Bajo Las Luces de Valencia 17 #2
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17 #2

—Caio me ha decepcionado, Ana… como nunca habría imaginado.

En ese instante, Ana lo entendió. Así que era eso. Él lo había contado.

—¿Por qué dices eso? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta, y sabía que probablemente ella también acabaría pagándolo.

Filipa respiró profundo antes de responder. Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

—Les ha contado a mis padres lo del embarazo y también lo de la propuesta de matrimonio. —Hizo una pausa breve. —Ha pasado completamente por encima de mí.

Ana guardó silencio unos segundos antes de hablar con calma:

—Yo no creo que haya sido una traición.

Filipa la miró, sorprendida.

—Creo que ha sido cuidado.

La voz de Ana sonó firme.

—Y un respeto hacia ti mucho mayor del que imaginas.

Filipa notó algo en su tono y soltó una risa amarga.

—No me digas que tú lo sabías.

Ana suspiró.

—Lo sabía.

—Dios, Ana…

La decepción en Filipa creció aún más.

—¿Y no pensaste decírmelo?

—No.— Respondió con honestidad. —Porque esto tenía que salir de él.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Pero cuando me lo contó, me preocupé por tu reacción.

Filipa cruzó los brazos.

—¿Mi reacción?

—Sí.

Ana sostuvo su mirada.

—Porque sabía que ibas a estallar.

—¿Estallar?

Filipa elevó la voz al instante.

—No me digas que estás de acuerdo con esto.

Ana respiró hondo.

—De acuerdo quizá no es la palabra. Pero lo que sé es que ese hombre te quiere.

Filipa desvió la mirada, y Ana continuó:

—Y quiere lo mejor para ti. A diferencia de Guto.

Aquello golpeó a Filipa de lleno. Pero Ana no se detuvo, porque sabía que debía ser sincera.

—Hay un hombre increíble, leal, inteligente y completamente enamorado de ti… que ha dejado su vida en Brazil para cruzar un océano y estar contigo.

Filipa sintió los ojos arder de nuevo.

—Mientras muchos habrían huido de esta situación…

Ana señaló discretamente su vientre.

—Él se quedó. Podría estar en Brazil viviendo su vida, conociendo a otra persona, construyendo su futuro. Pero ¿dónde ha elegido estar?

Filipa bajó la cabeza lentamente.

—Aquí.

Ana respiró profundo y asintió.

—Al lado de una mujer embarazada de otro hombre. Un hombre que, por cierto, fue lo bastante cobarde como para abandonarlas.

Filipa empezó a llorar. Las palabras de Ana atravesaban todas las defensas que había levantado dentro de sí. Ana continuó, ahora más emocionada:

—Y aun así ha venido. Te ha pedido matrimonio. Quiere asumir a tu hija.

Su voz tembló ligeramente.

—Y aún ha tenido la valentía de mirar a tus padres a los ojos y prometer que nunca te abandonará a ti ni a Aurora.

Filipa se cubrió el rostro con las manos. Sentía vergüenza. Vergüenza de su reacción. Pero Ana aún no había terminado.

—¿Y qué haces tú con todo eso? — Su voz volvió a endurecerse. —Transformas amor en traición.

Filipa cerró los ojos con fuerza. Dolía demasiado.

—Perdóname, amiga… —Ana le tomó la mano— pero ahora la injusta eres tú.

La habitación quedó en silencio unos segundos. Entonces Ana habló de nuevo, más suave:

—Siempre has sido justa. Siempre has intentado comprender a todos. Pero cuando alguien por fin te ama como mereces… sales huyendo.

Filipa lloraba cada vez más.

—¿No quieres casarte con él? Está bien. No te cases. Pero entonces asume tus decisiones. Mira la vida de frente. Tus padres te quieren incondicionalmente. —Su mirada se suavizó. —Y estás intentando quitarles el derecho de quererte a ti y a Aurora.

Filipa no dijo nada. Porque sabía que era verdad.

Ana se levantó, fue al armario a coger ropa para la ducha y, antes de salir, añadió con más suavidad:

—Piénsalo, amiga. Estoy segura de que Caio hoy te ha abierto el corazón.

Filipa ya se sentía fatal. Injusta, infantil, ingrata. Ana se acercó de nuevo, le besó la frente con cariño y salió al baño.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Filipa se dejó caer de nuevo en la cama, con la mirada fija en el techo.

Pensaba en todo: en las palabras de Ana, en las de Caio e incluso en el amor de sus padres.

Pensaba no sólo en la culpa, sino también en el miedo.

Y fue allí… envuelta en aquel vacío… donde finalmente tomó una decisión.

≈

Caio se fue a su habitación profundamente afectado.

Las palabras de Filipa aún resonaban em su cabeza; sabía que aquella conversación no sería fácil, que ella se enfadaría e incluso que se sentiría herida.

Pero jamás imaginó que pudiera ser tan dura precisamente con él…

Con él, que llevaba meses moviendo cielo y tierra por ella.

Todo lo que he hecho ha sido por su bien… ¿cómo no es capaz de verlo?

Entró en la habitación emocionalmente exhausto. Se pasó las manos por el cabello, intentando controlar la frustración. Después cogió una copa y abrió una botella de vino. Necesitaba calmar la mente.

Puso una lista de reproducción en el ordenador y dejó que la música llenara suavemente la habitación.

Intentó volver al trabajo, pero sus pensamientos regresaban una y otra vez a Filipa.

Y, como si el universo decidiera provocarle aún más, empezaron a sonar precisamente las canciones favoritas de ella —Sade y Morcheeba.

