Bajo Las Luces de Valencia 17
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El resto del día transcurrió con tranquilidad. Regresaron a la residencia cargados de bolsas y sonrisas.

Ya en la habitación, Filipa y Ana colocaron con cuidado las primeras cosas que habían comprado para Aurora dentro del armario. Los diminutos pijamitas, los pequeños calcetines, el gorrito rosa... todo parecía tan delicado que daba miedo tocarlo.

Mientras tanto, Caio las observaba sentado en la cama de Filipa, completamente fascinado por aquella escena. Algo en su interior le decía que era exactamente allí donde quería estar.

Después cenaron en la cocina común de la residencia. A esas alturas, Caio ya estaba totalmente integrado. Conversaba con todo el mundo, especialmente con André y Cadu. Los tres pasaron buena parte de la noche hablando de fútbol, viajes y de las diferencias culturales entre Brazil y España.

Desde la distancia, Filipa los observaba sonriendo. Caio parecía pertenecer a aquel lugar. Como si siempre hubiera formado parte de él.

Más tarde, Ana regresó a su habitación y Filipa se dirigió al cuarto de Caio.

A la mañana siguiente, sábado, ambos despertaron con tranquilidad. Ninguno volvió a mencionar el tema del matrimonio. Era como si los dos supieran que aquella conversación aún no había terminado. Simplemente esperaba el momento adecuado para continuar.

Durante la tarde, Caio tuvo que resolver algunos asuntos de trabajo. Aunque estaba de vacaciones, todavía quedaban ciertas responsabilidades que podía gestionar a distancia.

Por su parte, Filipa se quedó con Ana organizando la ropa de la bebé y viendo vídeos sobre maternidad.

Al final de la tarde, ella y Caio salieron a pasear por los jardines de la residencia. A aquella hora, el lugar parecía aún más hermoso.

Los altos árboles proyectaban sombras suaves sobre los senderos, los bancos repartidos por el césped empezaban a quedarse vacíos y el cielo se teñía de tonos dorados y anaranjados que anunciaban el atardecer.

Caminaron uno al lado del otro durante varios minutos, disfrutando de la calma de aquel momento. El silencio entre ellos resultaba cómodo y familiar.

Hasta que Caio, después de respirar profundamente, decidió retomar la conversación que había quedado suspendida entre ambos.

—Entonces, Filipa...

Ella supo inmediatamente lo que venía.

—¿Has pensado en mi propuesta?

Filipa tomó aire despacio. Sabía que ya no podía seguir esquivando aquella conversación.

—Sí... mucho.

Se detuvo. Después levantó la vista y lo miró directamente a los ojos.

—Caio... te quiero muchísimo.

Durante un instante, el corazón de él se disparó. Pero ella continuó.

—Nadie me ha cuidado como tú. Me encanta estar contigo. Me gusta tu compañía. Me siento bien cuando estás cerca... — Hizo una pausa. — Pero te quiero como amigo.

Caio bajó la mirada.Entonces ella terminó:

—No puedo permitir que hagas un sacrificio así por mí.

Él dejó escapar un suspiro cansado. Aquella respuesta no le sorprendía.

—Ya te he dicho que no es ningún sacrificio, Filipa.

—Eso lo dices ahora. — Ella negó lentamente con la cabeza. —¿Y después si te enamoras de otra persona? — Respiró profundamente antes de continuar. —¿Y Aurora? Crecerá sin una verdadera figura paterna. — Se pasó una mano por el cabello. —Lo siento, Caio, pero son demasiadas cosas.

Y, en el fondo, odiaba admitirlo. Porque una parte de ella quería aceptar. Pero el miedo seguía siendo más fuerte.

Caio permaneció en silencio unos segundos. Entonces ella añadió:

—No voy a volver a Brazil.

Su voz sonó más firme esta vez.

—Mi tutor está esperando mi confirmación para incluirme en un programa de apoyo a mujeres embarazadas. Trabajan durante la gestación, reciben ayuda profesional...

Caio la interrumpió.

—No puedo aceptar eso, pequeña.

Ella frunció el ceño.

—¿Aceptar qué?

—Que te alejes de tu familia de esta manera. — La miró fijamente. —No es justo para tus padres.

Filipa cruzó los brazos, incómoda.

—Ellos ni siquiera saben que estoy embarazada, Caio. Así que no hay nada que aceptar ni rechazar.

Fue entonces cuando él comprendió que ya no podía seguir ocultándolo. Respiró profundamente. Se pasó una mano por el pelo, nervioso. Y lo soltó de una vez.

—Lo saben, Filipa.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Caio sostuvo su mirada.

—Se lo conté yo.

El mundo pareció detenerse.

Durante varios segundos, Filipa se limitó a mirarlo sin ser capaz de procesar aquellas palabras. Después dio un paso atrás. La respiración se le cortó y el corazón empezó a golpearle el pecho con violencia.

—No... — Se llevó una mano al vientre y la otra a la frente. —No puedo creerlo. — Lo miró con una mezcla de dolor y decepción. —No me harías algo así.

—Tranquila, pequeña...

—¡No me digas que me tranquilice!

Ahora caminaba de un lado a otro, incapaz de contener la indignación.

—¡Sabías que no quería que lo supieran! —La voz le salió rota, herida.—¡Confiaba en ti!

Caio intentó acercarse.

—Filipa, mírame...

—¿Alejarme? ¿Eres consciente de lo que has hecho?

Las lágrimas ya corrían por sus mejillas.

—¡Son mis decisiones! ¡Mi familia! ¡Mi vida!

Lo señaló con el dedo, profundamente decepcionada.

