Capítulo 37
LLEGADA
P ara cuando Jake llegó a la propiedad de Richard Maddison, los equipos de emergencia que habían sido avisados apenas estaban empezando a montar su puesto de mando avanzado en los cordones interior y exterior.
Se había acordonado una pequeña sección de la calle y los vecinos empezaban a arremolinarse como moscas cojoneras, zumbando en busca del último cotilleo del barrio.
Al pie del porche había una furgoneta de la científica.
Jake se acercó a toda prisa, cogió un mono de protección forense completo y se lo puso.
Justo cuando estaba a punto de cruzar el cordón para entrar en la casa, uno de los agentes uniformados le dio el alto.
—¿Se ha registrado?
Jake respondió con timidez que no lo había hecho y garabateó rápidamente sus datos en la hoja antes de entrar en la vivienda.
El edificio estaba plagado de especialistas de la policía científica.
Cada uno de ellos vestía el mismo sobretodo, y pronto resultó difícil distinguir a unos de otros.
Se fió de su conocimiento e intuición sobre la altura, complexión y postura de Drew para localizar a su colega.
Por suerte, era un hombre bajito, lo que reducía un poco el campo de búsqueda.
Jake avanzó por la casa, pisando las placas protectoras que la científica ya había colocado, y subió las escaleras.
Encontró a Drew arriba, merodeando junto al marco de la puerta del dormitorio. Jake le tocó el hombro. Su colega se dio la vuelta bruscamente y su cuerpo dio un respingo al reconocer a Jake frente a él.
—Me has dado un susto de muerte —dijo Drew.
Jake soltó una risita.— Lo siento, colega. ¿Qué ha pasado?
—Richard Maddison ha muerto. Suicidio. Se ha cortado las venas en la bañera. Se ha desangrado en la tina y por todo el suelo.
—Dios mío... —Jake se quedó sin palabras, pero de pronto recordó dónde estaba y en compañía de quién—. ¿Cómo nos... cómo nos afecta esto a nosotros ? —Habló en voz baja para que ninguno de los agentes forenses pudiera oírle.
Drew tiró de él hacia el dormitorio. Había un agente de la científica rebuscando en el contenido de los armarios, haciendo decenas de fotografías de la ropa in situ y documentando las pruebas. Drew le ordenó que se marchara.
—No pasa nada —dijo en cuanto el agente se hubo ido—. En realidad, es perfecto. Niquelado. Nos soluciona la papeleta. Que se haya suicidado hace que parezca que la culpa pudo con él.
—¿Tuviste oportunidad de colocar las pruebas? —Jake se maldijo a sí mismo al darse cuenta de que había vuelto a cometer el mismo error y se le había olvidado grabar la conversación. Tenía la cabeza a mil —aún aturdido por las noticias sobre Danika— y le costaba pensar con claridad.
—Porno infantil en su portátil y polvo de cemento en su ropa.
Drew señaló el portátil y el cesto de la ropa sucia que habían sacado del armario. Jake se fijó en un trozo de papel con garabatos en el suelo, junto a la silla del escritorio. No dijo nada.
—Supongo que encontró las pruebas y se dio cuenta de que no tenía salida.
Ahora haremos que parezca que su conciencia le obligó a suicidarse.
Tú mismo dijiste que tenía antecedentes de depresión, y tenemos un vínculo entre él y Danny.
Todo está niquelado. —Le dio a Jake una palmada en la espalda—.
Sabía que no me fallarías. Siempre debí haber tenido fe.
Drew le guiñó un ojo y salió de la habitación, dejando a Jake solo.
Estaba en estado de shock . El cuerpo se le quedó frío y un nudo enorme se le formó en el estómago, paralizándolo.
Su peor temor acababa de hacerse realidad.
Lo que no quería que ocurriera, acababa de suceder.
Y Drew lo había confirmado. Había ayudado a asesinar a Richard Maddison y había ayudado a que Liam, Drew y Garrison se salieran con la suya.
Se quedó sin pensamientos. Su mente se quedó en blanco y se quedó mirando el reloj de la pared, deseando poder retrasar las horas, los días, los meses, los años, y cambiarlo todo.
Unos golpes en la puerta lo distrajeron.
Era Garrison. Tenía los ojos entrecerrados y las arrugas a su alrededor parecían profundos barrancos oscuros.
—¿Estás bien, chaval? —preguntó Garrison.
—De maravilla —respondió Jake.
—¿Quieres ver el cuerpo?
Jake se encogió de hombros.— Ya que estoy aquí... —dijo, volviendo a meterse en el papel.
Garrison se apartó y dejó pasar a Jake. Este giró a la izquierda hacia el cuarto de baño contiguo; el sonido de sus protectores de calzado chapoteaba sobre el suelo y la alfombrilla.
La cabeza de Richard Maddison estaba rodeada de agua ensangrentada, apoyada junto al grifo.
Se le había ido el color de la piel y sus brazos descansaban sobre el borde de la bañera.
Las incisiones que se había hecho para quitarse la vida tenían cinco centímetros de largo y al menos uno de ancho.
