Capítulo 6 #3
—Si seguimos trabajando así, con la luz sirviendo a lo que pasa en la madera y no al revés, yo me encargo de calmar a los veteranos de la asociación —dijo, bajando la voz con seriedad—.
Hay más de uno en el pueblo que teme que la renovación venga a barrer cuarenta años de festival.
Pero si el viernes en el ayuntamiento presentamos lo que acabamos de hacer aquí arriba, tendrán que morderse la lengua.
Eso sí: ni un invento raro de última hora sin avisar a los que pisan las tablas.
—Palabra —respondí.
Tomás me dio una palmada firme en el hombro, se despidió con un gesto hacia el patio de butacas y bajó los escalones hacia los camerinos tras el resto del grupo.
La puerta de doble hoja del vestíbulo se cerró tras ellos. Clara terminó de apuntar sus notas en la tablilla de producción, levantó la mano desde el pasillo lateral y salió por la puerta de carga para coordinar los turnos de transporte. Nos quedamos a solas.
Marina permanecía en el centro del escenario. Había dejado su cuaderno de dirección sobre una butaca de la primera fila y ahora recorría con la vista el entablado, donde todavía quedaban varias tiras de cinta adhesiva azul que ya no correspondían a ningún movimiento.
Me acerqué al proscenio y apagué la alimentación de los proyectores de sala. Solo quedó encendida la bombilla de trabajo, oscilando levemente en el telar y arrojando una claridad limpia sobre las tablas desgastadas.
—¿Lamentas haber borrado el barrido de la vara cuatro? —preguntó Marina sin volverse, con las manos apoyadas en las caderas.
Subí los tres peldaños del lateral y me detuve a un par de metros de ella.
—Habría lamentado más conservarlo después de ver a Andrés cruzar la escena a su propio ritmo —contesté—. Ese efecto era una demostración de lo que puede hacer la mesa, pero convertía su texto en una carrera contra el reloj. La penumbra fija le dio el peso que necesitaba.
Marina se giró hacia mí. Había perdido la rigidez en los hombros, esa tensión con que solía recibir cualquier propuesta técnica.
—Tampoco yo habría encontrado ese final en silueta sin tu planteamiento —admitió en voz baja—.
Mi instinto era bañar el escenario entero de luz blanca para que nadie se sintiera excluido, aunque eso aplastara la intimidad del momento.
El filo cobalto en el ciclorama le dio a la marcha del coro la distancia justa.
—Funciona porque la intención estaba clara antes de tocar un solo dimmer —dije.
Marina bajó la vista hacia el suelo, donde una cruz de cinta azul marcaba la antigua posición de Sofía, un metro demasiado a la izquierda. Se agachó, pero el extremo estaba pegado a la madera barnizada y la uña no alcanzaba a levantarlo.
Fui hasta el lateral de la embocadura, recogí la pequeña escalera de madera de tres peldaños y la coloqué junto a ella para alcanzar la marca superior que colgaba de la pata del telón. Apoyé ambas manos en los largueros para estabilizar la base mientras ella subía el primer escalón.
—Sujeta fuerte —pidió, estirando el brazo para despegar el trozo de cinta del bastidor.
—No me muevo —respondí.
El roce de su manga contra mi hombro al estirarse trajo un eco inmediato, una memoria física de docenas de tardes pasadas en ese mismo escenario ajustando telones y probando filtros cuando éramos adolescentes.
Pero la facilidad con la que nos movíamos ahora no dependía de la nostalgia ni de una inercia descuidada; nacía de límites explicados, de haber medido cada palabra y cada espacio sobre la madera.
Marina despegó la cinta con un tirón seco, la arrugó en la palma de la mano y bajó despacio de la escalera. Al pisar el entablado, quedó a menos de un palmo de mí. Su respiración se acompasó con el crujido suave de las tablas bajo nuestro peso.
Bajo la luz desnuda de la bombilla, su mirada sostuvo la mía con una calma expectante, limpia de reproches.
Sentí el impulso de hablar. De decirle que el festival no era solo una prueba artística para Estudio Lumbre, que Beatriz había condicionado el contrato de ampliación cultural por tres años a que esta codirección demostrara una solvencia impecable, y que de ese resultado dependía mi posibilidad real de quedarme en Puerto Escondido sin depender de encargos precarios.
Las palabras estuvieron a punto de salir, pesadas y urgentes en la garganta.
Vacilé. Miré su rostro sereno, la primera tregua verdadera construida tras días de fricción y desconfianza.
Contarle ahora la presión que me apretaba el pecho sonaría a trasladarle una carga ajena, o a condicionar el terreno profesional que con tanto esfuerzo acabábamos de equilibrar.
El final de una buena jornada, cuando por fin el elenco respiraba y el proyecto se sostenía, no era el momento adecuado para enturbiar el avance.
—Tengo que cerrar el cuadro de la acometida antes de que mi padre venga con el precinto —dije, apartando las manos de la escalera y dando un paso atrás.
Marina asintió y se guardó la bola de cinta adhesiva en el bolsillo de la chaqueta.
—Clara nos espera mañana a las ocho para el parte de vestuario —respondió, recogiendo su cuaderno de la butaca—. Buen trabajo hoy, Leo.
—Buen trabajo, Marina.
La vi caminar por el pasillo central hacia la salida, con paso firme y el cuaderno bajo el brazo. Cuando la puerta del vestíbulo se cerró a sus espaldas, me quedé solo bajo la lámpara de trabajo, mientras el progreso real de la jornada dejaba una sombra fría sobre lo que había preferido callar.