Bajo la Raya (DC Jake Tanner 3) Capítulo 81
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Capítulo 81

EL JEFE

V italy recordó lo que Tatiana se había empeñado en recordarle, como si fuera un niño pequeño. Mantén la cabeza agachada. No mires a nadie de forma extraña. No le digas nada a nadie. Ni siquiera pienses en nadie. Y, lo más importante de todo, no hagas nada que llame la atención.

Su recado era sencillo. ¿Así que por qué se empeñaban en ponérselo tan jodidamente difícil?

Vitaly metió la barbilla contra el pecho mientras caminaba a zancadas por la calle, reprimiendo el instinto de mirar la falda corta que acababa de pasar a su lado.

Unos metros después, se detuvo junto a una cabina telefónica roja y giró a la izquierda.

Frente a él había una tienda de licores y, a su derecha, la entrada de un aparcamiento de varias plantas.

Sin levantar la cabeza, Vitaly entró en la tienda, se acercó a la caja registradora, cogió un puñado de las tarjetas SIM de prepago del expositor giratorio más cercano y las estampó sobre el mostrador.

—¿Algo más? —preguntó el propietario.

—No.

A los tres se les estaban acabando rápidamente las tarjetas SIM; sobre todo cuando se suponía que debían destruirlas después de cada golpe. Pero eso no había salido precisamente según lo previsto, no con la cantidad de contratos que estaban recibiendo. Simplemente no tenían tiempo.

Las emociones en el equipo estaban a flor de piel tras la muerte de Nigel Clayton.

Ninguno de ellos hablaba del tema —todos sabían por qué había tenido que suceder—, pero eso no hacía que doliera menos.

Aunque esa era parte del problema. La muerte de Nigel le había dolido mucho; mucho más de lo que creía.

Y todo se reducía a una cosa: la lealtad.

En los últimos meses, Nigel había sido un amigo cercano, un confidente; alguien en quien podía confiar y a quien podía acudir.

Y Georgiy le había enseñado desde el principio que en este negocio no existían las lealtades. Estaba empezando a comprender por qué.

El cajero escaneó las tarjetas SIM, cogió el billete de 50 libras de Vitaly y deslizó el paquete por el mostrador.

Vitaly gruñó a modo de agradecimiento mientras se metía las tarjetas en el bolsillo del jersey.

Le dio la espalda al hombre y salió de la tienda, con sus anchos hombros pasando a duras penas por las puertas correderas.

Pero al salir del establecimiento, se detuvo.

Dos coches acababan de salir del aparcamiento y se incorporaban a la carretera.

La luz anaranjada de la farola iluminó el rostro del primer conductor.

Vitaly lo reconoció al instante. Había hablado con él hacía solo unos días: el Magnate, el hombre que se había encargado de falsificar todos sus documentos y de asegurarse de que todos tuvieran identidades nuevas cuando las necesitaran como parte de su plan de reserva.

Entonces el segundo coche llegó al cruce. El conductor tenía la cabeza girada hacia el otro lado, pero cuando el coche giró a la derecha, dirigiéndose hacia él, Vitaly se arriesgó a mirar más de cerca.

—No me lo puedo creer, joder —susurró para sí mismo con incredulidad.

Mientras el coche pasaba por delante, ambos hombres se miraron fijamente el uno al otro.

Vitaly sacó su teléfono y marcó el número de Liam Greene, que Georgiy le había dado por precaución, como una contramedida, por si acaso.

—¿Diga? —respondió Liam.

—Soy Vitaly.

—¿Cómo has conseguido este número?

—No es importante.

Para entonces el coche ya había desaparecido.

—¿Qué quieres? —preguntó Liam.

—Hay algo que tienes que saber.

—¿Alguien tiene problemas?

—Se podría decir que sí —Vitaly se encogió de hombros de camino al escondite—. ¿Has oído hablar alguna vez del Magnate?

Hubo una breve pausa. —¿El falsificador de documentos?

—Sí.

—¿Qué pasa con él?

—Acaba de salir de una de sus reuniones.

—Vale, ¿y...?

—Era una reunión con tu jefe... con Drew.