Bajo la Raya (DC Jake Tanner 3) Capítulo 91
87%

Capítulo 91

CONSUELO

J ake Tanner vivía en una calle pintoresca y estrecha.

Había coches aparcados a ambos lados de la calzada, dejando un hueco suficiente para un solo carril de circulación.

Unos robles gigantescos se intercalaban uniformemente a lo largo de la acera como los agujeros de un cinturón, proyectando alargadas y ominosas sombras sobre las casas.

Liam estaba sentado en el interior de su coche con la ventanilla bajada, apostado justo delante de la casa de Jake.

Se frotaba las manos contra el volante para prepararse.

Tenía un discurso en la cabeza, un plan, una secuencia que quería que siguiera su conversación.

Lo había ensayado varias veces durante el trayecto.

Pero la realidad era que la vida no era una obra de teatro: no salía exactamente como uno quería.

Hasta aquel momento, los últimos días habían sido buena prueba de ello.

Liam esperaba que la siguiente conversación fuera distinta.

Cogió su cámara del asiento del pasajero, salió del coche y se dirigió a la puerta principal de Jake. Al otro lado se oían los ecos de los gritos de un niño. Llamó.

A los pocos segundos, la puerta se abrió y lo recibió una Elizabeth de aspecto sofocado. Estaba en pijama y tenía el pelo hecho un desastre; aun así, seguía pareciendo elegante y hermosa: la atracción que sentía por ella definitivamente no remitía. Y sospechaba que nunca lo haría.

—¡Liam! ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí? —preguntó ella, envolviéndose en su bata.

Liam no dijo nada. Ella no tardó mucho en empezar a temerse lo peor.

—Dios mío. —Se llevó la mano a la boca—. ¿Jake? ¿Es... es él...? ¿Va todo bien?

—¿Puedo pasar?

Elizabeth profirió un lamento que resonó por todo el pasillo. Los ojos se le empañaron y las mejillas se le pusieron rojas.

—¡Mami! —dijo una voz desde el interior de la casa—. ¿Quién es?

En ese momento, Maisie Tanner apareció en el pasillo con una botella de agua en la mano.

—Es uno de los amigos de papá, cariño —dijo Elizabeth mientras Maisie se apresuraba hacia ella. Cuando llegó a su altura, Elizabeth se agachó y la cogió en brazos.

—¿Puedo pasar? —repitió Liam.

—Sí. Sí... Sí, pasa, por favor. —Se hizo a un lado y le dejó entrar.

Liam exhaló un suspiro de alivio. Una de las partes más difíciles ya había pasado.

Se detuvo junto a la entrada, señaló sus zapatos y preguntó:

—¿Me los quito?

—No. Por favor, déjatelos puestos. Ve a la cocina. Me estás asustando, Liam. ¿Pasa algo malo?

Esperó a estar en la cocina antes de responder.

—Jake está perfectamente —dijo, deteniéndose junto a Ellie, que estaba en su trona. Le acarició la mejilla y le revolvió su pelo castaño—. No corre ningún peligro.

—¿Estás seguro? —preguntó Elizabeth. Sentó a Maisie en la encimera de la cocina—. No vino a casa anoche. Pero ha enviado un mensaje hace un rato diciendo que todavía estaba en el trabajo. ¿Le ha pasado algo?

—No —dijo él—. Está totalmente a salvo. Pero quería pasarme por aquí porque... —Hizo una pausa para dar énfasis—. No me resulta fácil decir esto, Elizabeth...

—¿Qué? ¿De qué se trata?

—Hay algo que debes saber sobre Jake.

—Dímelo.

Liam dejó de tocar el pelo de Ellie.

—¿Cómo habéis estado últimamente?

—Bien. ¿Por qué? —respondió Elizabeth, poniéndose a la defensiva al instante.

—En el trabajo, ha mencionado un par de veces que habéis estado pasando... apuros económicos.

—¿Qué hizo qué ?

—Solo me lo ha dicho a mí. Nadie más en la oficina lo sabe. Creo que le daba bastante vergüenza. Pero dijo que había estado buscando métodos para intentar pagar algunas de vuestras deudas.

