Capítulo 39
JUGUETES
A Liam le dolía todo el cuerpo. Las piernas.
El estómago. Los brazos. El pecho. El cuello.
Incluso la cabeza le pulsaba con un suave latido que hacía que las paredes dieran vueltas y su náusea se desbocara.
El tratamiento de ayer lo había dejado baldado.
Pero había un lado positivo, por pequeño que fuera.
Según sus médicos y la ingente cantidad de pruebas que había soportado como parte del tratamiento, estaba respondiendo bien.
El cáncer de los pulmones estaba remitiendo gradualmente.
Pero no sabía cómo iría la cosa. Había días buenos.
Había días malos. Algunos días se sentía feliz de estar vivo, mientras que otros lo dejaban con ganas de tragarse una bala.
Sin embargo, en lugar de hacer eso, había encontrado otra forma de matarse.
Si el cáncer no lo hacía, el alcohol se encargaría.
Era un veneno. Probablemente el peor que había tomado jamás, y eso era decir mucho porque en su época había llegado al final del abecedario de las drogas, y se había aprendido el silabario desde cero.
Pero el alcohol era diferente. Peor, sí.
Pero diferente. Y diferente, en este caso concreto, era bueno.
Le daba calor, no le nublaba los sentidos por completo y le calmaba parte del dolor.
Pero solo si lo consumía con moderación.
Liam se levantó pesadamente de su asiento, caminó arrastrando los pies hasta el fondo de la habitación y abrió el cajón inferior de su archivador.
Dentro había una botella de whisky —Jim Beam, su veneno favorito— y dos teléfonos de prepago.
Le encantaba su dulzor y la forma en que le quemaba la garganta.
Los dos teléfonos eran solo para emergencias.
Uno de ellos era su línea discreta para Drew —que también usaba para todos los demás— y el otro era el que utilizaba para comunicarse con El Cónclave.
Ver el teléfono que usaba para Drew le dio una idea.
Cerró el cajón de una patada, llenó su taza de café de plástico reutilizable con whisky y la metió en el cajón superior de su escritorio.
Eso le duraría el resto del día. Solo un traguito de vez en cuando para mantener los niveles, para sostener su sosiego.
Hizo girar el whisky y se lo acercó a los labios; después bebió. Delicioso. Suave. Solo. Lo único que le faltaba ahora eran unos cubitos de hielo delicadamente colocados y habría sido un comienzo de mañana perfecto.
Colocando la tapa en la taza, Liam buscó un paquete de caramelos de menta en su bolsillo, se echó uno a la boca y lo masticó.
Mientras el mentol se extendía como la pólvora por su boca y garganta, Liam se acercó a la puerta del despacho y llamó a Drew.
Era el único que estaba en la oficina en ese momento, aparte de algunos de los otros niñatos engreídos de su equipo que no le importaban lo más mínimo.
Ellos iban a lo suyo y él los dejaba. Si necesitaban algo, ya sabían dónde estaba su despacho.
—Buenos días, compañero.
Liam gruñó a modo de respuesta. —Toma asiento.
Drew hizo lo que le decía, recostándose en su silla, con los brazos extendidos sobre los dos reposabrazos y una pierna cruzada sobre la otra. Con aire de ser el puto amo del lugar.
—¿Has tenido ocasión de hacer lo que te pedí? —preguntó Liam.
Drew asintió con la cabeza. —Tengo todas las comunicaciones vinculadas a mi portátil en casa. Te daré el software y los datos de acceso para que tú también puedas escuchar.
Siguiendo las instrucciones de Liam, Drew había colocado dispositivos de grabación dentro de los coches de Garrison y Jake, solo para poder vigilar de cerca tanto sus movimientos como sus conversaciones.
En algún lugar había una serpiente bajo los juncos, y Liam estaba decidido a descubrir quién era ese cabrón.
Él era la mangosta, preparándose para lanzarse al cuello.
—Mierda... —dijo Drew.
—¿Qué?
—El coche de Garrison. Recoge el nuevo hoy mismo.
—Joder. ¿Ya?
Drew volvió a asentir con la cabeza.
—Ponle un micro en cuanto vuelva. No quiero que se salga con la suya en nada.
—¿Y Charlotte? ¿Quieres que haga el suyo también?
¿Charlotte? ¿Quién coño era Charlotte? Quizá la taza de whisky no duraría hasta el final del día después de todo.
Liam miró a Drew con la mente en blanco.
—¿No te has enterado? Esto... es una inspectora. Grayson. De la comisaría de Bernie. La han asignado para ayudarnos con el caso.
«Bernie’s» era el nombre que se le daba a la comisaría de policía de Croydon, un apodo que reflejaba su alto perfil y el consumo prevalente de drogas durante los años ochenta y noventa.
Del mismo modo que algunos se referían a Bow Green como «Snow Bow».
Mucho había cambiado desde aquellos días; mucha gente había pasado página.
Drew, sin embargo, nunca se había dado por aludido.
Liam respiró lentamente mientras asimilaba las palabras de Drew. Croydon. El antiguo terreno de Jake.
