Capítulo 101
DINERO MANCHADO DE SANGRE
M ás tarde aquel día, en algún momento de la tarde —no sabía cuándo; su reloj biológico interno estaba completamente descompensado—, Jake condujo hasta casa en silencio, preparándose para lo que se le venía encima.
Decir que le estaba dando demasiadas vueltas a las cosas era quedarse corto.
Se preguntaba qué diría Elizabeth cuando regresara.
Cuánto le habría contado Liam. Cuánto se habría creído ella.
Cuánto habría discutido y protestado, asegurando que Jake no era capaz de tener una aventura ni de hacer ninguna de las cosas de las que Liam lo había acusado.
Apagó el motor, cogió su bolsa y caminó hacia la puerta principal. Al entrar, lo recibió el silencio. Se sentía como un extraño en su propia casa, como si estuviera entrando a robar para saquear el lugar.
—¿Hola? —llamó, mientras las paredes absorbían su voz—. ¿Liz? ¿Maisie? ¿Ellie?
Nada.
—¿Hay alguien?
Avanzó despacio por el pasillo, asomó la cabeza en el salón a su izquierda, vio que no había nadie y continuó hasta la cocina, al fondo. La cocina estaba limpia, pero no había rastro de ninguna nota ni nada parecido.
En ese instante, Jake se temió lo peor.
Liam. Aquel hombre había puesto un pie en su casa. Le había enseñado a Elizabeth todas esas fotos. Pero ¿y si había enviado a Georgiy poco después? ¿Y si habían secuestrado a Elizabeth y a las niñas? O peor aún, ¿y si las habían matado y las habían dejado en alguna parte?
Presa del pánico por su propia imaginación, intentó llamar al móvil de su mujer. Sonó y sonó. Una y otra vez.
Cortó la llamada antes de que saltara el buzón de voz e intentó de nuevo.
Seguía sin respuesta.
Jake caminó en círculos alrededor de la isla central, apretando el puño con rabia y miedo. Era posible que simplemente no hubiera oído el teléfono, pero no se lo creía. Y si no se la habían llevado, solo quedaba otra opción.
Se acercó a la nevera, cogió la agenda de Elizabeth del montón de papeles que había al lado y buscó el número fijo de su suegra.
Martha y Alan Clarke se empeñaban en mantener su privacidad y en asegurarse de que no existiera ninguna copia digital de su número de teléfono o dirección.
Algo relacionado con su paranoia. Un síntoma de trabajar para el Gobierno, siempre había pensado Jake.
En cualquier caso, resultaba de poca ayuda en una situación así.
Finalmente encontró el número, lo marcó en su teléfono y llamó.
—¿Diga? —respondió Martha.
—Martha, soy Jake. ¿Está Liz ahí... por favor?
Hubo una larga pausa y, de fondo, oyó voces lejanas y susurros que respondieron a la pregunta por él.
Colgó el teléfono, salió a toda prisa por la puerta y volvió a subir al coche.
Los padres de Elizabeth vivían a menos de cinco kilómetros, en una majestuosa casa victoriana en Crystal Palace.
La casa era independiente y era la única propiedad de la calle que tenía piscina en el jardín trasero, que daba a un campo de golf cercano.
Jake llegó a la casa diez minutos después y corrió hacia la puerta.
Elizabeth abrió poco después de que él llamara. Llevaba el pelo recogido en una coleta y tenía los ojos y las mejillas enrojecidos. Estaba envuelta en una rebeca de color azul cielo y vestía unos vaqueros. A pesar de su aspecto de abatimiento, seguía estando guapísima.
—Liz... —dijo él con voz débil.
—¿Qué quieres?
—Quiero... quiero hablar. ¿Podemos hablar?
—No puedes entrar.
—Me parece bien. No quiero entrar. —Se dio la vuelta y señaló a su espalda—. ¿Qué te parece si nos sentamos en el coche?
—Dame las llaves.
—¿Qué?
—Dame las llaves.
Jake se miró la mano y jugueteó con las llaves del coche entre los dedos.
—Claro. Lo que sea.