Caio soltó una risa breve, sin humor. Perfecto… ahora sí que no voy a poder trabajar.

Se sentó frente al ordenador intentando concentrarse.

Pero era inútil. Cada vez que intentaba leer algún documento, la discusión volvía a su mente como una película que se repetía sin fin.

La mirada herida de ella, las acusaciones, la forma en que se apartó.

Aquello le dolía más de lo que quería admitir.

Porque nunca quiso controlarla. Solo protegerla.

Después de un rato mirando la pantalla sin avanzar, recordó que Alonso y Rebeca estaban esperando noticias. Miró la hora. Aún era temprano en Brazil. Respiró profundo y llamó. Alonso respondió al segundo tono.

—Hola, Caio. ¿Cómo estás, hijo?

—Buenas tardes, señor Alonso.

La voz de Caio sonó cansada. Al otro lado, Alonso lo notó de inmediato.

—¿Alguna noticia de Filipa?

Hubo una breve pausa tensa antes de la siguiente pregunta:

—¿Ya sabe lo de nuestra conversación?

Caio soltó un pequeño suspiro.

—Sí… ya lo sabe. Y, como era de esperar, no lo ha tomado bien. Su hija es muy difícil de llevar.

Alonso soltó una risa baja.

—Ah… eso sí que lo es. — Y añadió: —Y muy cabezota también.

Guardó silencio un instante antes de preguntar:

—¿Le has dicho que queremos que ella y la bebé estén cerca de nosotros?

—Les he contado todo desde el principio.

La mirada de Caio se perdió en la habitación silenciosa.

—Después de la discusión se fue a su cuarto y no he vuelto a saber de ella.

Alonso suspiró al otro lado de la línea.

—Por lo menos ahora podremos hablar con ella sin rodeos. Ya no soportaba seguir fingiendo que no sabíamos nada.

Caio cerró los ojos un instante.

—Ojalá ustedes tengan más suerte que yo. — Sonrió sin alegría. —Porque, sinceramente… creo que no va a querer verme en mucho tiempo.

—Tranquilo, Caio.

La voz de Alonso sonó firme y serena.

—Yo conozco a mi hija.

Y añadió:

—Cuando se le pase la rabia, va a pensar con calma. Va a entenderlo todo.

Caio guardó silencio unos segundos antes de responder:

—Eso espero. Porque, independientemente de que quiera casarse conmigo o no… yo solo quiero que esté cerca.

Al otro lado de la llamada, Alonso se emocionó.

—Tus palabras me tranquilizan, hijo. Eres un buen hombre.

Luego la rabia volvió a su voz al recordar a Guto:

—Muy distinto a ese sinvergüenza que dejó a mi hija embarazada y desapareció.

La respiración se le tensó.

—Y pensar que lo metí en mi casa…

—No merece la pena alterarse, señor Alonso —intentó calmarlo Caio.

Alonso respiró profundo.

—Bueno… voy a llamar ahora a mi hija. — Intentó bromear: —Deséame suerte.

Incluso triste, Caio sonrió.

—La va a necesitar. Y, pase lo que pase… estoy aquí.

Se despidieron.

Cuando la llamada terminó, Caio se quedó unos segundos mirando el móvil en silencio. Luego bebió un sorbo de vino. Y, por primera vez desde que había llegado a Valencia, sintió un miedo real instalándose dentro de él: el miedo de perderla de verdad.

≈

Filipa había salido de la ducha y terminaba de arreglarse en su habitación cuando el teléfono empezó a sonar. Su corazón dio un vuelco. Por un instante, pensó que sería Caio. Pero al mirar la pantalla, todo su cuerpo se estremeció.

Papá.

Sintió un frío atravesándole el pecho. No sabía qué decir.

No sabía cómo enfrentarlos después de todo.

Durante unos segundos se quedó mirando el teléfono sonar, paralizada por el miedo, pero sabía que no podía evitar aquella conversación para siempre.

Respiró profundo, intentó controlar la emoción y contestó.

—Hola, papá… ¿todo bien?

Al otro lado de la línea, Alonso respondió con la voz cargada de emoción:

—Hija… qué alegría escuchar tu voz. Cuánta falta me hace mi niña…

Aquello desarmó por completo a Filipa. Ante el cariño de su padre, todo el peso que llevaba encima se derrumbó de golpe. Empezó a llorar sin poder controlarse.

—Eh, eh… no llores, hija —dijo Alonso enseguida—. Estamos aquí.

Entre sollozos, Filipa consiguió hablar:

—Ay, papá… perdóname… no quería decepcionarlos… no quería hacerlos sufrir por mi culpa…

Al otro lado, Rebeca escuchaba todo en altavoz, también emocionada. Entonces su voz apareció suave:

—Hija… soy mamá.

Filipa cerró los ojos al oírla.

—Te queremos muchísimo. Nunca podrías decepcionarnos.

La voz de Rebeca se quebró ligeramente.

—Solo nos dolió enterarnos de todo por otra persona… incluso siendo Caio.

Luego, intentando aliviar la tensión, añadió:

—Y, por cierto… qué chico tan honorable. Educado, decidido… un hombre de verdad.

La irritación apareció de inmediato al recordar a Guto:

—No como ese…

Pero Alonso la interrumpió antes de que siguiera.

—Tu madre tiene razón, hija.

Su voz sonó firme y cálida al mismo tiempo.

—¿De dónde sacas que podríamos juzgarte?

Hizo una breve pausa.

—Tú nunca nos has decepcionado.

Filipa lloraba en silencio mientras lo escuchaba.

—Lo sé, papá… pero fue todo tan inesperado… no quería que sufrieran…