—Se me habrán pasado todos esos correos —Liam sacudió la cabeza—. Apuesto a que esto es cosa de Penrose, ese imbécil prepotente. ¿Cuándo empieza?
—Esta mañana. Probablemente llegará pronto.
Liam se miró las manos y jugueteó con sus uñas. Tenía que empujarse las cutículas.
—Ponle un micro a su coche también. Quiero oír todo lo que diga. Comprobaré sus antecedentes. Veré qué credenciales tiene.
—¿Algo más?
—Vigila también a Garrison. Se ha estado dejando ver mucho menos últimamente. No me gusta.
Drew se detuvo al ir a levantarse de la silla y luego se puso en pie lentamente. Parecía que acababa de terminar una entrevista de trabajo. Nueve de cada diez veces, Liam no le habría dado el puesto.
—¿Pasa algo más? —preguntó Liam, temiendo que ya conocía la respuesta.
—¿Alguna... alguna noticia sobre Matheson?
Ahí estaba. Ahí estaba la puta pregunta. Henry Matheson otra vez. Típico. Capullo testarudo .
—No. Ahora vete a buscar al viejo bastardo.
Eso cortó la conversación de inmediato. Y en cuanto se cerró la puerta, Liam sacó del archivador el teléfono de prepago de El Cónclave y marcó.
Nadie respondió.
Liam apretó el teléfono con fuerza y se metió la parte inferior en la boca. Mordió los botones, sus dientes se clavaron en el plástico, astillando algunos de los mecanismos internos del dispositivo.
Liam dejó que se le cayera de la boca y sacó su móvil personal.
Si había alguien que supiera lo que estaba pasando, sería el subcomisario Richard Candy.
El hombre estaba metido en todos los ajos; gajes del oficio.
Era el tipo de oficial de carrera que, nueve de cada diez veces, sabía qué estaba pasando y cuándo estaba pasando.
Había sido así desde que entró en la policía, y ese era un hábito que nunca iba a morir.
—Diga, Candy.
—Soy Liam. ¿Qué es eso que me han dicho de que una inspectora de Croydon ha sido llamada para ayudar con mi investigación?
—¿Cuál es su pregunta exactamente?
Liam y Candy eran amigos desde hacía mucho tiempo. Habían empezado sus carreras al mismo tiempo y se habían devuelto muchos favores desde entonces, pero en este momento, Liam sentía que el hombre estaba a punto de comportarse como un gilipollas integral.
—Empecemos por el porqué , ¿le parece? ¿Por qué se une a nosotros?
—La investigación necesita ayuda.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Sí que la responde. Lo que pasa es que no es lo que usted quería oír.
Liam agarró el ratón de su ordenador y lo apretó como si fuera una pelota antiestrés. Entre dientes, siseó: —No me joda con esto, Richard. Se lo juro por Cristo.
Candy no dijo nada. Por experiencia, Liam sabía que su amigo estaba dejando que se calmara, que pensara en lo que estaba diciendo y a quién se lo estaba diciendo. El juego de poder entre ellos dos había comenzado. Y siempre había un solo ganador.
Una vez que Liam controló su respiración, continuó: —¿Quién lo autorizó?
—Lo hice yo. En su nombre.
Liam suspiró, soltó el ratón.
—¿Cuándo se marcha?
—En cuanto el caso esté zanjado.
—¿A quién tiene que informar?
—A usted. Es parte de su equipo. Trátela como tal. —Hubo una pausa, que agradeció—. Piense en ello como un incentivo extra para terminar esto lo antes posible.
Y ahí estaba. Duro y evidente, como una bofetada en la cara. Quizá Richard no se había dado cuenta, pero acababa de revelar la verdadera razón por la que ella estaba allí.
—¿Ha cedido así de fácil? —empezó Liam—. Me decepciona. Un pequeño error en una rueda de prensa, una pequeña reprimenda de un lord , y pierde los estribos y consigue al primer agente disponible para ayudarnos.
—Ya lo oyó, Liam. Penrose quiere que esto se barra debajo de la alfombra. Los ojos del mundo nos observan.
—Vendido.
—Como le he dicho, es un incentivo para resolver el caso más rápido.
—No hace falta —dijo Liam—. Ya hemos hecho un avance. Ayer. Nuestro principal sospechoso se suicidó. Estamos esperando a los forenses.
—Entonces ya puede dejar de patalear.
Liam colgó y lanzó el teléfono sobre la mesa.
Si tan solo las cosas fueran tan sencillas.
Richard Maddison. El suicidio. Dejar la investigación resuelta tan pronto como le habría gustado.
La dinámica de la investigación había cambiado.
Tenían a alguien de fuera. Alguien que, sin duda, no era de la misma calaña que Liam, Drew, Garrison y ahora Jake.
Lo que significaba que lo cuestionaría todo sobre el suicidio de Richard Maddison y amenazaría con echar por tierra todo su arduo trabajo.
A partir de ahora tendrían que tener un cuidado exquisito si querían seguir adelante con su parte del plan. Y Liam iba a tener que hacer todo lo que estuviera en su mano para asegurarse de que ella no descubriera la verdad.
Y eso empezaba por enviarla de vuelta al agujero de mierda del que acababa de salir.