Bajo Las Luces de Valencia 16 #3
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Cinco minutos después, la enfermera regresó a la sala de espera. Les sonrió con amabilidad antes de anunciar:

—Ya pueden pasar. Vengan conmigo.

Ana se puso en pie, pero dudó un instante.

—Os dejo solos.

Inmediatamente, Caio negó con la cabeza.

—Ni hablar. Entramos los dos. Ella querrá tenerte cerca.

Ana sonrió y ambos siguieron a la enfermera por el pasillo.

Al entrar en la consulta, encontraron a Filipa ya instalada en la camilla. Una sábana cubría parte de sus piernas y quedaba justo por debajo de su ya redondeado vientre.

El médico extendía el gel sobre su piel mientras ajustaba el ecógrafo.

En cuanto los vio entrar, Filipa sonrió de inmediato al encontrarse con la mirada de Caio. Los dos se acercaron a la camilla.

Ana sostuvo con delicadeza una de sus manos, mientras Caio permanecía al otro lado, incapaz de ocultar la emoción y la expectación que reflejaba su rostro. Después de saludarlos, el médico sonrió.

—Veamos cómo está esta pequeña criatura y si hoy decide dejar la timidez a un lado.

Y le guiñó un ojo a Filipa. Ella soltó una risa nerviosa.

El médico empezó a deslizar el transductor sobre su vientre, mientras todos observaban atentamente la pantalla. Durante unos segundos, solo se escuchó el suave zumbido del aparato.

Hasta que, de pronto... Tum... tum... tum... tum... Los latidos llenaron la estancia. Fuertes, rápidos e perfectos.

En ese mismo instante, los ojos de Caio se llenaron de lágrimas. Se quedó sin aire durante un segundo. Escuchar aquel corazón hacía que todo fuese increíblemente real.

Filipa percibió su emoción. Giró ligeramente la cabeza hacia él y susurró con una sonrisa emocionada:

—Es el sonido más bonito del mundo, ¿verdad?

Caio asintió sin ser capaz de pronunciar una sola palabra. Solo apretó suavemente la mano de ella.Y en aquel instante comprendió que ya amaba a aquel bebé como si fuera suyo.

Durante los siguientes minutos permanecieron completamente fascinados mientras el médico les explicaba cada detalle de la exploración.

Les enseñó las manitas, los piececitos y el pequeño rostro que todavía se escondía parcialmente.

Todo marchaba perfectamente. El embarazo evolucionaba con normalidad y el bebé crecía sano y fuerte.

El médico sonrió mientras revisaba las imágenes en la pantalla.

—Todo está en orden con el bebé —aseguró.

Filipa acarició su vientre, todavía emocionada. Fue entonces cuando el médico abrió ligeramente los ojos al observar la pantalla.

—Por fin ha decidido dejar la timidez a un lado y enseñárselo todo a su mamá.

Filipa se incorporó un poco sobre la camilla.

—¿De verdad?

El médico sonrió.

—¿Preparados para descubrir el sexo del bebé?

Al instante, los tres se tensaron. El corazón de Filipa parecía dispuesto a escaparse de su pecho.

Caio cruzó los brazos intentando aparentar calma, aunque Ana percibió perfectamente su nerviosismo.

—¿Ya han hecho sus apuestas? —preguntó el médico divertido.

—Claro —respondió Ana enseguida—. Él y yo creemos que es niño.

—Y yo estoy convencida de que es niña —replicó Filipa.

El médico soltó una carcajada.

—¿Y ya tienen nombres?

Filipa sonrió con ternura.

—Aurora... y Felipe Henrique.

—Son preciosos.

El médico volvió a fijarse en la pantalla durante unos segundos. Y finalmente anunció:

—Pues ya pueden empezar a preparar todo... porque Aurora viene de camino.

Durante un instante, el mundo pareció detenerse. Entonces Filipa soltó una carcajada entre lágrimas.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que era una niña!

Se llevó las manos al vientre mientras reía y lloraba al mismo tiempo.

—Ay, Aurora... mamá te quiere tanto...

Ana también tenía los ojos brillantes al contemplar la felicidad de su amiga. Pero quien más sorprendió a todos fue Caio. Simplemente no podía contener la emoción.

Con los ojos llenos de luz, alternaba la mirada entre la pantalla y Filipa, como si quisiera grabar aquel instante para siempre. Y entonces, completamente rendido, miró hacia el vientre de ella y dijo:

—Señorita Aurora... escúchame bien.

Filipa soltó una risa entre lágrimas. Y él continuó:

—Vas a ser tan bonita como tu madre.

Acarició con delicadeza la mano de Filipa antes de añadir:

—Pero ya te aviso de que voy a estar aquí para mantenerte a raya.

Miró a Filipa con una sonrisa divertida.

—Porque si sales a tu madre... Dios nos ayude. Nos vas a dar mucho trabajo.

