Capítulo 47
UNA BUENA PIEZA
J ake estaba sentado dentro de su coche, ajeno a cuánto tiempo había pasado desde que Michael lo había echado de casa.
Había estado intentando encajar todas las piezas de lo que Michael le había contado.
Que no era mucho. Y, por un breve instante, incluso pensó en conducir hasta la prisión de Winchester y hablar con Freddy, pero descartó la idea casi de inmediato.
En los últimos meses, Jake había intentado ponerse en contacto con él —solo para mantener viva una apariencia de relación entre ambos—, pero Freddy no había respondido.
Quizá Michael tenía razón; quizá Freddy guardaba silencio por temor a que le ocurriera algún daño a su hijo.
Jake no lo culpaba. Él habría hecho lo mismo.
Justo cuando estaba a punto de arrancar el motor, un coche de policía patrulla entró en el callejón sin salida y pasó zumbando a su lado.
—¿Pero qué...? —articuló Jake en silencio mientras lo veía pasar a toda velocidad.
Los neumáticos besaron el asfalto cuando el vehículo derrapó hasta detenerse, y dos agentes uniformados se bajaron y corrieron hacia la puerta principal. Jake se desabrochó el cinturón de seguridad y se giró en el asiento para ver mejor.
Los dos agentes, ambos hombres, ambos de uniforme, aporrearon la puerta.
Unos segundos después vio a Isaac. Esta vez el hombre parecía más nervioso, como si lo acabaran de pillar con las manos en la masa.
Los agentes uniformados apartaron a Isaac de un empujón y entraron en la casa.
Menos de treinta segundos después, volvieron a aparecer, forcejeando con Michael delante de ellos, que llevaba los brazos a la espalda.
Lo metieron a empujones en la parte trasera de su coche, se montaron y salieron disparados por la carretera, pasando a toda pastilla junto a Jake.
Al hacerlo, las miradas de Jake y Michael se cruzaron.
Había una expresión de derrota y miedo en los ojos de Michael.
Algo no iba bien.
Un golpe en la ventanilla sobresaltó a Jake. Era Isaac.
—¿Qué está pasando? —preguntó Jake mientras bajaba la ventanilla solo un poco.
—Se lo han llevado.
—¿Por qué?
—Han dicho que han recibido informes de que ha incumplido las condiciones de su protección.
—¿Dónde?
Isaac lo miró con el rostro inexpresivo. —No lo sé. Por favor, no se lo digas a Garrison...
Jake giró la llave, se abrochó el cinturón y salió en su busca, dejando atrás al agente de protección de testigos.
Se metió entre el tráfico en sentido contrario, adelantando coches tan rápido como pudo, con el pie pegado al acelerador.
El coche patrulla iba casi a un kilómetro de distancia por delante, avanzando a buen ritmo hacia el sur.
Giró bruscamente a la izquierda en un cruce; Jake lo siguió.
En cuestión de segundos estaban en medio de la nada.
Solo sus coches en carriles estrechos, rodeados de grandes campos y granjas durante kilómetros a cada lado; de vez en cuando, el horizonte llano se veía interrumpido por un árbol o dos.
Jake no tardó mucho en alcanzar al coche de policía manteniendo una distancia de seguridad.
El único problema era que eran los únicos vehículos en la carretera.
Resultaba demasiado obvio, pero no podía hacer nada al respecto; se sentía agradecido de ir en un coche camuflado.
Su prioridad absoluta era asegurarse de que Michael estuviera a salvo, pero en ese momento no tenía ni idea de cómo lograrlo.
Su cuerpo funcionaba con una dosis de adrenalina combinada con el miedo a lo que le esperaba.
El coche de policía volvió a girar y entró en otro tramo de carretera que parecía idéntico al anterior. No, había una ligera diferencia: la carretera estaba elevada y, en el lado derecho, había una zanja que recorría toda la longitud del asfalto.
A lo lejos, una furgoneta negra venía en dirección contraria.
A medida que el vehículo opuesto se acercaba rápidamente al coche patrulla —treinta metros, quince, seis, tres— la furgoneta dio un volantazo frente a él.
El coche de policía, reaccionando con rapidez, se desvió hacia el borde de la carretera y saltó a una zanja unos metros más abajo.
El estruendo del choque fue horroroso, como si se hubiera disparado un arma dentro del coche de Jake.
Pero la furgoneta negra no había terminado. Perdió el control, virando hacia el arcén, pero cuando el conductor corrigió la trayectoria y se metió de nuevo en mitad del asfalto, la furgoneta se dirigió directa hacia Jake.
Tenía una fracción de segundo para decidir: chocar contra la furgoneta y morir, o desviarse hacia la zanja y sobrevivir.
