Capítulo 7
El arte de soltar una cuerda
Marina Soler
El serrín flotaba en los haces de luz que entraban por los ventanales altos de la Nave de los Bastidores. En el centro del almacén, dos caballetes sostenían el bastidor principal de proscenio mientras el olor a cola de carpintero, pintura fresca y madera cortada llenaba el aire húmedo de la mañana.
Tenía el metro de carpintero abierto en la mano izquierda y la lista de traslados doblada bajo la axila.
—Marina, ¿el borde inferior va enrasado con la tarima o le dejamos los dos centímetros de holgura por el desnivel del foso? —preguntó Lucas, con la sierra de calar apoyada sobre el muslo.
—Déjale dos centímetros exactos —respondí sin mirarlo del todo, comprobando con la cinta la anchura del panel lateral—. Pero no cortes hasta que revise la escuadra del travesaño.
—Vale, me espero.
A tres metros, dos voluntarias sostenían un lienzo imprimado sin atreverse a apoyarlo en la pared recién pintada.
—¿Dónde dejamos las telas del segundo cuadro? —preguntó una de ellas, cambiando el peso de un pie a otro.
—Esperad un segundo —dije, señalando el suelo con el lápiz—. Si las ponéis en el pasillo derecho bloquearéis la carretilla para los perfiles de hierro. Dejadme comprobar el orden de carga del camión antes de apilar nada.
—Marina —llamó Andrés desde el altillo, sosteniendo con ambos brazos una soga de cáñamo que pasaba por una polea de tiro—. Si no me dices cuánto descuelga este anclaje, no puedo tensar la cuerda ni pasar el nudo de seguridad.
—No tires todavía, Andrés. La tensión tiene que coincidir con el tiro de la vara dos en el teatro para que la tela no haga arrugas. Sujétala ahí hasta que mida la distancia con el plano.
Andrés se quedó inmóvil, con los brazos en tensión sobre la barandilla de hierro y la soga clavándose en los guantes de lona. Detrás de él, otros dos chicos esperaban con una caja de herrajes para asegurar el apoyo, varados a mitad de la escalera porque la cuerda atravesaba el tiro de paso.
Desplegué el plano sobre un bidón de imprimación.
El papel tenía tres esquinas dobladas y media docena de anotaciones a lápiz en los márgenes.
Intenté comparar la cota del bastidor con el esquema de carga del entablado mientras calculaba si el camión de las diez y media llegaría a tiempo para la primera tanda de paneles.
Una sombra se proyectó sobre el plano.
Clara se detuvo junto al bidón con la tablilla de producción apoyada en la cadera y un lápiz mordisqueado entre los labios.
Miró a Andrés, que seguía sosteniendo la soga con las venas del cuello marcadas; miró a Lucas, sentado en una caja de herramientas esperando la orden para serrar; y luego recorrió con la vista a las dos voluntarias que continuaban de pie con el lienzo en vilo.
—Tenemos un parte técnico formidable —dijo Clara, quitándose el lápiz de la boca con un movimiento seco—. Doce personas trabajando a destajo, seis proyectos en marcha y un rendimiento neto de cero metros por hora.
—Estamos afinando las medidas para no tener que rectificar en el escenario —respondí, pasando el dedo por la cota del foso—. Si cortamos mal ese bastidor, tropezará con la línea de la embocadura y perderemos media tarde ajustándolo con el formón delante de Gabriel.
—Lo que estamos haciendo es una procesión de semana santa —replicó Clara con voz neutra, señalando la nave con la punta de la tablilla—.
La junta del festival contrató a una directora artística, Marina.
No sabía que en la adenda venía incluida la plaza de jefa de taller, encargada de tornillería y guardiana de las cuerdas de cáñamo.
—Si no compruebo las cotas antes de que suban al camión...
—Si compruebas cada tornillo antes de que lo aprieten, el camión saldrá a las cuatro de la tarde y el ensayo de las seis lo haremos sentados en el suelo mirando las paredes desnudas —me interrumpió Clara sin alzar la voz, pero con una firmeza que no admitía rodeos—. Mira a tu alrededor.
Aparté la vista del plano.
Lucas no había encendido la sierra. Las chicas de la tela se miraban las manos manchadas de blanco con una resignación paciente.
Andrés continuaba aferrado a la soga, apretando los dientes, esperando un visto bueno que llevaba cuatro minutos atascado en mi libreta.
Nadie se movía, nadie improvisaba una solución y nadie tocaba una herramienta sin girar primero la cabeza para buscar mi aprobación.
—El problema del ensayo del otro día fue no tener claros los límites —me defendí, bajando la voz—. No podemos permitirnos otro desbarajuste en el teatro. Si dejamos cabos sueltos aquí, luego todo se traslada a la madera.
—Hay una diferencia de bulto entre fijar un criterio y ponerte a sujetar tú misma la regla —dijo Clara, dando un golpe suave con la tablilla sobre el borde del bidón—.
La autoridad artística es tuya: tú decides cómo debe verse la escena, qué volumen ocupa el decorado y cuál es el resultado final.
