Capítulo 80
SR. MCNULTY
D rew nunca se había sentido tan paranoico en su vida, y empezaba a tener la sensación de que todo le había venido de golpe.
Treinta y tres años de vida, paranoia y miedo, todo concentrado en un solo momento.
Su pierna repiqueteaba contra el suelo del coche y sus ojos saltaban constantemente entre la hora del salpicadero y el aparcamiento de varias plantas, totalmente vacío, que tenía delante.
Estaba en el cuarto nivel, aparcado en el sitio de siempre.
Solo esperaba que no hubiera habido problemas ni retrasos con su reserva; la forma en que se comunicaban implicaba siempre una vía de sentido único.
Si algo había salido mal, o si por algún motivo se le había pasado su turno, no lo sabría hasta unas horas después, cuando su cita resultara no presentarse.
En el pasado, Drew solo había necesitado utilizar sus servicios una vez.
Había sido para un amigo suyo. Un criminal.
Condenado por múltiples asesinatos en un único incidente relacionado con bandas y drogas.
Drew había sido quien ayudó a su amigo a evadir la captura en aquel entonces, y no había vuelto a saber de él desde entonces.
Supuso que eso era algo bueno. Si su amigo podía desaparecer, esperaba poder hacerlo él también.
El sonido del motor de un coche rebotando en las paredes lo perturbó. Por un momento, contuvo el aliento por miedo a que fuera Jake, Charlotte, Liam, Hannah o cualquier otra persona a la que hubiera logrado herir en el pasado. Pero al darse cuenta de que la matrícula era falsa, se relajó.
Manteniendo el cuerpo erguido, deslizó la mano izquierda hacia el asiento del pasajero y cerró los dedos alrededor de la navaja automática que había comprado meses atrás como medida de protección extra.
Aún no había tenido que usarla, y esperaba no tener que hacerlo, pero le hacía sentirse seguro saber que la tenía en su poder.
Le recordaba a todas esas estadísticas con las que la prensa daba la tabarra en un intento de evitar que la gente llevara navajas.
Eso de que es más probable que te apuñales a ti mismo que a otra persona.
Menuda gilipollez. Estaba preparado para defenderse si llegaba el caso, como todos los demás que llevaban una.
A su modo de ver, si le sacas una navaja a alguien, tienes la intención de hacerle daño y sabes perfectamente lo que estás haciendo.
Son los que no saben lo que hacen los que salen heridos, los que pasan a formar parte de las estadísticas.
Y Drew no estaba dispuesto a convertirse en otro de esos.
El conductor detuvo el coche. Era un viejo Ford Mondeo azul cielo con los cristales traseros tintados y una suspensión que había sido rebajada considerablemente. Quienquiera que fuese el dueño, estaba claro que seguía viviendo a finales de los noventa.
El conductor apagó el motor. Drew apretó los dedos alrededor del arma.
Manteniendo la cabeza gacha, Drew salió y caminó a buen paso hacia el coche.
Al acercarse, el conductor bajó la ventanilla.
Bajo la tenue luz, Drew pudo distinguir los mismos rasgos del hombre con el que se había topado la última vez.
La nariz rota. Los pelos canosos en la barbilla. El molar que le faltaba en la boca.
—No pensé que volvería a verte el jeto —dijo el hombre, con su marcado acento escocés. El único nombre que Drew tenía para él era su apodo: The Magnate. Aparte de eso, los detalles brillaban por su ausencia.
—Ha pasado tiempo —respondió Drew mientras aflojaba el agarre de la navaja en su bolsillo—. Me sorprende que sigas en el negocio.
The Magnate gruñó.
—Ya, sube delante.
Un poco sorprendido, Drew rodeó la parte trasera del coche y se montó en el lado del copiloto.
—Reforzando la seguridad ahora, ¿eh?
—Ya sabes lo que dicen: hoy en día nunca se es demasiado precavido.
Sin que Drew se diera cuenta, el hombre metió la mano en el compartimento lateral de la puerta, sacó una pistola y le apuntó al pecho.
—¿Qué? ¿Por qué? —Drew siempre había sentido una aversión natural hacia las armas. Eran demasiado ruidosas. Demasiado letales. Demasiado peligrosas. Demasiado rápidas. Por no mencionar que daban un miedo de cojones.
—Seguridad —se encogió de hombros The Magnate—. Hay quien se cree que puede coger las cosas sin pagar por ellas. Así fue como perdí esto… —apuntó con la boca de la pistola hacia su diente—. Esos cabrones casi me matan a palos.
—¿Todo por unos documentos?
—La gente hace lo que sea por salir del país hoy en día. No pueden largarse de este vertedero lo bastante rápido. No se les puede culpar, la verdad —The Magnate volvió a apuntar con el arma a Drew—. Los bolsillos: vacíalos.
Drew tragó saliva con dificultad.
—Vamos, hombre… ¿es necesario?
—¡Vacíalos!
Lentamente, Drew metió la mano derecha en el bolsillo y sacó el forro hacia fuera. Luego, sacó la izquierda. Al ver la pequeña navaja automática oculta, la expresión de The Magnate permaneció impasible. Sin decir nada, alargó la mano y le arrebató el arma de las manos a Drew.
—Otra para la colección. No lo vuelvas a intentar la próxima vez, si no, me aseguraré de que esta esté cargada —The Magnate agitó la pistola frente a la cara de Drew—. ¿Tienes lo otro que te pedí?
—No me lo pediste —dijo Drew, buscando en el bolsillo del pantalón—. No me dijiste un precio, así que supuse que sería la misma tarifa que antes. No ha subido, ¿verdad?
Antes de que el hombre tuviera oportunidad de responder, Drew le entregó un fajo de billetes que llevaba oculto en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Cincuenta mil. Está todo ahí. Todo tuyo —dijo—. No te vas a poner a contarlo, ¿o sí?
El hombre no dijo nada y, manteniendo todavía la pistola apuntando a la cara de Drew, sacó un sobre marrón de la guantera y lo dejó caer sobre el regazo de Drew.
—Aquí tienes tu langosta, señor. Pasaporte.
Carné de conducir. Tarjetas de débito. Tarjetas de crédito.
Número de la Seguridad Social. Veinte mil euros de activos liquidados en una cuenta en el extranjero; todo en esa libretita —el hombre apartó el arma de la cara de Drew, la deslizó de nuevo en el bolsillo de la puerta y puso las manos sobre el volante—.
Hemos terminado aquí. Coge tus cosas y márchate.
Ah, y disfruta de lo que te queda de vida, Sr. McNulty.