La respuesta era sencilla.
Pegó un fuerte volantazo a la derecha, esquivando por poco a la furgoneta que cargaba contra él, atravesó un arbusto en la carretera y derrapó por la pendiente hacia la zanja.
Pisó los frenos a fondo, pero la tracción que conseguían sobre la hierba y la tierra era inútil.
La inclinación era moderada y su cuerpo se ladeó.
Tensándose, intentó equilibrar el peso del coche hacia el centro.
Finalmente, llegó al fondo de la zanja, con ambas manos pegadas al volante y el pie clavado en el freno.
El coche se caló, pero no le importó. Había cosas más importantes de las que preocuparse.
Como si se había cagado encima en el proceso, o si tenía el culo tan apretado que podría fabricar un diamante ahí dentro.
Por fortuna, la respuesta era negativa en ambos casos.
En su lugar, se quedó mirando fijamente a través del parabrisas, paralizado, jadeando.
Entonces gritó; sin palabras, solo ruido.
No fue hasta que oyó un ruido seco que volvió a la realidad.
Sacudió la cabeza violentamente y saltó del coche, trepando hacia el vehículo policial dañado.
Junto a la zanja corría una hilera de arbustos y árboles pequeños, alineados por una valla.
Desde su posición, parecía que un par de brazos gruesos hubieran atravesado el parabrisas del coche de policía volcado.
En el accidente, el capó se había clavado en el montículo de tierra y el vehículo había dado una vuelta de campana, quedando sobre su techo paralelo a la carretera.
El humo y el vapor salían de la parte delantera del vehículo y pronto llenaron el aire con un rancio olor a quemado.
Jake sabía que no tenía mucho tiempo. Preservar la vida era su principal objetivo.
Corrió hacia la parte delantera del vehículo para encontrarse con que estaba lleno de escombros y follaje.
Una sola rama, tan gruesa como una farola, se había hundido en el estómago del conductor.
Gruesos coágulos de sangre goteaban de la boca del hombre mientras colgaba boca abajo, atrapado.
Mientras tanto, el agente que estaba a su lado estaba aplastado contra el salpicadero como un muñeco de trapo.
Cubierto de cristales, con los miembros rotos y retorcidos en varios puntos.
La visión le provocó a Jake ganas de vomitar.
Intentó tomarles el pulso a ambos, pero pronto se dio cuenta de que sus esfuerzos eran inútiles.
A continuación, probó con la parte trasera del coche. Por la fuerza de la colisión, la puerta del pasajero de Michael se había abierto y deformado.
Cuando Jake se acercó, oyó un profundo gemido.
—¡Michael! ¡Michael! ¡Michael! —susurró Jake con frenesí—. ¿Estás ahí? ¿Estás bien?
Se asomó al interior del coche y vio a Michael colgando boca abajo, con el cuerpo sujeto por el cinturón de seguridad.
Sus manos estaban sueltas —se habían liberado en el choque— y la sangre brotaba de su cabeza y le corría por el brazo.
Jake trepó al interior, lo desenganchó de su asiento y bajó a Michael al suelo.
—Soy yo, Michael. Todo va a salir bien. ¡La ayuda está en camino!
Jake sacó a Michael de los restos del coche a pulso y lo arrastró hasta un pequeño terraplén al lado de la carretera. El cuerpo del hombre pesaba mucho y Jake sintió que sus músculos temblaban bajo la presión.
Michael estaba destrozado. Muy mal. No solo tenía la cara cubierta de sangre, sino que tenía la nariz rota, le faltaba la mitad de los dientes y se sujetaba el estómago con el brazo como si se aferrara a la vida.
—Voy a buscarte ayuda —dijo Jake, intentando consolarlo.
Cuando se levantó para irse, Jake oyó a Michael susurrar algo.
—¿Qué? —preguntó.
—No.
—Habla más alto.
Michael dobló el dedo en el aire y le hizo un gesto a Jake para que se acercara a su lado.
—Escucha —dijo Michael. Su voz era rasposa y se atragantaba con su propia sangre después de cada sílaba—. Escucha. Sin nombres. Nunca ningún nombre.
Al principio, Jake no entendió lo que Michael intentaba decir, pero luego, al darse cuenta, centró su atención en los labios de Michael.
—Sin nombres. Sí. Lo entiendo —dijo Jake—. ¿Qué más?
—Pero... me acuerdo...
—¿De qué?
—El tipo... el que nos encontró... lo oí una vez... algo que decía... mucho... una frase...
Sí, sí, sí .
—Él siempre... solía llamarme...
Jake se inclinó más.
—Me llamaba... buena pieza. Yo era... una buena pieza.