Capítulo 82
CAÍDA
L iam dejó que el teléfono se le escurriera de las manos. El aparato cayó haciendo ruido y rebotó bajo el asiento del coche. Ya no le importaba. Era reemplazable. Como todo lo demás en la vida. Como Garrison. Y como pronto lo sería Drew.
Había tenido suficiente. Drew había cruzado la línea hacía ya varios kilómetros, pero Liam le había concedido el beneficio de la duda una y otra vez.
Era hora de cambiar eso. Drew era un buen tipo que se había echado a perder.
El muy cabrón redomado estaba pensando en marcharse del país y empezar una nueva vida en el extranjero, todo porque temía que el error que había cometido hacía quince años volviera para atormentarlo.
Bien. Se merecía cualquier cosa que le pasara por aquello.
En cierto modo, esto favorecía a Liam. No podía permitirse que lo vieran con un violador en el equipo, además de con un poli corrupto.
La prensa se frotaría las manos. Ya habían empezado a acosarlo, llamando para darle el pésame por lo que le había pasado a Garrison —como hacía cualquier otro miembro del Servicio de Policía Metropolitana—, y la cosa solo empeoraría si se corría la voz de que Garrison no era tan íntegro como todos pensaban.
Liam alargó la mano hacia la guantera. La pequeña luz del interior iluminó lo que había dentro: la Glock que le había dado Henry Matheson y la botella de Pepsi.
Cogió la botella primero. Hacía mucho tiempo que no sostenía uno de los diseños patentados de Henry.
La botella estaba dividida en tres secciones, y cada sección estaba conectada por un tapón de rosca.
En el compartimento central, oculto tras la etiqueta de Pepsi, había una bolsa de cocaína, mientras que el tercio superior y el inferior estaban llenos de refresco, de modo que parecía un producto de consumo genérico, a pesar de su propósito más siniestro e ilícito.
Era una idea magistral y ya estaba resultando un éxito masivo en el mercado; una de las muchas razones por las que Liam quería involucrarse más en el negocio.
Se desabrochó el cinturón de seguridad, se echó hacia delante en el asiento y vertió el polvo sobre el salpicadero.
Con su tarjeta de débito, Liam lo organizó en una raya.
Emanaba un aroma delicado y sutil a fresa.
Había oído en la calle que Henry había empezado recientemente a rociar sus drogas con productos químicos de olor dulce porque eso provocaba mayores subidones de dopamina y serotonina en el cerebro.
Pero, lo más importante, hacía que la droga fuera más memorable para que los consumidores siguieran volviendo a por más.
Marketing en estado puro.
Antes de hacer nada, Liam comprobó la hora. Eran las 19:30. Se suponía que tenía una cita en media hora.
Hizo una llamada. El tono de marcado sonó en sus oídos.
—¿Diga?
—Tanya, soy Liam.
—Hola.
—¿Podemos dejar la cena para otro momento?
—¿En serio? ¿Me estás dando plantón?
—¿Estás en posición de discutir?
—Pensé que íbamos a hablar las cosas.
—Y lo haremos. Solo quiero posponerlo a las diez. Te recogeré en tu casa de camino a la mía cuando salga del trabajo, ¿de acuerdo?
—¿O sea que voy a pasar la noche en tu casa?
—Esta noche... la siguiente... la de después... ¿quién lleva la cuenta?
Si todo salía según lo previsto, las drogas no serían la única fuente de dopamina en su cuerpo.
—No tardes —dijo ella antes de colgar.
Sin prestar apenas atención a su comentario, dejó el teléfono a un lado, enrolló un billete de diez libras de su cartera para que pareciera una pajita, se lo introdujo en la fosa nasal derecha, presionó el otro lado con el dedo para cerrarlo y luego se inclinó hacia delante para esnifar.
Tres, dos, uno.
Despegue.
Los químicos salieron disparados por su nariz, quemando y erosionando el cartílago y la piel, dándole un subidón instantáneo. Y entonces comenzó la fiesta de bienvenida. Le hormigueaba la piel. Le hormigueaba el cerebro. Los músculos. Los huesos. Todo su cuerpo.
Liam se reclinó de nuevo en su asiento, cayendo, cayendo, cayendo. Se sentía eufórico, vivo, radiante. Como si nada pudiera detenerlo. Como si fuera invencible.
Un sonido a lo lejos lo distrajo y se enderezó de golpe, alerta. Eran las 19:45. Quince minutos habían pasado en un abrir y cerrar de ojos.
Era hora de actuar.
Decidiendo que aún conservaba todas sus facultades, se puso en camino hacia la casa de Drew.