Capítulo 33
NOSOTROS
U n nombre. Eso había sido todo lo necesario para sembrar el terror en el corazón de Jake.
Había evitado hablar de ello, pensar en ello, durante muchísimo tiempo, pero ahora que las cosas estaban como estaban, no había forma de esconderse.
Y ahora, mientras se encontraba a solas en la oficina —Liam, Drew y Garrison se habían marchado sin decir nada ni previo aviso—, era el mejor momento para hacerlo.
Para plantar cara a su miedo. Para enfrentarse a un viejo enemigo.
El inspector de la policía judicial Elliot Bridger.
Si había alguien que supiera algo sobre lo que le había pasado a Danny y fuera capaz de aportar alguna prueba contra Liam, Drew y Garrison, era él.
Desde el principio, allá cuando Jake empezó en la policía de Surrey —brevemente—, aquel hombre había demostrado que conocía todos los detalles intrincados en lo referente a La Cábala y los Crimsons.
Durante su último atraco en Guildford, en el primer día de Jake, Bridger había sido el policía corrupto que acechaba en las sombras, intentando ayudarlos a salir del país.
Su relación mutua había tenido tantos altibajos como un crucero cabeceando en la superficie del canal de la Mancha.
Habían acordado verse en el Club de Golf de Farnham, en el oeste de Surrey, a más de una hora y media de Bow Green.
En el aparcamiento, reconoció el Jaguar de Bridger —matrícula: br1D G3R— y aparcó al lado.
Al apagar el motor, Jake escudriñó los alrededores.
Nadie se había tomado la molestia de seguirlo; tampoco había siluetas sospechosas acechando al fondo.
Solo porque Liam, Drew y Garrison estuvieran ocupados no significaba que no hubieran enviado a alguien tras él.
Jake entró en el edificio de recepción de ladrillo, donde se topó con una pequeña tienda de regalos.
Camisetas y jerséis de colores fluorescentes lo miraban con intensidad, presumiendo de un cincuenta por ciento de descuento por tiempo limitado, y a su izquierda había un estante con palos de golf.
Nunca le había gustado ese juego, pero sí le agradaba el tacto de un palo al cogerlo.
Ligero por un extremo, pesado por el otro.
Ideal para forzar entradas y reventarle el cráneo a un hombre. Si llegaba el momento.
Al fondo del edificio estaba el mostrador de recepción, y Jake reconoció al hombre que lo atendía de su encuentro anterior unos años atrás, cuando él y Bridger intentaban localizar un juego de llaves que abría un dispositivo mortal de collar con pinchos.
El dueño, James, no había servido para nada entonces y Jake se preguntó si estaba a punto de descubrir si en esta ocasión el rayo caería dos veces en el mismo sitio.
—Buenas tardes, señor —dijo James cuando Jake se acercó.
—Buenas tardes.
El hombre señaló una puerta que conducía a una zona de bar y restaurante.
—Le está esperando —dijo James.
—¿Perdone? —respondió Jake, más por reflejo que por otra cosa.
—Le está esperando. Nuestro amigo común.
Punto demostrado. ¿Que el rayo caiga dos veces? Jamás.
Jake frunció el ceño pero no dijo nada antes de alejarse y desaparecer al doblar la esquina.
El interior del restaurante estaba limpio y vacío, salvo por un hombre sentado a una mesa con un vaso de agua en la mano.
Había veinte mesas circulares, de diversos tamaños y anchuras, repartidas por el local, con las copas boca abajo y sin servilletas.
A la derecha del espacio había una barra, por donde las gotas de condensación descendían como en rapel por el cuello de los grifos. Sonaba música de fondo. Jazz suave.
Bridger levantó la vista y luego alzó su vaso, haciendo un gesto a Jake para que se sentara con él.
—¿Tienes metida la mano en este pastel? —preguntó Jake, sacando una silla de la mesa.
—James es un viejo amigo mío. —Bridger señaló la barra con la cabeza. Jake se giró y vio que el dueño estaba ahora allí, secando una copa de cerveza con un paño.
—¿No me pareció que fuera así la última vez que estuvimos aquí? Por lo que recuerdo, nos contó una milonga y tú le creíste. No podías sacarnos de aquí lo bastante rápido.
—Aquel era el antiguo yo. Necesitaba un favor y él me debía uno. Solo hacía lo que yo le decía.
—¿Y este es otro favor que te debe?
—Paso mucho tiempo aquí ahora. Con los precios de la suscripción que cobra, probablemente sea justo decir que sí.
Jake miró alrededor del restaurante. Las mesas y las sillas eran de un roble oscuro y brillante que reflejaba la luz de las minilámparas de araña del techo.
Unos ventanales de suelo a techo recorrían todo el largo del edificio, mostrando los verdes del campo de golf al otro lado.
El edificio rebosaba lujo y destilaba riqueza y arrogancia.
Sentado allí, Jake se dio cuenta de lo desolado y silencioso que estaba.
—¿Por qué tengo la sensación de estar en una película de gánsteres de los noventa, esperando a que un par de matones sin más armas que sus puños y unos puños americanos salgan de las sombras y me den una paliza hasta que me cague encima?
—Porque tienes una imaginación hiperactiva. Es uno de tus defectos y de tus virtudes. Pero no hay nadie más aquí. Solo nosotros. Pensé que este sería un buen lugar para vernos porque nadie más lo conoce. A nadie se le ocurriría buscar aquí.
—Nuestro pequeño secreto —dijo Jake, notando que el tono de su conversación ya era más dócil y calmado de lo que habían sido sus encuentros anteriores.
Ya no había animosidad entre ellos, nada.