Toda la consulta estalló en carcajadas, incluido el médico. Y Filipa, mientras observaba a Caio en aquel instante... Sintió que algo dentro de ella acababa de cambiar para siempre.

≈

Después de la consulta, ya con las imágenes de la ecografía y la confirmación de que Aurora venía de camino, los tres decidieron salir a celebrarlo.

Dejaron el coche aparcado cerca del centro y continuaron a pie por las calles de Valencia. Filipa necesitaba aquello. Necesitaba respirar, sentir el frío suave de aquella mañana de invierno sobre la piel. Sentir que, a pesar de todo, era feliz.

Mientras caminaban, pasaron frente a una tienda de artículos para bebés. Enseguida, Caio miró a Ana y ella lo entendió al instante. Intercambiaron una sonrisa cómplice.

Entonces Caio tomó la mano de Filipa y tiró suavemente de ella hacia el interior de la tienda.

—Ni hablar. No vamos a pasar de largo sin entrar —dijo divertido.

Filipa soltó una carcajada.

—Son imposibles.

La tienda era encantadora. Todo parecía diminuto, delicado y lleno de color. Filipa se quedó inmóvil durante unos segundos, observando aquellas prendas minúsculas e imaginando a su hija vestida con cada una de ellas. Sintió que el corazón apenas le cabía en el pecho.

Mientras ella y Ana recorrían la tienda observando cada detalle, Caio desapareció misteriosamente entre las estanterías. Las dos empezaron a elegir algunas cosas básicas. Un pelele para recién nacida, unos calcetines diminutos, varios pijamitas, un gorrito rosa y algunas muselinas suaves.

Fue entonces cuando Filipa se dio cuenta de algo. Todavía no tenía absolutamente nada para su hija. Y aquello la conmovió profundamente. Dinero no le faltaba. La indemnización de su antiguo trabajo y gran parte de los ahorros que había reunido antes del intercambio seguían intactos.

Además, sus padres continuaban enviándole dinero todos los meses, aunque ya no lo necesitara. Pero hasta entonces... No se había permitido vivir plenamente aquel embarazo.

Fue mientras elegía aquellas primeras prendas cuando comprendió que aquella nueva vida ya formaba parte de ella. Que Aurora ya ocupaba un lugar inmenso en su corazón.

Cuando ella y Ana se acercaban a la caja, Caio reapareció.

Filipa abrió los ojos de par en par. Él avanzaba cargando un enorme conjunto de ropa de cuna: un edredón, dos juegos de sábanas, una manta y una almohada.

Todo en tonos rosa empolvado, decorado con delicados dibujos de animalitos.

Y como si aquello no fuera suficiente, llevaba además un gigantesco oso de peluche entre los brazos.

—¡Caio, Dios mío! —exclamó Filipa, completamente sorprendida—. ¡Es muchísimo!

Él la miró como si aquello fuera lo más normal del mundo.

—Claro que no. —Se encogió de hombros con total tranquilidad. —Eso no es ni el principio.

Ana soltó una carcajada al escuchar la naturalidad con la que lo decía.

Aprovechando la distracción, recogió discretamente las cosas que Filipa había elegido, junto con algunas prendas más que había añadido sin que ella se diera cuenta, y se dirigió a la caja para pagarlo todo antes de que su amiga pudiera reaccionar.

Cuando Filipa lo descubrió, abrió los ojos de nuevo.

—¡Ana! Por favor, no...

—Claro que sí. —Ana le sonrió con emoción. —Mi ahijada se lo merece.

Filipa se quedó sin palabras. Emocionada y conmovida. Abrumada por tanto cariño.

Al salir de la tienda, cargados de bolsas, se detuvo unos segundos para contemplarlos a los dos. Tenía los ojos brillantes.

—Ustedes son los mejores amigos que alguien podría desear. —La voz le salió cargada de emoción. —Gracias por todo el cariño... por estar conmigo... y por los regalos.

Ana respondió de inmediato:

—No tienes nada que agradecer, amiga. —Después señaló las bolsas con una sonrisa divertida. —Y, además, nada de esto es para ti. —Su sonrisa se ensanchó. —Todo es para Aurora.

—Exactamente —añadió Caio al instante—. Nuestra niña se merece el mundo entero.

Filipa sintió que el corazón le daba un vuelco.

"Nuestra niña". Caio siempre lo decía com absoluta naturalidad, con un cariño genuino y un amor sincero.

Era como si aquella pequeña vida también le perteneciera un poco, reflejado en cada mirada o en sus constantes cuidados.

A ella le resultava cada vez más difícil ignorar el impacto de sus gestos; la emocionaban profundamente y, sobre todo, la hacían sentirse querida.

Los tres continuaron caminando hasta una pequeña cafetería de aire europeo situada en la esquina siguiente. Y mientras cruzaban aquellas calles bañadas por la luz suave de la mañana, Filipa sintió que, quizá... la vida todavía podía ser hermosa otra vez.