Capítulo 92
HABLAR
E l coche de Drew seguía aparcado en la entrada de su casa unifamiliar en Chigwell y no parecía haberse movido en absoluto; por la noche había llovido ligeramente y había un trozo de acera despejado bajo el coche de Drew.
Eran poco más de las ocho y no había excusa para que Drew llegara tarde al trabajo, aunque el vago de mierda estuviera pasando una resaca o algo parecido.
Jake dobló las rodillas y miró por la ranura del buzón. La luz de la mañana de la cocina inundaba el pasillo, iluminando el suelo de madera maciza y la parte inferior de la escalera. Jake entornó los ojos, con la esperanza de que eso le permitiera ver mejor.
Algo le llamó la atención. Una obstrucción en el marco de la puerta. Una pierna y un brazo colgando.
Me cago en todo. Está borracho perdido.
Jake intentó llamar a la puerta hasta que le dolieron los nudillos, pero fue inútil. Drew no se movía.
—¡Eh! —gritó a través del buzón—. ¡Drew! Despierta, ¡soy Jake!
Seguía sin haber respuesta.
Jake suspiró profundamente y rodeó la casa buscando un punto de entrada.
Lo encontró en forma de una pequeña puerta lateral que daba al jardín.
Estaba entreabierta. Jake solo había estado en casa de Drew en dos ocasiones anteriores: para celebrar el decimoquinto aniversario de Drew en el servicio y para una salida de equipo navideña anticipada.
En ambas ocasiones, no se había mencionado a la mujer de Drew, ni se la había visto.
Y, también en ambas ocasiones, Drew les había indicado que entraran en la propiedad por el lateral.
De modo que no le pareció extraño que la puerta estuviera entornada.
Quizás un error menor, un descuido. El alcohol haciendo que Drew se olvidara.
Jake caminó despacio por el lateral de la casa, giró a la izquierda y se detuvo junto al cuarto de la colada. Abrió la puerta lentamente, y sus sospechas aumentaban a medida que se acercaba. Las bisagras chirriaron y le gritaron mientras empujaba la puerta para abrirla más.
—¿Drew?
Silencio.
—¿Drew?
Seguía sin haber nada.
Jake cruzó el umbral de la propiedad y se tensó, preparándose para que algo —o alguien— saltara sobre él cubierto de sangre, rabioso. Había estado viendo demasiadas películas de trasnochar mientras las niñas dormían.
El cuarto de la colada estaba vacío, pero el olor a detergente y suavizante flotaba en el aire. Había una carga completa en la lavadora, presuntamente de la noche anterior. Jake caminó hasta el final de la habitación y giró a la derecha.
Entonces se quedó petrificado.
En la pared había una salpicadura de sangre, gotas carmesíes que resbalaban por la pintura. Algunas se habían coagulado y secado y empezaban a encostrarse bajo el sol de la mañana, mientras que el charco del suelo era espeso y de un tono rojo más oscuro.
—Drew… —la voz de Jake no fue más que un susurro.
Lo que tenía ante sus ojos le dio ganas de vomitar. Un gran agujero había reventado la cabeza ensangrentada y desfigurada de Drew, y había trozos de hueso y masa encefálica bajando por la nuca hasta su americana. Tenía el pelo apelmazado y humedecido por la sangre.
Jake tuvo una arcada. Abrió la boca para respirar, pero eso solo agravó la sensación.
Se llevó la mano a la boca y salió corriendo de la casa.
Sintiéndose desorientado y con náuseas, se tambaleó contra el marco de la puerta del cuarto de la colada y se quedó de piedra al mirar hacia fuera.
Alguien le bloqueaba el paso. El corazón le dio un vuelco y se tragó el bocado de vómito que le había subido por la garganta.
—No vas a ninguna parte todavía, Jake —dijo Liam, apuntándole con una pistola—. Tenemos que hablar.