Solo dos polizontes. Uno intentando enmendar los errores del mundo, el otro intentando estropear los aciertos.
—Me han dicho que decidiste salirte pronto, ¿mientras todavía podías?
Bridger bebió un sorbo de su vaso y lo deslizó, ya vacío, hacia el centro de la mesa.
—Me salí en cuanto me di cuenta de que todo estaba jodido.
Sabía que nunca iban a dejar vivir a Danny y a Michael.
Así que me quité de en medio antes de que ocurriera.
He terminado con todo esto. Borrón y cuenta nueva.
—¿Y qué tal te va?
—Por ahora bien. Pero, antes de que lo preguntes, yo no tuve nada que ver con la muerte de Danny Cipriano, lo sabes, ¿verdad?
Desde la primera vez que se conocieron, Jake nunca se había tomado nada de lo que decía Elliot Bridger como una verdad absoluta. Siempre había alguna capa de engaño, algo que estaba omitiendo. El noventa por ciento era cierto, faltaba el diez por ciento. Pero, en ese momento, todo aquello cambió.
—Te creo. Pero sé quién lo hizo.
—¿Ah, sí?
Jake suspiró. La dinámica de su relación había cambiado en los últimos meses.
Durante los asesinatos de Stratford, y antes de que Danny y Michael Cipriano hubieran sido puestos en libertad provisional e integrados en el programa de protección de testigos, Bridger le había dado un único consejo que se le había quedado grabado durante mucho tiempo.
«Sal de ahí». Eso era todo. Que se mantuviera fuera del camino de La Cábala y dejara de meterse en cosas que no comprendía.
Y, por eso, Jake lo admiraba, incluso confiaba en él.
Pero ahora que empezaba a comprender las cosas que antes no entendía, era hora de seguir ese consejo.
—Están todos metidos —dijo—. Todos son corruptos. Liam, Drew, Garrison... todo mi equipo. Danny Cipriano abrió la boca cuando no debía y ahora ha pagado el precio por ello, y alguien llamado El Granjero lo remató.
Bridger frunció los labios y asintió como si no le sorprendiera oírlo, como si lo hubiera sabido desde siempre. Tal como Jake había imaginado. —Nunca pensé que vería el día en que te unieras al lado oscuro...
—No lo he hecho. Bueno... lo he hecho, pero... —Jake hizo una pausa y se rascó el lado de la cara—. Ahora van a cargarle el muerto a uno de los obreros de la construcción que encontró el cuerpo de Danny. Un tipo llamado Richard Maddison.
—Te lo dije —dijo Bridger, sin ocultar la suficiencia en su voz—. Si te quieren, te tienen. No hay escapatoria de las garras de La Cábala.
Bridger se sirvió otro vaso lleno de agua de la jarra de la mesa. Le temblaban las manos al beber.
—¿Pero qué hay de ti? —preguntó Jake, inclinándose hacia delante, bajando la voz hasta casi un susurro—. ¿Y si te pasa lo mismo a ti?
—No pasará. Yo estaré bien.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—He conseguido labrarme una inmunidad.
—¿Qué inmunidad? Hace unos meses estabas que te cagabas de miedo.
Bridger se dio unos golpecitos en un lado de la nariz. —Ojalá pudiera decírtelo, de verdad, pero estarías jugando con tu propia vida en lugar de con la mía, a diferencia de la última vez.
Jake suspiró, dobló las esquinas de la servilleta que tenía delante y controló su respiración. —Trabaja conmigo, Elliot, y podemos acabar con esto. ¿Cuántas veces lo he dicho ya? Podemos ayudarte. Podemos meter a La Cábala entre rejas, de una vez por todas.
—¿Podemos? —preguntó Bridger, encogiendo la barbilla contra el cuello—. ¿A qué te refieres con podemos ? Antes siempre era «yo»... «yo puedo ayudarte»... —Bridger vaciló—. ¿Qué has hecho, Jake?
—Fui al Departamento de Normas Profesionales. Me están ayudando a investigar a Liam, Pete y Drew.
Bridger barrió la mesa lateralmente con los brazos, tirando la mayoría de los cuchillos y tenedores al suelo. No se molestó en recogerlos.
—Estás jugando con fuego del puto gordo, amigo mío —dijo, con la cara congestionada—. Has cometido un gran error. Quizá el mayor error de tu carrera. De tu vida. Ya te lo dije una vez pero no me escuchaste. Esta gente tiene el poder de acabar contigo. Y nadie puede detenerlos.
—Eso es porque nadie lo ha intentado.
Bridger exhaló profundamente, se echó hacia atrás en la silla y cogió el cuchillo que quedaba en la mesa. Empezó a golpear incesantemente la base contra su servilleta.
—Eres un idiota, Tanner.
—Y tú un cobarde. Lo sabes, ¿verdad? Cubriéndote tu propio culo para que no vayan a por ti. ¿Y qué hay de Michael? Su vida también corre peligro.
—Michael no sabe nada. Nunca supo nada. Siempre fue tarea de Danny tener el control de la información.
—¿Sabes dónde está?
No hubo respuesta.
—¿Y qué hay de la persona que te ayudó a sacarlos de la prisión preventiva? Sabe tanto como tú. ¿También tiene inmunidad? ¿O solo es tu egoísta culo?
Seguía sin haber respuesta.
—Dime quién es, Elliot. Si no te preocupa tu propia seguridad, entonces déjame ayudar a proteger a esa persona .
La mirada de Bridger permaneció fija en Jake. —No te va a gustar, Tanner.
—Pruébame —siseó Jake.
Bridger se inclinó sobre la mesa. —Danika.