Abrió el coche por encima del hombro y le pasó las llaves a Elizabeth, que las lanzó al interior de la casa.
Ella salió y cerró la puerta tras de sí.
Jake nunca la había visto tan enfadada. Al principio había confundido el color rojo con la tristeza.
Caminaron hacia el coche en silencio; Jake intentaba preparar mentalmente lo que iba a decir y cómo lo iba a decir, pero tenía la mente en blanco.
—Lo siento —empezó una vez que se hubieron acomodado.
Se giró hacia Elizabeth, pero ella no le devolvió el gesto; se giró y miró por la ventana para evitar reconocer su presencia—.
Siento lo de estos últimos días. Las últimas semanas.
Los últimos meses. Siento haber sido un marido de mierda.
Por no haber estado nunca. Siento haber pasado tanto tiempo en el trabajo y haber antepuesto eso a ti y a las niñas, y siento no haber solucionado este problema antes.
De hecho, siento no haberlo solucionado en absoluto.
—Respiró hondo—. Pero sea lo que sea lo que te enseñó Liam, era mentira.
Todo. El dinero en mi cajón. Las fotos de Charlotte y yo en el pub.
—¡Ah!, ¿así que eso no pasó? —Elizabeth giró la cabeza bruscamente para mirarlo—. Ahora resulta que Liam es un maestro del Photoshop, ¿no?
—No —dijo Jake suspirando—. Sí, fuimos a tomar algo. Por eso llegué tarde a casa. Pero no fue nada de eso, nada en absoluto. Estábamos hablando del caso. Ella era nueva en el equipo; acababa de incorporarse y yo quería darle la bienvenida, mantener las formas.
—¿Qué formas? ¿Hacer que pareciera que eras un buen amigo para que nadie se diera cuenta de que te la estabas tirando?
Liam había plantado una semilla tan profunda en la cabeza de Elizabeth que haría falta mucho esfuerzo para arrancarla.
—Te juro, Elizabeth Tanner, que no fue nada de eso. Ni por asomo. ¿Qué te dijo Liam?
—No te lo voy a decir. Solo para que puedas buscar la forma de salir del paso. Y tampoco quiero oír excusas.
—No son excusas. La he cagado, lo entiendo. De verdad que sí. Pero es mucho más complicado de lo que parece.
—Oh, estoy segura de que sí. —Elizabeth se cruzó de brazos y apartó la vista.
Esto no servía de nada. No llegaba a ninguna parte.
—¿Quieres que te cuente exactamente lo que ha estado pasando estos últimos días?
—¿No te preocupa que Liam te riña por compartir ese tipo de información conmigo? —Lo dijo con tal desdén en la voz que lo enfureció aún más. Sabía que estaba arremetiendo contra él porque estaba furiosa, pero eso no hacía que doliera menos.
—Liam ha sido arrestado.
La mirada de Elizabeth se clavó de nuevo en él. —¿Por qué? —Había una nueva emoción en su voz.
—Por muchas cosas. Pero lo más importante, por matar a Drew. Le pegó un tiro en la cabeza.
Elizabeth ahogó un grito y se llevó la mano a la boca. —¿Cuándo?
—Anoche.
—¿Anoche? Dios mío. Ese hombre... estuvo... entró en mi casa... ¡en nuestra casa!
Jake le puso la mano en la pierna. Ella dejó que se quedara allí.
—Lo sé —dijo él—. Está bien. Ya se ha ido. No volverá a acercarse a ti ni a las niñas nunca más. ¿Hizo algo mientras estaba en casa?
Elizabeth negó con la cabeza. —Solo entró... saludó a las niñas y... me enseñó las fotos.
—¿Aún las tienes?
Elizabeth asintió. —Se dejó la cámara en nuestra casa.
—Vale. ¿Hizo algo más? ¿En algún momento estuvo solo en alguna habitación?
—No. Estuve con él en todo momento. También vi cómo se marchaba. No hizo nada que no debiera.
Jake asimiló lo que ella había dicho, asintiendo y rascándose la cicatriz del lado de la cara.
—¿Qué está pasando, Jake? ¿Qué va a pasar?
Ella le puso la mano en la suya. Él se la apretó.
