Bajo la Raya (DC Jake Tanner 3) Capítulo 96
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Capítulo 96

PUNTO DE PARTIDA

L a lavandería estaba situada en medio de una hilera de casas.

Como parte de la decoración, una lavadora de gran tamaño colgaba a un par de metros por encima del suelo del local, empotrada en el ladrillo.

Colgaba de forma precaria del edificio y parecía que la más mínima ráfaga de viento bastaría para tirarla al suelo.

Era un milagro que hubieran aprobado aquello.

Los ladrillos de alrededor estaban grises y decrépitos, mientras que las ventanas eran de madera, ahora plagada de podredumbre.

A primera vista, el edificio parecía abandonado, y como si llevara así bastante tiempo.

—Ahora todo se viene abajo —respondió Charlotte.

La radio del salpicadero emitió un pitido. —Aquí Víctor-Bravo-cuatro-uno, comprobando comunicaciones, corto.

Escucharon con atención.

—Víctor-Bravo-cuatro-uno, le recibo alto y claro; de OFC, estamos en estado ámbar. Prepárense para estado rojo a mi orden. —Luego, unos segundos después—: A todas las unidades Víctor-Bravo, estado rojo, estado rojo.

De inmediato, las puertas traseras del furgón se abrieron de golpe y del interior brotó un torrente de agentes armados que se desplegaron sobre el hormigón en formación perfecta y corrieron hacia la lavandería.

Lo último que oyeron Jake y Charlotte, antes de que desaparecieran dentro del edificio, fueron los gritos habituales de: «¡Policía armada! ».

Jake observó y esperó durante unos angustiosos instantes; la tensión en el interior del coche era palpable y densa.

El silencio llenó el aire cuando los gritos de los agentes se desvanecieron con ellos dentro del edificio, pero pronto fue sustituido por el sonido de sus breves y autoritarios informes que llegaban por la radio del salpicadero.

—¡Planta baja, despejada!

—¡Planta superior, despejada!

—¡Dormitorio, despejado!

Jake suspiró con desánimo. Ni siquiera le hacía falta estar allí con ellos para saber que habían perdido a Georgiy. El comandante estratégico de armas de fuego confirmó sus sospechas un minuto después.

—Les han dado un chivatazo —le dijo Jake a Charlotte mientras salían del coche y se dirigían hacia la entrada de la lavandería.

Los agentes de la policía científica que Charlotte había solicitado estaban terminando de montar sus puestos dentro del edificio, y los agentes uniformados acordonaban la calle. Durante las próximas horas, la lavandería sería su patio de recreo.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Charlotte.

—No puedo. Pero mi intuición me dice que ha tenido que ser así. ¿Podemos conseguir que Steve o alguien más localice todos los teléfonos que han emitido señales en esta zona durante las últimas doce horas y ver dónde están ahora?

Charlotte se encogió de hombros, sin comprometerse.— Podría hacerlo, pero no nos dará nada preciso.

—Será suficiente.

Jake y Charlotte buscaron un mono de protección forense para cada uno, con sus correspondientes calzas, capucha, guantes y mascarilla. En cuanto se vistieron, no perdieron tiempo y se apresuraron a entrar en la lavandería.

Al entrar, rodeado de lavadoras, secadoras, percheros de ropa y el olor a detergente, a Jake le vinieron a la memoria imágenes viscerales y nítidas de Drew que le dejaron paralizado.

La sangre. La masa encefálica. Los huesos.

El cuerpo desplomado hacia un lado. Jake sintió arcadas bajo el calor del traje forense.

—¿Estás bien? —preguntó Charlotte, al notar su malestar.

—Bien —mintió él, tragándose la bilis—. Me alegraré cuando todo esto haya terminado.

Por la mirada de ella, supo que estaba pensando exactamente lo mismo: si es que esto terminaba pronto.

Tras inspeccionar rápidamente la propia lavandería —y decidir que no había nada de importancia o relevancia—, subieron corriendo a lo que parecía ser la vivienda.

Estaba completamente abandonada. El rellano estaba vacío, los armarios de la cocina y la nevera carecían de cualquier rastro de vida, al igual que el baño y los dormitorios.

Pero fue el salón lo que más intrigó a Jake y Charlotte.

A la izquierda había un sofá, encajado en la esquina de la habitación, y a su lado un armario; vacío. En la esquina opuesta había un televisor, en modo de espera. Y en el lado derecho de la habitación había otro sofá, este en forma de L.

Jake olfateó. Otro aroma —aparte del olor del detergente para la ropa— impregnaba el aire. Y los sentidos de Jake.

—¿Hueles eso? —preguntó.

—¿El qué?

Jake recorrió la habitación a toda prisa, buscando el origen del olor. Lo encontró, escondido tras el sofá con chaise longue .

—Lejía —dijo mientras sostenía en el aire la botella de marca blanca del supermercado.

Charlotte se cruzó de brazos y se frotó la frente con el dorso de la mano.— Apuesto a que este sitio no ha estado nunca tan limpio…

—Brillante —dijo él, lanzando una mirada fulminante a la botella de lejía—. Ahora hemos vuelto al punto de partida… al puto punto de partida.