El nudo se apretó y Jake sintió una arcada.
Saber que era en parte responsable de haber empujado a aquel hombre al abismo le daban ganas de vomitar.
Se tragó la náusea.
Jake inspeccionó la estancia, buscando cualquier anomalía, cualquier rasgo extraño.
Y entonces recordó lo que le había dicho Drew: que un grupo había irrumpido en casa de Richard momentos después que el propio Richard.
Quizá había algo más de lo que pensaba. Quizá era un montaje.
Quizá El Granjero y sus socios habían masacrado a Richard y lo habían hecho parecer un suicidio.
Quizá habían hecho un estropicio y habían dejado huellas de su presencia sin darse cuenta.
Jake escudriñó las paredes y analizó cada detalle. A su izquierda había un toallero. Al lado, frente a él, estaba el inodoro. Y eso era todo. Nada sospechoso a simple vista.
Pero entonces lo vio. Qué equivocado estaba.
Una huella, de barro, en el suelo, en la esquina de la alfombrilla.
Y parecía que ninguno de los forenses la había detectado.
Pero había otro problema: Garrison. El hombre estaba justo detrás de él.
Si quería asegurarla como prueba y echar por tierra su teoría del suicidio, no podía hacerlo con Garrison allí.
—Ha debido de ser una forma horrible de morir —dijo Jake mientras se giraba para quedar frente a Garrison.
—No hay ninguna forma fácil... —respondió Garrison.
Mientras Jake se acercaba a la puerta, algo en el rabillo del ojo le llamó la atención. Era una mancha de sangre, y los surcos de la huella dactilar eran gruesos y claros. No podía creérselo. Tenía una huella de calzado con barro y una huella dactilar con sangre donde no deberían estar.
Estaba tras la—
—¡Jake! ¡Garrison! —gritó una voz desde el hueco de la escalera.
—¿Qué quieres, Drew?
—Tenemos que irnos —dijo Drew al aparecer a mitad de las escaleras—. El jefe ha convocado una reunión.
Joder.
—Muy bien, terminamos en un segundo —respondió Garrison y se dirigió hacia el rellano.
Joder por partida doble.
No había oportunidad de fotografiar o examinar la huella dactilar de cerca. Pero tuvo una idea: la agente de la científica que trabajaba en el baño. Sí. Ella podría hacerlo.
Jake chasqueó los dedos, captó la atención de la agente y luego señaló el barro del suelo y la mancha de la puerta.
—¡Jake! —Era Garrison—. ¿Vienes o qué?
Jake giró la cabeza hacia su colega.— Sí... Sí... Ya voy... Sí.
Echó una última mirada a Richard Maddison, como para ofrecerle una penitencia por ser responsable de su muerte, y salió del baño con la esperanza de que la especialista forense hubiera entendido a qué se refería.
—El jefe nos ha llamado a la oficina —le dijo Garrison mientras se quitaban los monos forenses.
—¿Alguna idea de qué se trata?
—Seguramente le habrá dado un ataque de rabia. Su rueda de prensa no ha ido muy bien.
—¿Ah, sí?
—Al parecer, ese tal Oliver Penrose se ha presentado sin avisar, así que lo han cancelado todo.
—Vaya por Dios...
Jake agradeció tener su propio coche para regresar, donde pudo poner en orden sus pensamientos durante el trayecto de vuelta a Bow Green, aunque era más fácil decirlo que hacerlo.
Pasaban tantas cosas que no sabía en qué centrarse primero.
Y antes de que finalmente pudiera decidirse, ya estaba de vuelta en la comisaría.
Cuando los tres entraron en el MIT, los nervios empezaron a sacudir el cuerpo de Jake. Y se intensificaron por lo que vio ante él.
Sentada en el escritorio vacío frente al suyo había una mujer a la que no conocía.
Vestía un traje elegante con las mangas remangadas.
Bajo la chaqueta, llevaba una blusa con anclas de color azul marino.
Tenía el pelo rubio y ondulado, llevaba unas gafas blancas de montura gruesa y tenía una tez a juego.
—¡Hola! —dijo ella, sonriendo con entusiasmo. Se adelantó hacia ellos con la mano extendida.
—¿Y usted quién es? —preguntó Garrison mientras él y Drew se colocaban a ambos lados de Jake.
—Me llamo Charlotte. Vengo de Croydon. Formo parte del Equipo de Investigación de Crímenes Graves de allí.
Los tres la miraron con el rostro inexpresivo.
—¿Nadie se lo ha dicho? —preguntó ella.
—¿Decirnos qué? —Drew tomó el relevo.
—Soy la nueva inspectora jefe. Me han destinado aquí para ayudar con su investigación. Empiezo mañana, pero hoy solo quería pasarme a presentarme mientras se termina de formalizar todo el papeleo.
Jake se quedó con la boca abierta. Era como si los astros se hubieran alineado y se le hubiera quitado un peso de encima. Por primera vez, ya no se sentía solo. Sabía exactamente quién era Charlotte y el motivo por el que estaba allí.
Ella iba a ayudarle a condenar a Liam, a Drew y a Garrison.