Pero la coordinación de la carga es mía, y la ejecución de este corte es de Lucas, que lleva haciendo muebles en el muelle desde antes de que tú y yo supiéramos qué era un proscenio.
—Solo quiero que encaje a la primera —dije, sintiendo una tirantez sorda en la nuca.
—Lo que estás consiguiendo es que la gente le tenga más miedo a equivocarse delante de ti que a retrasar el montaje —soltó Clara, mirándome a los ojos con esa lucidez directa que no dejaba espacio a las excusas—.
Mateo vio hace media hora que el soporte del ciclorama venía con una pletina rajada y no te ha dicho nada porque estabas midiendo los centímetros de la tela y temía interrumpirte.
Se han acostumbrado a callar y esperar la firma.
Sentí un golpe sordo en el estómago, áspero y frío como el serrín en suspensión que se me pegaba a la garganta.
Recordé las tres temporadas en la compañía itinerante, tragándome las advertencias sobre los tiros de cuerda defectuosos o las tarimas inestables porque el director consideraba cualquier observación ajena como una falta de disciplina.
Recordé el silencio tenso de los técnicos novatos, guardando las manos en los bolsillos mientras los errores crecían a la vista de todos porque nadie quería ser el responsable de una corrección no autorizada.
Había pasado semanas jurándome que en Puerto Escondido no repetiría ese esquema, que mi dirección protegería el trabajo del equipo.
Y en una sola mañana de polvo y prisas, el pánico a perder el control me había llevado a convertir la nave en una sala de espera donde nadie daba un paso sin mi permiso.
Volví la mirada hacia el altillo. Andrés seguía allí arriba, con la cuerda tensada al límite, incapaz de soltarla y sin espacio para avanzar.
—Andrés —llamé, enderezando la espalda y dejando el metro sobre el plano.
El chico levantó la cabeza, aliviado.
—¿Marina?
—Asegura esa cuerda con un nudo doble en la barandilla y baja —le indiqué con voz clara—. No necesitas que te mida la caída desde aquí. Confío en tu ojo para calcular la altura de paso.
Andrés parpadeó, sorprendido, y de inmediato dio dos vueltas rápidas a la soga alrededor del hierro, despejando el tramo de escalera. Los dos voluntarios que esperaban detrás subieron los peldaños de dos en dos con la caja de herrajes.
Me giré hacia Lucas.
—Corta esos dos centímetros de holgura. Si queda corto, le ponemos un calce en el teatro; si queda largo, lo cepillamos allí. Adelante.
El motor de la sierra rugió al instante, llenando el espacio con un zumbido vivo y un chorro de serrín fresco. Las voluntarias del lienzo, al ver el pasillo despejado, cruzaron hacia el fondo para colocar la tela sobre los caballetes auxiliares.
Clara me miró de reojo, con una leve curvatura en la comisura de los labios que borró parte de la severidad de su rostro.
—Menos mal —murmuró, anotando un trazo rápido en su tablilla—. Por un momento pensé que ibas a pedirme que te trajera un martillo para clavar las tachuelas tú misma.
—No me des ideas —respondí con una sonrisa seca, aunque la presión en el pecho no había desaparecido del todo.
Miré la cuerda fijada en la barandilla de hierro, sosteniendo el bastidor sin mi mano encima. El miedo al fallo seguía ahí, latente y pegajoso, pero ya resultaba imposible seguir llamando rigor a cada forma de control.
El chirrido de la sierra de calar se apagó con un silbido metálico y el trozo sobrante de listón cayó al suelo, levantando una nubecilla de serrín sobre las botas de Lucas.
El carpintero pasó la yema del pulgar por el canto cortado, comprobó el ángulo con la escuadra y asintió hacia mí sin esperar a que me acercara con el metro.
—Quedan los dos centímetros limpios —dijo, apoyando el bastidor en el caballete—. Si en el escenario cabecea, le meto una cuña de haya en dos minutos.
—Perfecto —respondí, frenando el impulso de comprobar la medida con la cinta métrica—. Déjalo listo para el primer viaje de la furgoneta.
Me volví hacia el bidón de imprimación donde reposaba mi libreta.
Clara seguía allí, con el lápiz entre los dientes y la tablilla en la mano, vigilando que los voluntarios circularan por el pasillo central sin tropezar con la cuerda de Andrés.
Por la puerta lateral de la nave entró Tomás con una carpeta desgastada bajo el brazo, seguido de Leo, que traía un par de garras de fijación al hombro y las manos manchadas de grafito tras revisar las acometidas con su padre.
—Reunión de cinco minutos antes de que empiece la carga —anuncié, dando dos golpes secos con los nudillos sobre la chapa del bidón.
Los cuatro nos colocamos en círculo alrededor del plano. El olor a pino recién cortado y pintura se mezclaba con la brisa salina que entraba por el portón abierto.
—Si queremos llegar al ensayo general sin matarnos en el intento, tenemos que ordenar cómo se decide cada paso —dije, mirando primero a Clara y luego a Tomás y a Leo—. No puedo seguir siendo el cuello de botella de cada tornillo, pero tampoco vamos a volver al desorden del primer pase.