Capítulo 31
MEMORIA
R ichard Maddison vivía en una pequeña casa adosada, tan alta como ancha y construida principalmente de ladrillo que empezaba a desmoronarse.
«No debe de ser muy buen albañil si no puede arreglar su propia casa», pensó Drew mientras se acercaba a la puerta principal.
La puerta era de madera y tenía una fina rendija que recorría la parte superior e inferior, demasiado pequeña para el marco.
Al detenerse frente a ella, Drew sintió una corriente de aire revolotearle alrededor de los pies.
A su derecha había un pequeño ventanal. Las cortinas estaban echadas y había un viejo cenicero apoyado en el alféizar.
A ambos lados de la casa de Richard Maddison se alzaba exactamente el mismo edificio, construido con el mismo estilo, salvo que sus vecinos daban la impresión de cuidar mejor sus propiedades que él.
Junto al pie de Drew había una maceta. Se agachó e inclinó la maceta hacia un lado con la esperanza de que Richard no hubiera sido tan estúpido como para dejar una llave de repuesto debajo.
Tenía razón. Estaba vacía, a excepción de unas cuantas cochinillas perturbadas que se escabulleron de vuelta hacia la oscuridad.
Drew estiró las piernas y dejó que la maceta volviera a su sitio. Se balanceó de lado a lado y luego empezó a girar. Finalmente se detuvo. No quedó exactamente en la misma posición, pero serviría.
Quitándose la mochila del hombro, Drew abrió la cremallera superior y hundió la mano en su interior.
Allí, guardadas en un pequeño compartimento, encontró sus herramientas de cerrajería.
Antes de forzar la cerradura, hizo un pequeño reconocimiento de los vecinos y de la calle, se aseguró de que nadie le estuviera observando ni espiando, y se puso manos a la obra.
En cuestión de segundos, estaba dentro. La puerta se abrió y Drew estiró la mano para evitar que golpeara contra la pared adyacente.
Una vez dentro, consultó su reloj: las 15:57.
No había forma de saber cuándo volvería Richard, pero sabía que podría ser pronto.
Se dio tres minutos para entrar y salir.
Sin perder más tiempo, Drew subió las escaleras y se dirigió directamente a la segunda puerta a la derecha: el dormitorio.
La habitación era pequeña y angosta. La cama estaba a mano derecha, tan cerca de la puerta que casi se golpeó la rodilla con ella al entrar.
A su izquierda había un escritorio con un portátil encima.
Del armario colgaba ropa y había un ventilador de pie bajo la ventana que tenía enfrente.
Drew se acercó al armario mientras buscaba en su mochila el trozo de cemento.
La ropa que colgaba del armario parecía limpia, recién lavada, como si fuera parte de un atuendo que Richard ya hubiera preparado para cambiarse al llegar a casa.
No servía de nada. Drew necesitaba ropa sucia; ropa que Richard hubiera llevado la noche que murió Danny.
Drew abrió el armario y encontró un cesto de la colada en su interior.
—Perfecto —susurró.
Agachándose, Drew colocó el cemento embolsado en el suelo y lo pisoteó, triturándolo en fragmentos más pequeños y polvo.
Diez pisotones después, abrió la bolsa de pruebas, metió el dedo, recogió un poco de polvo y lo depositó sobre una camiseta que estaba en lo alto del montón.
En pocos segundos, esa parte de su operación estaba terminada.
Selló la bolsa, cerró el armario y se dirigió al portátil de Richard.
Sin quitarse los guantes, Drew levantó la tapa.
La pantalla se iluminó y apareció ante él una imagen de archivo de una montaña tras un lago.
Drew pulsó la tecla intro y, para su sorpresa, el portátil se desbloqueó y lo llevó al escritorio de Richard.
Metió la mano en el bolsillo e insertó la memoria USB.
En ella había miles de imágenes de pornografía infantil que había robado de los archivos digitales de la comisaría.
Muy arraigado en el hardware del dispositivo había un programa que cifraba el origen de los archivos para que resultara imperceptible para la informática forense, de modo que no se pudiera rastrear.
Todo rastro de su implicación era inexistente, y ahora aquello era un problema de Richard.
No solo lo arrestarían por el asesinato de Danny Cipriano, sino que también lo mandarían a la cárcel por ser un prolífico pederasta.