CAPÍTULO 2
CLARISSE
—Tu tío es un hombre muy ocupado —informa la trabajadora social—. Demuéstrale lo inteligente y sagaz que eres.
—No lo entiendo. —Suelto un suspiro largo y cansado—. Ya tengo dieciocho años. ¿Por qué tengo que quedarme con él?
—Te pasaste la vida en un internado, Clarisse. Para que tengas acceso a tu herencia, el juez quiere tener la certeza de que eres apta para gestionar tus fondos.
—¿Dijo cuánto tiempo? —pregunto, frustrada por esta situación.
—Inicialmente, tu tío será tu tutor hasta que cumplas veintiún años.
—Pero…
—Tienes que demostrarle que puedes valerte por ti misma, ¿entiendes? —Asiento simplemente—. De lo contrario, puede hacer como tu padre.
Miro por la ventana del vehículo. El paisaje sombrío, cubierto por una niebla densa, combina con mi estado de ánimo.
Mis padres me dejaron en el internado cuando tenía ocho años, con la promesa de que volverían en vacaciones. Durante años, los esperé, hasta comprender que solo era un estorbo en sus vidas.
Tiro de la falda corta, intentando parecer un poco presentable para mi tío, pero las prendas viejas casi no cubren ya mis curvas.
Los pagos de las mensualidades y los costes de alimentación se hacían, pero desde que cumplí quince años, los fondos para ropa, necesidades personales y cualquier valor extra dejaron de llegar.
La camisa del uniforme me aprieta demasiado en los pechos. Intenté dejar algunos botones abiertos, pero el escote quedó demasiado llamativo.
Intento mantener la calma. El tío Dante necesita creer que puedo apañármelas sola, y mis manos temblorosas, solo por estar fuera del colegio, no ayudan en nada.
En cuanto el conductor estaciona frente a un castillo antiguo, mi boca se abre ante la visión. Un escalofrío extraño me recorre la espalda y siento un nudo en el estómago.
—¡Clarisse, vamos! —La trabajadora social extiende la mano hacia mí.
Durante toda mi vida, viví encarcelada en un colegio solo para chicas; el único hombre con el que conviví fue mi padre, y aun así, yo solo era una niña.
Quiero pedir volver al colegio, allí sé cómo comportarme y cómo hablar, pero no hay salida. Necesito enfrentar mi nueva vida.
En cuanto bajo del coche, siento algo denso, como si alguien me estuviera mirando. Observo la gran construcción y no consigo descubrir de dónde viene esa sensación.
De pronto, un hombre aparece en el lateral del castillo. Viste un traje oscuro, gafas redondas y tiene el semblante serio.
—El doctor Moretti pidió que las acompañase.
Simplemente se da la vuelta y regresa por el camino por el que vino. Me extraña que no vayamos por las puertas principales, pero no cuestiono nada, solo los sigo hasta una entrada lateral.
La humedad del lugar parece filtrarse en mis huesos. Las paredes de piedra y el pasillo estrecho parecen susurrar secretos oscuros.
Las escaleras quedan atrás y, en cuanto cruzo el umbral de la puerta, mis ojos caen sobre él.
Dante Moretti es tan alto como mi padre, pero la figura delgada y sonriente que recuerdo de mi infancia es el polo opuesto del hombre parado tras la mesa.
Hombros anchos y pecho fuerte, apenas contenidos en la camisa negra, mandíbula cuadrada, cabello canoso y bien peinado. Los ojos son tan oscuros que provocan un revuelo en mi vientre.
La atención de la primera tentación de mi vida adulta está enfocada en la puerta, como si esperase a alguien más. Lo llamo y, cuando el tío Dante finalmente me mira, el miedo recorre mi cuerpo.
Él no es un tutor cualquiera.
Dante Moretti es la personificación de mis sueños húmedos.