Capítulo 40
REGLAS
H abía ciertas reglas en el negocio de los asesinos a sueldo. Cosas que se debían y no se debían hacer.
La primera regla consistía en no utilizar nunca nombres. La segunda, en no hablar jamás del trabajo una vez llevado a cabo. Y la tercera era cobrar un depósito por adelantado y liquidar el resto al finalizar el contrato.
No eran reglas de oro, pero eran las de Georgiy.
Y las había quebrantado todas y cada una de ellas.
A estas alturas, Georgiy conocía el nombre del hombre con el que estaba a punto de reunirse y viceversa.
El inspector de la policía judicial Pete Garrison.
Un auténtico imbécil. Siempre tenía algo que decir, siempre tenía que expresar su opinión.
Como un asesino a sueldo de pacotilla que da instrucciones desde el asiento de atrás.
Como parte de su acuerdo con El Cónclave, era responsabilidad suya informar de cada mínimo detalle de las muertes de Danny Cipriano y Richard Maddison.
De ese modo, El Cónclave podría planificar y prepararse para cualquier consecuencia posterior si fuera necesario.
Georgiy no lo había aprobado, pero si quería su dinero, tendría que pasar por el aro.
Y eso había llevado a que se rompiera la última regla.
Por ninguno de los dos encargos había recibido ni un céntimo.
El lugar de encuentro eran los embalses de Warwick, a pocos kilómetros al norte de Stratford y del Estadio Olímpico.
Elección de Garrison. Era un sitio abierto, amplio y, para sorpresa de Georgiy, casi totalmente desierto, a excepción de una persona que paseaba a un labrador.
Un ligero frío azotaba las carreteras, si es que se las podía llamar así, y el sol de la mañana hacía brillar el rocío sobre la grava y la hierba.
Al otro lado de un terraplén empinado y una fina hilera de árboles se encontraba uno de los embalses, una vasta extensión de agua turbia.
Al otro lado de este había una línea ferroviaria que distorsionaba la tranquila serenidad del lugar.
Georgiy estaba aparcado en medio de un sendero artificial. Salió del coche y se apoyó en el capó, inspeccionando los alrededores. Llevaba uno de sus trajes favoritos y la americana ondeaba con la brisa constante. Cuando se trataba de negocios, le gustaba vestir adecuadamente.
A lo lejos se divisaban los imponentes rascacielos de Canary Wharf, sede de algunos de los mayores criminales del país. A pocos pies de él, un pato salió de detrás de un arbusto, se detuvo y se quedó mirando. Georgiy observó a la criatura con desconfianza.
Entonces oyó el sonido de un motor rompiendo el silencio. Georgiy se dio la vuelta en el sitio mientras Garrison se detenía detrás de él.
Consultó su reloj. —Llega tarde —dijo Georgiy mientras caminaba hacia la puerta de Garrison. El pato le siguió.
—Lo siento —respondió Garrison al bajar—. Estaba recogiéndolo. ¿Qué le parece?
El hombre señaló el Jaguar a estrenar. Tenía esa autenticidad de coche nuevo.
El brillo. La matrícula reluciente. El parabrisas perfectamente intacto y sin un rasguño.
Los neumáticos y las llantas de aleación impecables.
Era una hermosa pieza de ingeniería, admitió Georgiy, pero no era lo que había venido a ver.
—¿Quién es su amiguito? —preguntó Garrison, señalando al pato que había seguido a Georgiy—. ¿Cree que sospecha que hay gato encerrado?
—¿Qué?
—No importa.
—¿Tiene dinero?
—En el maletero.
Garrison rodeó la parte trasera del coche y abrió el maletero.
—Recuerde lo que dijimos. Mantenga un perfil bajo.
—No me diga cómo hacer trabajo.
—No queremos que nadie se entere de esto ni que lo vea.
Georgiy miró a su alrededor. —Elija lugar al aire libre para intercambio… Estúpido.
—Siempre hay un método en mi locura.
Garrison rebuscó en el maletero y sacó dos grandes bolsas de deporte negras, sin marca y discretas.
—¿Todo? —preguntó Georgiy mientras tomaba las bolsas de manos del policía.
—Está todo ahí. Quinientos mil. Medio millón. Más dinero del que veré en toda mi vida.
—Entonces ya sé adónde ir si falta algo.
El comentario provocó una mueca de Garrison y, al cerrar el maletero, se secó la frente con el dorso de la manga.
—Por cierto, El Cónclave quedó muy impresionado con cómo se deshizo de Maddison.
—¿Ah, sí?
—Pensé que debería saberlo.
Georgiy aceptó el cumplido, decidiendo que no era necesario decirle que Richard Maddison ya estaba casi muerto, boqueando y aferrándose a lo que quedaba de su vida cuando lo encontraron.
No era necesario decirle que Nigel había hecho un desastre en la escena del crimen al intentar ahogar a Richard antes de que la rápida pérdida de sangre pudiera robarle el alma; no era necesario decirle que había sido el dinero más fácil que habían ganado jamás.
—Yo también quedé muy impresionado —continuó Garrison—. Sabe, si mi mujer se vuelve insoportable y necesito deshacerme de ella, usted será el primer nombre que me venga a la mente.
Georgiy miró al pato. —No puede permitirse contratarme.
Garrison se rió entre dientes y señaló a Georgiy con el dedo. —Me cae bien. Es usted divertido.
Se dirigió de nuevo al lado del conductor y abrió la puerta. —Recuerde lo que le he dicho. Manténganse discretos un tiempo, ¿de acuerdo?
Georgiy dio la espalda a Garrison, se dirigió a su coche y lanzó el dinero en los asientos traseros. Antes de cerrar la puerta, abrió una de las bolsas, comprobó que el dinero estuviera allí y que no les hubieran traicionado, y luego cerró la puerta tras él.
En cuanto Georgiy metió las llaves en el contacto, Garrison se detuvo a su lado con la ventanilla del copiloto bajada.
—Se me olvidó mencionarlo, pero es probable que necesitemos sus servicios de nuevo pronto.
—¿Cuántos?
—Uno. Quizá dos.
—¿Detalles?
Garrison sonrió. —Ya estaremos en contacto.