—Escucha, es complicado. En resumen, durante los últimos quince años, Liam, Drew y Garrison han estado corrompidos por una fuerza externa de alguna manera.
Liam fue el responsable de reclutar a los Crimsons hace tantos años.
Drew estaba metido en todo, e incluso violó a una chica inocente cuando era más joven.
Y hasta contrataron a sicarios para matar a los hermanos Cipriano.
Ha sido todo un caos. Drew... muerto. Liam...
arrestado. Y Garrison... está en coma. Liam y Drew intentaron deshacerse de él simulando un accidente de coche.
No se sabe si llegará a despertar. Y, para colmo, intentaban que yo también pareciera un corrupto.
—¿Cómo?
—Esas fotos. El dinero que plantaron en mi cajón. Incluso os hicieron fotos a ti y a las niñas en el parque el otro día. Estoy seguro de que han hecho otras cosas para intentar que parezca uno de ellos. Ahora tengo que averiguar qué.
Jake hizo una breve pausa para recuperar el aliento.
—Nada de lo que te enseñó Liam es verdad.
La foto mía con Charlotte... eso ocurrió, sí, lo admito.
Pero no de la forma que piensas. Fui a Asuntos Internos para informar sobre Liam, Drew y Garrison.
Charlotte es una agente encubierta; su nombre real es Stephanie.
Estábamos trabajando juntos para intentar desenmascararlos a los tres.
Pero llegamos demasiado tarde para salvar a Drew y Garrison.
Eso fue todo, Liz. No hubo nada más. Nada. Tienes que creerme.
Elizabeth lo miró fijamente un rato más. Sus ojos brillaban por las lágrimas, pero de alguna manera parecía aún más hermosa.
—Te creo. Te creo. Es que... no sé qué decir —respondió—. ¿Por qué no me contaste que estaba pasando todo esto?
—No quería preocuparte. No quería que pensaras que corría ningún peligro. Quería asegurarme de que no supieras nada, por si acaso alguien os utilizaba a ti y a las niñas como moneda de cambio.
—¿ Corriste algún peligro? —preguntó Elizabeth con una ceja levantada.
Jake se acordó de estar sentado al otro lado de un seto mientras mataban a golpes a Michael Cipriano. De su altercado con Liam. De cómo había estado mirando por el otro extremo de una pistola en ambas ocasiones.
—No —mintió—. No corrí ningún peligro. Solo quería asegurarme de que tú y las niñas estuvierais a salvo.
—Lo estamos. Podemos dejarlas con mi padre y mi madre un tiempo si quieres...
—Eso podría ser lo mejor. Supongo que el lado positivo de todo esto es que me van a pagar muchas horas extras este mes.
—¡No te lo he dicho! —dijo ella, dándole un golpe emocionado en el brazo.
—¿Qué?
—El dinero. La deuda. Mis padres. Nos lo han dado.
Jake abrió la boca para protestar, pero Elizabeth lo cortó al instante.
—Sé que no querías que lo hicieran, pero se han ofrecido ellos. No creen que seamos unos desvalidos. Solo nos están ayudando. Igual que hicieron la última vez.
Jake soltó un profundo suspiro de alivio.
No podía negar que le sentaba mal tener que aceptar dinero de sus suegros.
Otra vez. Ni tampoco podía negar que le dolía que su familia estuviera en esta situación cuando él solo tenía veinticinco años.
Si ya estaban pasando apuros, ¿cómo sería dentro de cinco años, diez, quince?
No le parecía justo para las niñas. Pero aceptar el dinero de Martha y Alan —que tenían de sobra— era la forma más ética de pagar sus deudas en comparación con los otros métodos que había barajado, especialmente porque lo mantenía alejado del dinero de su cajón.
Una parte de él se había sentido tentada a cogerlo.
Pero sabía que habría sido una decisión estúpida.
Estaba sucio, contaminado. Era dinero manchado de sangre.
Sería confiscado y él se enfrentaría a la cárcel o al despido, y ninguna de las dos opciones sería buena para su familia.
Porque, al fin y al cabo, ellas eran lo único que le importaba.