—Ya —dijo Elizabeth con brusquedad—. La otra noche le pillé mirando páginas de apuestas.

Liam frunció los labios y sacudió la cabeza.

—No me refiero a páginas de apuestas, Elizabeth. El otro día encontré algo en su cajón. —Hizo una pausa—. Una gran suma de dinero. Creo que había unos diez mil allí. Quizá más.

Sacó su teléfono, buscó la foto que le había hecho al dinero y se la enseñó.

—Le interrogué al respecto, pero no me dijo de dónde lo había sacado.

Creo... Me preocupa que pueda estar metido en algo turbio.

Algo que no debería hacer. Hay mucha corrupción en nuestro trabajo.

Se dejan seducir por el dinero. La mayor parte consiste simplemente en hacer la vista gorda ante tratos de drogas y cosas así.

Pero quería asegurarme de que lo supieras antes de que el asunto siguiera adelante, a los niveles superiores de la cadena.

—¡No puedes! —espetó Elizabeth, esforzándose por apartar la vista de la foto.

—Tengo que hacerlo, Elizabeth. Se trata de una cuestión de conducta profesional. Ha incumplido varias normativas, por no mencionar la ley.

Elizabeth retrocedió un paso, chocando contra la encimera de la cocina que tenía detrás. Los dedos le empezaron a temblar a medida que el impacto de la noticia calaba en ella. Aquellos habían sido los primeros golpes. Ahora era el momento del gancho de derecha. El golpe de gracia.

—Además, hay algo más.

—¿Más?

—Lamentablemente. —Hizo otra pausa, aumentando el suspense—. ¿Te ha mencionado Jake alguna vez el nombre de Charlotte?

Elizabeth negó con la cabeza, con los ojos muy abiertos por el miedo.

—Es nueva en nuestro equipo —continuó él—.

Lleva con nosotros unos pocos meses. Poco más de medio año.

Pasan mucho tiempo juntos en la oficina.

Almuerzan juntos. Salen a tomar cafés. Charlan.

Se ríen. Tienen tonteos. Al principio no le di importancia, pero luego...

la otra noche... —Se aclaró la garganta mientras cogía la cámara—.

La otra noche los vi juntos en el pub. Tenía mi cámara en el coche y... te dejaré que pases las fotos.

Liam le acercó la cámara a Elizabeth. Al principio ella no la tocó; se limitó a mirarla fijamente, como si quisiera que se autodestruyera con el pensamiento.

Pero luego, cuando las lágrimas empezaron a brotar de nuevo de sus ojos, tomó la cámara y la sostuvo con la muñeca temblorosa.

Liam observó mientras ella pasaba las fotos de Jake y Charlotte en The Head of the House.

Antes de salir del piso, él había pasado todas las imágenes relevantes a una tarjeta de memoria nueva y la había insertado en el dispositivo.

La última imagen era la prueba definitiva, la foto que había tenido la suerte de capturar.

—Dios mío —dijo Elizabeth al llegar a la imagen final. Dejó la cámara y se secó las lágrimas. Maisie, que seguía encaramada al borde de la encimera, preguntó qué pasaba. Elizabeth no respondió.

—Lo siento, Liz —dijo Liam después de un rato—. No le he enseñado estas fotos a nadie más, pero me pareció que debías saberlo. Te dejo esto por aquí. —Liam dio un golpecito al dispositivo y luego hizo amago de irse.

Cuando abrió la puerta, se detuvo a medio girar.

—Sé que no sirve de mucho consuelo —añadió—, pero quiero que sepas que siempre estaré aquí para ti si me necesitas.

Liam abrió la puerta, salió a la calle y se encaminó hacia su coche con una sonrisa creciente en el rostro. Estaba hecho. Liquidado. Todo lo que Jake apreciaba estaba a punto de desmoronarse. Y Liam iba a estar allí cuando ocurriera.

En cuanto subió al coche, le sonó el móvil.

—¿Dígame? —respondió.

—Tienes un problema. Tienes que ir a casa de Drew ahora mismo.

Su sonrisa no duró mucho.