Capítulo 68
NOVEDADES
J ake no recordaba haber llegado a casa la noche anterior.
Charlotte y él habían tomado una copa de más.
Habían pasado horas hablando de todo. De sus vidas.
De sus familias. Del matrimonio de Jake y de la soltería de Charlotte.
De sus intereses, sus deseos, sus aficiones.
Y luego pasaron a la investigación. Los progresos que ambos habían hecho; cómo Charlotte había estado trabajando incansablemente en un segundo plano fuera de su horario.
Y después analizaron los efectos que aquello estaba teniendo en ellos.
Jake había sido sincero sobre el hecho de que, aunque sentía que se acercaban al final de la investigación, todavía le parecía que todo no acababa de empezar; que era solo la punta del iceberg; que resultaba agotador física y mentalmente y no sabía cuánto tiempo más podría aguantarlo; que estaba sometiendo a su matrimonio con Elizabeth a una tensión sin precedentes.
Charlotte le había escuchado parlotear con un oído comprensivo y empático, pero él suponía que solo era por cortesía. Por desgracia, ella era la única persona con la que podía hablar, y agradecía que estuviera allí. Le gustara o no, ahora era algo más que una agente encubierta: era una amiga.
—Buenos días —dijo al entrar en la cocina. Elizabeth estaba preparando una taza de café para cada uno.
—Buenos días —respondió ella, evitando su mirada. Terminó de verter el agua en la taza y removió.
Jake se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla, pero ella se apartó.
—¿Está todo bien? —preguntó él.
—¿Tú qué crees?
—No te desperté al llegar a casa, ¿verdad? —preguntó Jake, cogiendo su café y buscando una silla en la mesa.
—No.
—¿Qué pasa entonces?
Ella lanzó la cuchara al fregadero, se dio la vuelta bruscamente y le miró con saña; las ojeras se le marcaron aún más, como si estuviera invocando al mismísimo diablo desde su interior.
—Disfrutamos mucho de la comida a domicilio anoche, gracias. Ah, espera , no, no lo hicimos: nadie apareció por aquí para traerla.
El arrepentimiento asaltó el cuerpo de Jake.
Como un boxeador, le golpeó en el estómago repetidamente hasta que se vio consumido por la culpa.
Otra vez. Había fallado a su familia. Otra vez.
Y ni siquiera se había dado cuenta. Había prometido volver a casa con comida y, en su lugar, se había quedado en el pub con Charlotte.
Era un marido pésimo. Y un padre todavía peor.
—Liz, yo...
—Ahórratelo.
—Lo siento. Deja que te lo compense. Pero... quizá hoy no pueda. No sé cuándo volveré a casa.
—No me importa. A nosotras no nos importa. Haz lo que quieras. Las niñas y yo vamos a ir al parque un par de horas hoy. Jugaremos un rato en los columpios, iremos al balancín, puede que incluso volemos una cometa. Y luego hemos quedado con Becky para ir a las carreras.
Jake dio un sorbo al café y lo escupió de inmediato; el contenido estaba hirviendo y se quemó la lengua.
—No irás allí a apostar, ¿verdad?
Elizabeth cogió su café de la encimera y se sentó en el extremo opuesto de la mesa, lo más lejos posible de él. Entre las montañas de papeleo, libros escolares y carpetas, estaba el portátil de la familia. Él no se había percatado, pero la tapa estaba abierta.
Elizabeth dejó su taza en la mesa y movió el ratón.
—No sabía que tuvieras un problema con que yo apostara —dijo ella, desafiante. Mientras la pantalla del ordenador cargaba, giró el aparato y se lo mostró a Jake—. Aunque tú no parecías tener ningún problema con eso la otra noche.
Frente a él estaba el sitio de apuestas que había visitado hacía unas noches, repleto de sus colores llamativos y vibrantes. Mierda . Se había olvidado por completo de cerrar la sesión y borrar el historial del navegador antes de llevar a Maisie a la cama.
