Bajo la Tutela de mi Tío CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

DANTE MORETTI

Desvío mi atención hacia la trabajadora social. Esta desgraciada me hizo creer que tendría que cuidar de una niña y no de una ninfeta excitante.

—Doctor Moretti… —No dejo que continúe.

—Por la información que usted me pasó, yo sería el tutor de una niña. —Miro a Clarisse, sin ocultar mi escarnio—. Me parece bastante crecidita.

—Clarisse fue dejada en el internado para chicas a los ocho años y no tiene ninguna experiencia de vida fuera de él —explica ella.

Miro a la chica, que aprieta las manos frente al cuerpo. El movimiento hace que los pechos parezcan aún mayores. Muerdo el interior de mi boca.

—El juez determinó que usted fuera su tutor hasta los veintiún años. Pero, con las enseñanzas correctas y una buena tutela, estoy segura de que en un año estará lista para lidiar con las cuestiones fiscales de la herencia.

—¿Cuántos años tienes? —pregunto a la chica, que ni siquiera es capaz de mirarme a los ojos.

—Dieciocho, tío Dante. —Su voz es suave y puedo notar el pequeño temblor en sus palabras.

Quiero gritar. Mandar a las dos a paseo. Saber que fantaseé con mi sobrina, treinta años más joven que yo, me hace cuestionar lo sucio que soy por desear poner a Clarisse en mi regazo.

—La chica es inteligente, doctor Moretti. Solo necesita una oportunidad —insiste la trabajadora social.

—Tengo que trabajar. —Indico la puerta a la mujer—. Tiene mi contacto.

Ella se gira hacia Clarisse y envuelve a mi sobrina en un abrazo firme. Mis ojos van directamente al trasero redondo de la chica, del tamaño justo para recibir unos azotes.

En cuanto la mujer mayor sale, mi secretario cierra la puerta y el silencio se apodera del despacho.

Clarisse no se mueve. Sigue parada en medio de la sala, balanceando el cuerpo levemente y apretando sus pechos generosos con el movimiento de los brazos.

Su respiración se vuelve cada vez más pesada. Cuando baja la cabeza, el cabello largo se desliza sobre el cuerpo provocativo de mi sobrina, cubriéndole parcialmente el rostro.

Son los pequeños temblores en sus hombros los que denuncian el llanto contenido.

No me contengo. Doy la vuelta a la mesa y sujeto la barbilla delicada de la chica, obligándola a mirarme.

Los dientes aprisionan la carne del labio inferior; los ojos, claros como los de su madre, están llenos de lágrimas, pero lo que más me cautiva son sus mejillas encendidas en contraste con su piel pálida.

—¿Por qué lloras? —pregunto.

—No quiero ser una carga para usted, tío Dante. —Jadea y un sollozo escapa de su garganta—. Mis padres, ellos...

—Ellos eran unos idiotas, niña —afirmo con convicción—. Los dos eran egoístas e inmaduros.

—Prometo que seré una buena niña.

Me abraza; sus pechos generosos presionados contra mi abdomen dejan clara nuestra diferencia de altura. Clarisse hunde el rostro en mi camisa y toma aire con fuerza, como si eso fuera capaz de calmar su mente.

Sujeto la cabeza de la chica con mi mano izquierda y hundo mis dedos en su cabello sedoso. La otra baja hacia su espalda, mi palma abierta, la punta de mi dedo rozando la cinturilla de la falda corta. Es mi turno de jadear.

—Aquí estoy, cielo. —Hundo mis dedos en su espalda, atrayéndola aún más contra mí—. El tito va a cuidar de ti.

Clarisse aparta el rostro y me mira. Los ojos están llenos de esperanza y una sonrisa tímida asoma a su cara.

—¿No está enfadado? —pregunta, sin soltar los brazos alrededor de mi cuerpo.

—Es imposible enfadarse con una jovencita tan guapa —rebato.

Vuelve a presionar el rostro contra mi pecho. Al lado, los grabados de la pared parecen observarme. Freud a la izquierda y La Pesadilla a la derecha.

El primero describió los placeres prohibidos y oscuros nacidos dentro de la familia. El segundo representa perfectamente a Clarisse, vulnerable con una criatura sombría cerniéndose sobre ella.

Y es en este momento cuando una sonrisa asoma a mis labios, con la confirmación de lo que voy a hacer a continuación.