—Eres mi amigo, no mi dueño.

Aquellas palabras golpearon a Caio como un puñetazo, pero permaneció firme. Sujetó con delicadeza sus brazos, a pesar de que ella intentó apartarse.

—Para un momento y escúchame.

Por primera vez, su voz sonó firme. Autoritaria.

—Sí, se lo conté. — Tomó aire. — Y también les hablé de mi propuesta de matrimonio.

Los ojos de Filipa se abrieron todavía más. Y él continuó.

—Porque soy un hombre, Filipa. — Su mirada permaneció fija en la de ella.

—Y sé perfectamente lo que quiero. — Se acercó un poco más.

—Necesitaba preparar a tus padres. Fue un golpe para ellos, claro que sí…

Pero lo entendieron. — Entonces añadió: —Te quieren allí.

Quieren tenerte cerca. Quieren tener a Aurora cerca.

Filipa lo observaba como si estuviera delante de un desconocido.

—No tenías derecho, Caio.

Su voz sonó baja y dolorosa.

—No lo tenías.

Después añadió, herida:

—¿O pensaste que, como sabías que iba a rechazar tu propuesta, podías presionarme utilizando a mis padres?

Caio cerró los ojos un instante. Aquello le dolió profundamente.

—No me hagas esto, Filipa.

Su voz se quebró ligeramente.

—Eso es injusto.

—¡Injusto es que hayas pasado por encima de mi voluntad!

Y entonces, por primera vez desde que había llegado a Valencia, Caio perdió la paciencia.

—¡No descargues sobre mí tu frustración con Guto!

Filipa se quedó inmóvil. En silencio. La voz de él sonó dura.Dolida.

—No descargues sobre mí tu miedo, tu abandono y tu dolor.

Los ojos de Caio brillaban por las lágrimas.

—He sido la única persona que ha estado a tu lado todo este tiempo sin juzgarte.

Tragó saliva.

—Solo intenté hacer lo que creía mejor para ti.

Filipa no respondió. En el fondo, sabía que una parte de aquello era verdad. Caio continuó hablando, todavía emocionado.

—Que no quieras casarte conmigo... lo acepto. — Su voz volvió a suavizarse. —Pero que huyas de tus padres... eso no. —Dio un paso hacia ella. —Y no me digas que es tu vida. — Su mirada se volvió intensa. —Porque ellos te quieren, Filipa. Solo pensé en ti cuando hablé con ellos.

Y entonces, finalmente, dejó escapar aquello que llevaba demasiado tiempo guardándose.

—Te amo.

El corazón de ella se detuvo por un instante.

—¿Tan difícil es verlo?

Su voz sonó casi suplicante.

—¿Y todavía vas a fingir que tus sentimientos por mí no han cambiado?

Negó lentamente con la cabeza.

—Despierta, Filipa.

Su mirada permaneció clavada en la de ella.

—Ya no eres una niña ingenua.

Y fue entonces cuando algo cambió dentro de ella. Como una sacudida. Como una verdad intentando abrirse paso. Pero era demasiado para comprender, para sentir y para aceptar.

Así que simplemente lo miró, completamente perdida, y susurró:

—Necesito estar sola. — Su voz apenas fue audible. — Por favor.

Y se marchó.

Caio permaneció inmóvil, observándola alejarse. Se pasó ambas manos por el cabello, agotado emocionalmente. Después bajó la vista y murmuró para sí mismo:

—Está bien, pequeña... — Su mirada se perdió en la distancia. —Pero te amo.

≈

Filipa entró en la habitación sin mirar atrás. Cerró la puerta despacio, como si incluso el sonido pudiera hacerla desmoronarse aún más. Después caminó hasta la cama y se tumbó. El pecho oprimido, la cabeza confusa y el corazón herido. Se sentía traicionada. ¿Cómo ha podido hacerme esto? pensó.

Aquella pregunta no dejaba de resonar en su mente.

Había confiado en él. Confiado de verdad.

Y ahora todo parecía desordenarse dentro de ella.

El dolor por Guto, el abandono, el embarazo, el miedo.

El cariño de Caio y el amor silencioso que él le ofrecía.

Los sentimientos confusos que empezaban a crecer en su interior.

Todo volvió de golpe. Entonces Filipa empezó a llorar.

Mucho. Lloró por el dolor, por la nostalgia de la vida que había imaginado, por la sensación de estar perdida.

Y fue en ese instante cuando se dio cuenta de algo: sus padres apenas habían hablado con ella durante la semana. Los mensajes habían sido breves, las llamadas más cortas de lo habitual. Un silencio extraño. Ahora entendía el motivo. Ya lo sabían.

—¿Cómo ha podido…? —murmuró entre lágrimas.

Agotada emocionalmente, acabó quedándose dormida.

Al cabo de un tiempo, Ana entró en la habitación y le extrañó verla allí a aquella hora.

Se acercó despacio, mas justo en ese momento Filipa despertó.

Tenía los ojos hinchados y el rostro enrojecido de tanto llorar.

Al verla, el semblante de Ana se puso serio.

—¿Qué ha pasado, Filipa? —se sentó a su lado—. ¿Está todo bien con Aurora?

—Filipa abrió y cerró los ojos varias veces, intentando situarse.

—¿Qué hora es?

—Casi las siete de la tarde.

Filipa abrió los ojos con sorpresa.

—Madre mía… he dormido casi dos horas.

Ana la observaba con atención.

—¿Has estado aquí todo este tiempo?

Miró alrededor.

—¿Dónde está Caio?

Entonces Filipa se incorporó en la cama y respondió, dolida: