Capítulo 19
EL BAJÓN
R ichard Maddison deambulaba por las calles sin rumbo fijo, con la mente vacía.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que lo escoltaron fuera de la comisaría; el tiempo parecía haberse detenido mientras sus piernas seguían en movimiento.
Aunque sabía que debía de haber pasado el día entero.
Ya era de noche, y los trabajadores y estudiantes que merodeaban por las calles hacía unas horas habían terminado su jornada, intercambiando el turno por adolescentes, bebedores y fiesteros.
Todavía estaba en estado de shock. Comprensible, la verdad, considerando las circunstancias.
Pensó en ese gilipollas de inspector. En cómo se había comportado.
En cómo lo había presionado con lo de las drogas y la bebida.
¿Lo sabía ya? ¿O solo estaba jugando con él?
No importaba. No tardarían mucho en descubrirlo todo.
¿Y entonces en qué situación se vería? Jodido de arriba abajo, en esa situación.
Una comprobación. Solo eso. Bastaría con eso. Una comprobación y su vida entera se habría acabado. No quería eso. Peor aún, no quería pensar en ello en este momento. Quería una distracción; necesitaba una distracción.
Richard se frotó el antebrazo y se detuvo. A lo lejos, por encima de la hilera de tiendas que tenía delante, distorsionado por los semáforos y las farolas, se alzaba un bloque de pisos. Lo reconoció al instante.
Se paró poco a poco, sacó el teléfono y navegó por su agenda hasta que encontró el único número que no tenía un nombre registrado. Marcó.
—¿Diga? —respondió finalmente la voz.
Richard se relajó. La voz le resultaba familiar, amable y extrañamente reconfortante.
—¿Jermaine? —preguntó Richard.
—¿Quién quiere saberlo?
—Me alegra oír tu voz, hermano —empezó Richard—. Soy yo, Richard, de Whitemoor. El preso alfa-sierra-siete-nueve-tres-dos. Estuvimos juntos en el módulo uno.
Hubo un breve momento de vacilación, seguido de una carcajada profunda. —Richard, colega. No me he olvidado de ti tan fácilmente. ¿Qué me cuentas, hermano? ¿Todo bien?
Richard estaba de pie junto a la cabina telefónica, fuera de un supermercado Sainsbury’s Local. —¿Te acuerdas de aquel ofrecimiento que me hiciste cuando estábamos dentro? Puede que tenga que aceptar.
—Claro, hermano. Lo que necesites. No importa la hora. Sabes que puedes contar conmigo —dijo Jermaine con voz grave.
—¿Y qué tal ahora?
—Sí, tío. Pásate.
Richard sonrió. —Perfecto. Estaré allí en unos diez minutos. Solo tengo que pillar unas provisiones por el camino.
—Vale —dijo Jermaine, dando por concluida la conversación.
Richard colgó, giró a la derecha para entrar en el Sainsbury’s Local y compró una botella de vodka Russian Standard.
Estaba preparado para una noche intensa.
Hacía mucho tiempo que no bebía. Y no veía la hora de sentir de nuevo esa sensación de ardor consumiéndole la garganta y el cuerpo.
No veía la hora de revivir esa sensación que te altera la mente y te ayuda a bloquear toda la mierda del mundo.
Le hacía falta desesperadamente. Los antidepresivos no estaban haciendo nada, así que quizá esto ayudaría.
Richard salió de la tienda, paró un taxi y le ordenó al conductor que se detuviera a cien yardas de la urbanización de Jermaine, el complejo Huntingdon.
Luego hizo el resto del trayecto a pie, con el cuello de la botella fuertemente sujeto en su mano.
Cuando llegó a la urbanización, subió unas escaleras de hormigón y se dirigió hacia el piso trece. El dominio de Jermaine Gordon.
Mientras estaban juntos en prisión, Jermaine había alardeado de tener la mitad superior de la urbanización como su piso de soltero y de que todos los demás en el edificio eran de su propiedad.
De una forma u otra. Todos trabajaban para él —transportando ingentes cantidades de droga y armas para los yonquis de los alrededores— o habían trabajado para él y ahora estaban asentados en una especie de jubilación anticipada...
eso, hasta que un miembro de una banda rival los apuñalaba o los acribillaba desde un coche en marcha.
No obstante, todo su duro trabajo le había ayudado a convertirse en el segundo mayor traficante del East End de Londres. El segundo después de Henry Matheson.
Richard se detuvo ante el piso de Jermaine y llamó a la puerta.
El pesado estruendo de la música del interior se detuvo y, unos segundos después, apareció Jermaine.
Incluso dentro de casa, llevaba una sudadera negra gruesa con la capucha cubriéndole la cara y los cordones anudados sobre la clavícula.
Jermaine era un tío intimidante, un tipo duro, y Richard había visto de primera mano que no era buena idea meterse con él; dudaba que la cara del otro prisionero se hubiera curado alguna vez de la paliza que recibió tras cabrear a Jermaine por una nimiedad.
Tan insignificante, de hecho, que Richard ni siquiera recordaba qué había sido.
—Qué pasa, hermano —dijo Jermaine, enseñando una fila de dientes blancos—. Me alegra verte, tronco.
Se estrecharon la mano con un saludo familiar que habían practicado y perfeccionado en la cárcel y luego entraron los dos. Había un puñado de personas que Richard no conocía sentadas en el sofá jugando a videojuegos, cada uno repantigado y con la mirada vidriosa.
—¿Una copa? —preguntó Jermaine, llamando a Richard.
Richard levantó el vodka. —He venido preparado.
—Sabía que podía confiar en ti, hermano. —Jermaine le dio a Richard una palmada en la espalda, le quitó la botella y se dirigió a la cocina. Unos instantes después regresó con dos vasos en la mano, llenos casi hasta el borde.
—¿Esperas que sea una noche movidita? —preguntó Richard.
—Sé que tú sí. ¿Quién trae una botella de vodka sin nada para mezclar? No pasa nada, hermano. Podemos ponernos ciegos juntos.
Richard cogió el vaso de Jermaine y se rascó la nuca con la mano libre. —La verdad es que esperaba que tuvieras algo más fuerte.
Jermaine se quedó helado. —¿Tan mal están las cosas ya?
—Se podría decir que sí.
—Te tengo cubierto, hermano. Descuida. Pero todo a su tiempo, amigo mío. Todo a su tiempo. ¿Qué andas buscando?
—De todo.
—Vaya, joder. Las cosas deben de estar crudas. Ven, vamos.
Al entrar en el salón, Jermaine se lo presentó a los demás.
Mencionaron sus nombres, pero él no les prestó atención; no esperaba acordarse de ninguno por la mañana.
En los siguientes treinta segundos, Richard dio la vuelta a la habitación estrechando la mano de todo el mundo y finalmente encontró un sitio en el sofá junto a Jermaine.
—Buen sitio tienes aquí. Te oía hablar tanto de esto cuando estábamos dentro que durante mucho tiempo pensé que solo estabas soltando paridas —dijo Richard.
—Soy un hombre de palabra. Como te dije: te cubro la espalda si alguna vez lo necesitas.
Richard dio un gran trago al vodka. El alcohol le bajó a toda prisa por la garganta y le quemó por dentro. Hizo una mueca al tragar, sintiendo cómo el cuerpo se le calentaba y experimentaba un hormigueo.
—Tranquilo, tronco —dijo Jermaine—. Aún nos queda una noche larga por delante. Entonces, ¿me vas a contar qué pasa o voy a tener que sacártelo a la fuerza?
Richard exhaló profundamente. Luego dio otro sorbo al vodka.
—¿Te has enterado de ese cadáver que han encontrado junto al Estadio Olímpico? —preguntó Richard.
—Sí, tengo mis contactos por allí abajo. He oído algo. —Jermaine hizo una pausa, como si los engranajes de su cerebro hubieran empezado a girar.
—Yo encontré el cuerpo. Estaba enterrado en hormigón. Lo encontré y llamé a la pasma. He estado en una sala de interrogatorios todo el día.
—Putos cerdos. ¿Tienen algo contra ti?
—No.
—¿Entonces por qué te estresas, hermano?
—Era Danny Cipriano.
—¿Me vacilas? —dijo Jermaine—. ¿Cómo lo sabes?
—Le reconocí la mano, tío. Los tatuajes. La cicatriz. La verruga del pulgar.
—¿En serio?
Richard asintió. —Ojalá no fuera así. Y en cuanto los federales empiecen a investigarme, van a descubrir todo lo que hay que saber.
—¿Quieres que te lo solucione? —Jermaine señaló a uno de los tipos del sofá—. Ya sabes que vamos armados.
—No —dijo Richard apresuradamente.
—¿Quieres protección para ti? Sabes que te puedo dar lo que necesites.
—Pasa de eso, J. No puedo. No voy a involucrarme en eso. No voy a volver a la cárcel otra vez, tío. No puedo volver a chupar celda. ¿Sabes lo difícil que me resultó encontrar trabajo después de salir? Tardé dieciocho meses, y solo llevo en este puesto un par de ellos. No, no puedo cagarla así.
—¿Podrías trabajar para mí?
Richard miró a Jermaine, estupefacto. La sinceridad en la voz de Jermaine era evidente.
—Con todo el respeto, paso.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Ahora mismo, solo quiero olvidar. Olvidar que todo este lío de hoy ha pasado.
—¿Seguro? —dijo Jermaine, alzando la mano—. ¿Estás listo para la coca de la cárcel? ¿No decías que esa mierda era demasiado para ti?
—Tal como me siento, nada es demasiado fuerte.
Jermaine chasqueó la lengua contra los dientes, dejó el vaso sobre la mesa y se levantó de la silla.
Richard no se había dado cuenta, pero en el poco tiempo que llevaban hablando, ya se había liquidado tres cuartas partes de su bebida y el contenido estaba empezando a hacer efecto.
En el rincón de la habitación había una pequeña cómoda.
Jermaine abrió el cajón superior y sacó una jeringuilla y unas cuantas bolsas de polvo blanco.
—¿Seguro que quieres hacer esto?
—Durante las próximas horas, me importa una mierda lo que haga. Siempre que me saque de aquí. —Richard se señaló la sien.
Jermaine se encogió de hombros. —Tú verás, hermano. Pero ten cuidado con esa. —Jermaine señaló la heroína en una de las bolsas de plástico—. Esa mierda te dará el mejor subidón, pero el bajón más asqueroso.
Richard sonrió con sorna y se inclinó hacia delante. —¿Y si no quiero bajar?