateral sur —continuó Clara, señalando con el bolígrafo el extremo opuesto—.
Pero si metemos a los noventa espectadores por ahí, desembocan directamente en la zona de espera del coro y cruzan el espacio que Carmen y Sofía necesitan para el arranque del primer cuadro.
Por un segundo, sentí la punzada conocida en la base del cuello.
El impulso de tomar el metro, rehacer la numeración de las sillas en mi libreta, ordenar a Tomás dónde esconder a los doce actores y decirle a Leo cómo mover sus cables para que nadie pisara nada me tensó los dedos sobre el lápiz.
Casi abrí la boca para dictar cuatro instrucciones simultáneas.
Me detuve. Solté el aire despacio y bajé la libreta.
—No voy a improvisar un trazado a ciegas —dije. Levanté la mano hacia el zócalo sur y hacia la bancada—. Clara, Tomás, Leo, venid un momento. Mamá, acércate.
Los cuatro se reunieron alrededor de la tablilla de Clara. Afuera, la lluvia mantenía un martilleo denso sobre la chapa, pero dentro de la nave el aire se quedó en suspenso, pendiente de la orden.
—El acceso norte está inundado y tenemos que desviar la entrada por el lateral sur —expliqué, sin rodeos ni dramatismo—.
El público entrará por el espacio que usábamos para el inicio de la obra.
Antes de tocar una sola marca, necesito saber exactamente qué margen tiene cada uno.
Clara, opciones de paso y evacuación. Tomás, margen de maniobra del elenco.
Leo, impacto en las líneas y los tiros de luz. Mamá, recorrido de vestuario.
Clara fue la primera en responder, apoyando la tablilla en la palma.
—Tengo dos opciones para el pasillo sur —dijo—.
La primera es meter al público pegado al muro, lo que nos obliga a retirar la última fila completa para mantener el metro y medio de seguridad; perderíamos doce plazas y nos quedaríamos en setenta y ocho.
La segunda es trazar una curva suave que bordee la bancada de roble: sacrificamos solo cuatro sillas de la esquina, conservamos ochenta y seis localidades y el pasillo de salida este queda completamente intacto.
Miré a Tomás.
—Si el público entra bordeando la bancada, Carmen no puede empezar escondida detrás del roble —intervino Tomás, mesándose la barba—.
Pero no necesitamos esconderla. Si Carmen está sentada en el centro de la solera desde antes de que se abran las puertas, desgranando las cuentas del rosario como si el pueblo ya llevara horas en duelo, la entrada del público deja de ser una interrupción y se convierte en la llegada real de los vecinos al velatorio.
El coro puede esperar en el recodo norte, fuera de la vista, y avanzar solo cuando la última persona esté sentada.
—¿Y el vestuario? —le pregunté a mi madre.
Inés asintió hacia el rincón norte, junto al cuadro de Gabriel.