Capítulo 95
CINCO MINUTOS
—¿ E stás segura de que has sentido el pulso? —preguntó Tatiana desde el otro lado de la habitación.
—Sí. ¿Es que no te fías de mí? —respondió Vitaly, plantado en el umbral con terquedad y los brazos cruzados—. Estaba ahí. Estoy seguro.
Les había llegado el rumor de que Pete Garrison seguía vivo, aunque en coma, respirando a través de un tubo en la cama de un hospital y conectado a una máquina.
Malas noticias, en resumen. Y eso significaba que ahora necesitaban un plan de contingencia.
Si en cualquier momento, Garrison se despertaba, iría a por ellos.
Y sería capaz de acabar con ellos, especialmente con la información que tenía sobre sus personas.
—¿No podemos ir a por él antes? —preguntó Georgiy mientras arañaba la tela deshilachada en el brazo del diván—. Mandamos a Tat al hospital. Desenchufar.
Tatiana se removió incómoda en el sofá de enfrente.
Los tres estaban arriba, en la vivienda anexa sobre la lavandería, su tercer negocio de blanqueo de dinero.
El estrépito constante y monótono de las lavadoras que habían puesto en marcha para guardar las apariencias resonaba por todo el edificio y hacía vibrar el suelo y las paredes.
A estas alturas, sin embargo, Georgiy se había acostumbrado y, curiosamente, le calmaba, le ayudaba a relajarse y a despejar la mente.
Debería haber estado enfadado, furioso con Vitaly por no haber matado a Garrison.
Pero no lo estaba, porque las opciones eran sencillas: matarlo o huir.
—No me gusta esa idea —dijo Tatiana, con la mirada saltando de Georgiy a Vitaly—. Es demasiado peligroso. Tienen cámaras por todas partes. Me verán seguro.
—Quizá hacemos que lo haga Vitaly. Como sacrificio —dijo Georgiy.
—Sacrificio. ¿Para qué?
—Por no matarlo a primera vez. —Se inclinó hacia delante, recogió la pelusa que había caído al suelo y formó una bolita con las manos—. Has cometido error. Errores no buenos. Nigel comete errores…
Esperaba que Vitaly entendiera de qué estaba hablando.
La expresión de Vitaly le confirmó que así era. —Yo… no volveré a cometer error…
Antes de que cualquiera de ellos pudiera responder, un teléfono móvil sonó. Era el único objeto sobre la mesa de centro en mitad de la habitación, y se sacudió violentamente al entrar la llamada, con la pequeña pantalla iluminada por un número desconocido.
Georgiy se acercó despacio. No reconocía el número. Tampoco esperaba ninguna llamada.
Echó mano al dispositivo y respondió, conteniendo el aliento.
—Salid de ahí —dijo una voz grave—. Os han descubierto. Lo saben todo. Quiénes sois, vuestros nombres, fechas de nacimiento. Vuestros escondites. Todo. Tenéis cinco minutos para recogerlo todo e iros; de lo contrario, vendrán agentes armados a por vosotros. Salid de ahí .