Bajo la Tutela de mi Tío CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

DANTE MORETTI

Me aseguro de que nadie pueda entrar en mi despacho. Miro a Clarisse tumbada en la camilla, tan pasiva y necesitada, que debo controlar las ganas de tomar a la chica.

Con pasos controlados, me detengo a los pies de la camilla; sus manos pequeñas aprietan la falda y me embriago con la braguita toda manchada de deseo.

Sus ojitos curiosos recorren mi cuerpo y se muerde los labios con fuerza. Clarisse es una mezcla de miedo y deseo, forzando la racionalidad donde solo existe el placer crudo y prohibido.

—Pareces febril, niña mía —digo con calma.

Subo las manos por sus piernas suaves y hundo mis dedos en sus muslos gruesos; rozo de nuevo su ingle y me aseguro de que su montículo necesitado no sea olvidado.

—Tío... —Empuja el cuerpo hacia delante, pero aquí, quien controla todo soy yo.

—Ya sé qué es lo que te está consumiendo, cielo.

Sujeto el elástico por ambos lados de la braguita y la voy bajando lentamente por sus piernas. La chica está tan empapada que un hilo de deseo se estira junto a la prenda vieja.

En cuanto paso por sus pies, noto que Clarisse me está mirando y sonrío antes de llevarme la braguita mojada al rostro.

El olor de su sexo inocente es delicioso y no me contengo. Con la punta de la lengua tomo un poco del fluido, sintiendo la acidez en mi boca.

—Como me imaginaba —susurro.

—¿Qué es lo que tengo, tito? —pregunta ella, pero sus ojos no ocultan que sabe la respuesta.

—Es una condición muy severa. —Agarro las caderas de la chica y la atraigo hacia mí.

Su trasero está casi en el borde y apoyo sus talones en la punta, manteniendo sus piernas abiertas para mí.

Su sexo está cubierto por una fina capa de vello oscuro; los labios carnosos no me permiten ver el clítoris o el canal estrecho.

—Te han dejado sola demasiado tiempo, cielo —susurro, inclinándome lentamente—. Y como tu tutor, voy a garantizar que estés siempre llena y satisfecha.

—Duele —rezonga ella.

—¿Aquí? —Bajo mi pulgar, abriendo los pliegues que tanto deseo.

—Sí... ahhhh —su gemido es delicioso.

—Entonces, sé una buena niña y mantén las piernas abiertas, ¿entiendes?

—¿Así? —La jovencita abre un poco más los muslos y el aroma de su sexo cremoso me alcanza.

—Sí, niña mía, exactamente así.

Abro los labios vaginales; su centro surge, duro y rojizo, llamando a mi boca, implorando ser succionado.

—Voy a examinarte, Clarisse; el tito va a terminar con tu dolor.

—Sí, tito... por favor...

Oír a la ninfeta implorar es música para mis oídos. Hundo mi rostro entre sus piernas y aspiro con fuerza, grabando en mi mente el olor de la intimidad que debería estarme prohibida.

Frito mi nariz en su vello púbico y ella se contuerce, tan ansiosa y necesitada que no contengo la sonrisa en mis labios.

Emboco su clítoris y el gemido sale ahogado de la boca de mi sobrina. Succiono su centro antes de lamer cada centímetro de la carne suave.

Tomo cada gota del placer que emana de ella, escuchando sus gemidos, y deslizo mi dedo en su agujerito estrecho.

Ella aprieta la punta de mi dedo y casi me vengo en el pantalón solo de imaginar cómo será su agarre cuando me hunda completamente en ella.

Deshago el cierre de mi ropa y saco mi miembro. Mi mano sube y baja por la masa larga y gruesa mientras mi muchachita delira en mi boca.

Ella no lo sabe, pero no existe la posibilidad de dejar que esta mujer escape de mi control. ¡Ahora, Clarisse es mía!