Bajo la Raya (DC Jake Tanner 3) Capítulo 98
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Capítulo 98

A Georgiy no le gustaba vivir con remordimientos. Los remordimientos implicaban errores. Los errores implicaban un carácter débil. Un carácter débil implicaba fracaso.

Y, sin embargo, ahí estaba, sentado en un piso franco en medio de la nada, un fracaso viviente, que respiraba y andaba.

Fue un error meter a Nigel en el negocio.

Fue un error volver a confiar en Vitaly.

Fue un error acercarse a Tatiana.

Fue un error pensar que podía montar un grupo de sicarios a sueldo.

—¿Cuánto tiempo tenemos estar aquí? —preguntó Vitaly mientras atravesaba el comedor de un lado a otro.

—Hasta que sepamos que es seguro… —respondió Georgiy. Sus ojos se posaron en Tatiana, que estaba apoyada en la mesa del comedor, jugueteando con los dedos. Georgiy se apartó de la ventana y se sentó a su lado—. ¿Cómo tú dices que encontraste este sitio?

Estaban en el escondite de Tatiana, una casa unifamiliar abandonada a las afueras de Hatfield Forest, en Hertfordshire, al este de la M11.

Rodeados por una valla de estacas que era su única protección, estaban aislados.

Era el lugar del que ella les había hablado momentos antes de verse obligados a salir de la lavandería.

Al principio había sido parca en detalles, pero ahora que estaban solos y a resguardo en la propiedad, era el momento de que se explicara.

—Te lo dije… —dijo Tatiana, con un nudo en la garganta—. Nigel me ayudó a prepararlo. Me dijo… que si alguna vez necesitaba una vía de escape, un paquete de seguro, esto debía serlo.

—¿Un seguro?

—Ya sabes… si alguna vez pasaba algo. Si alguna vez necesitaba largarme . Si os pasaba algo a vosotros.

Georgiy la miró fijamente a sus ojos oscuros y cavernosos, que parecían devorar la luz que caía en ellos. Esos ojos los había amado en su día, había compartido secretos con ellos, los había amado y en ellos confió. Pero ahora no había nada. Eran inocuos, objetos inanimados. Como lo era ella.

Dijera lo que dijera, se lo tomaba con pinzas.

Llevaban unos meses muy unidos. En realidad, más que unidos.

Amantes. Lo habían compartido todo y él la había dejado entrar en su mente; una sensación extraña a la que apenas había tenido el valor de abrirse.

Pero ella le había mentido, le había traicionado, le había ocultado cosas.

Estaba decidido a averiguar si esta era la única.

—¿Cuánto tiempo tener sitio? —preguntó.

Ella apartó la mirada y volvió a juguetear con las manos—. Un par de meses.

—Y no dices a mí.

—Clayton me dijo que no lo hiciera.

Al decirlo, su voz cambió levemente. Al principio, Georgiy no lo reconoció, pero parecía que se quebraba su acento, que se le trababa el habla.

—No me mentirías, ¿verdad?

—¡No! ¡Claro que no! —Le puso una mano en la rodilla—. Sabes que no lo haría.

Ahí estaba otra vez. La quiebra en su voz. El acento que se le caía. Un tenue tono inglés asomando.

Georgiy la apaciguó con una sonrisa y luego se puso en pie, regresando a la ventana.

Dejó vagar la mirada por la negrura frente a él, rota apenas por el resplandor apagado de la luna filtrándose por el velo de nubes que cubría el campo.

Volvió con la mente al momento en que había encontrado a Tatiana.

Cómo habían chocado en la estación cuando él iba camino de un objetivo.

Cómo ella había ido en el mismo vagón que él.

Cómo se habían cruzado las miradas. Cómo había sabido entonces, al instante, que no era lo que aparentaba.

A Tatiana la habían contratado para matarlo.

Un antiguo cliente agraviado a quien él había fallado, y enviaron a Tatiana para rematarlo.

Pero, tras una suave persuasión con su boca —dentro y fuera del dormitorio—, ella desoyó el encargo y decidió unir fuerzas con él.

Su relación empezó ahí, y nunca llegó a terminar del todo.

Hasta ahora.

Empezaba a sentir que todo lo que ella le había contado era mentira. Se había dejado cegar por un sentimiento al que había jurado que nunca cedería.

Su voz. Su acento. Era falso. No era ucraniano, como decía. Era británico, inglés. Y ella era una agente encubierta.

Tatiana —si es que ese era su verdadero nombre— se levantó de la silla, cuyas patas rasparon las baldosas de piedra, y salió de la habitación. La mirada de Georgiy la siguió. En cuanto ella salió de la estancia, cruzó la cocina de un salto y agarró del brazo a Vitaly, tirándole de la manga.

—Dame la pistola, ahora.

—¿Por qué?

Vitaly tardó demasiado. Georgiy le metió la mano en la axila y arrancó la Glock de la cartuchera del hombro. Con la otra mano, Georgiy acalló a su primo, que acababa de abrir la boca para protestar, y luego siguió a Tatiana al salón.

La encontró de espaldas a él, mirando por los ventanales tipo mirador, las manos por delante.

—¿Qué haces? —preguntó al entrar, empuñando el arma y manteniéndola oculta. Por ahora—. ¿Para quién trabajas?

Tatiana no contestó.

—¿Para quién trabajas?

Nada.

—Yo saber que tú eres encubierta. ¿Para quién trabajas? ¿La Cabal?

Silencio.

—¿La Cabal te hace trabajar contra mí?

Tatiana se volvió hacia él. En la mano tenía un teléfono móvil. Desde donde estaba, vio que había una llamada en curso. No sabía con quién, pero no le hacía falta.

Tatiana acababa de pedir refuerzos. Se estaban cerrando en torno a él. Y, situados en medio de la nada, no había salida.

Georgiy alzó el arma, apuntó con el cañón entre aquellos ojos suyos antaño perfectos y apretó el gatillo.