—Yo... yo —tartamudeó. No había nada que pudiera decir que excusara lo que había hecho—. Yo...
—Cuando dijiste que ibas a buscar una solución a nuestros problemas, no esperaba que recurrieras a esto, Jake. Precisamente tú sabes mejor que nadie cuánto puede empeorarlo todo.
Jake agachó la cabeza avergonzado. Lo sabía, vaya si lo sabía.
Cuando Jake era más joven, su tío, Adam, había intentado aprovechar la posición de su hermano en el Chelsea para obtener información privilegiada y apostar en sus partidos, tanto nacionales como internacionales.
Ian le había dicho que no, pero Adam se volvió adicto rápidamente y no pasó mucho tiempo antes de que perdiera su casa, su matrimonio y a sus hijos.
Unas semanas después de que se formalizara el divorcio, su exmujer lo encontró colgando del techo tras dejar a los niños para su visita del fin de semana.
—Lo siento —dijo Jake, tragándose su culpabilidad—. Pero no hice nada. Solo me registré.
—¿Y qué te hizo pensar que registrarse era una buena idea?
Él se encogió de hombros.
—Tenían una oferta. Si gastas diez libras, te regalan otras diez.
—¡No tenemos diez pavos que podamos tirar así por las buenas!
Y luego están todos esos viajes en taxi que estás haciendo.
¿Qué está pasando, Jake? ¿Dónde estuviste y con quién anoche?
¿Qué más no me estás contando? Te juro por Dios que, como encuentre algo más, me llevo a Maisie y a Ellie y nos vamos directas a casa de mi madre.
Maisie entró en la cocina con un oso de peluche en los brazos y frotándose los ojos.
—¿Qué haces ya despierta, cielo? —preguntó Jake, inclinándose para cogerla en brazos.
—Me habéis despertado —respondió Maisie, apretando el oso contra su pecho.
—¿Dónde está Ellie, Maisie? —preguntó Elizabeth, poniéndose en pie.
—Jugando.
Jake y Elizabeth se miraron.
—Iré yo. —Elizabeth se escurrió de la silla, salió de la cocina y subió las escaleras.
Una vez que se hubo ido, Jake centró su atención en su hija. Su hermosa y preciosa hijita.
—¿Has dormido bien, cariño?
Ella asintió, con los ojos todavía entrecerrados. Él se acercó a la nevera y le buscó un zumo. Al desenroscar la tapa, dijo:
—No se lo digas a mamá, ¿vale?
—Secreto.
Jake soltó una risita.
—Eso es. Nuestro pequeño secreto. —Vaciló al oír el sonido de pasos bajando las escaleras—. ¿Tienes ganas de ir al parque hoy?
Los ojos de Maisie se iluminaron y sacó la lengua por un lado de la boca.
En ese momento, regresó Elizabeth con Ellie en brazos. Tenía una expresión severa en el rostro y las mejillas encendidas.
—¿Te has dejado la barrera abierta? —preguntó, aunque el tono de su voz le indicaba que ya sabía la respuesta.
Lo había hecho. Había sido un accidente, un descuido absurdo, pero era consciente de lo que podría haber pasado. Y si Ellie, o incluso Maisie, se hubiera caído por las escaleras y se hubiera hecho daño, nunca se lo habría perdonado.
Antes de que Jake pudiera responder, le sonó el teléfono.
—Siento que sea tan pronto, tío, pero te necesitamos aquí. Junto a la factoría agrícola. Cuanto antes. Ha habido una novedad importante. Es Garrison. Ha pasado algo gordo.
Liam colgó, dejando que las palabras resonaran en la mente de Jake. Factoría agrícola. Garrison. ¿Qué le había pasado?
—Lo siento, cielo —dijo posando a Maisie en el suelo—. Me tengo que ir. Te llamo cuando pueda, ¿vale?
Cuando Jake se inclinó para dar un beso a Elizabeth, ella giró la cara y soltó un suspiro profundo y frustrado.