Capítulo 17
CON EL AGUA AL CUELLO
L iam quería oír el sonido de su voz; lo anhelaba.
Solo habían pasado unos días y ya la echaba de menos.
El estrés de las últimas horas le había pasado factura.
Danny. El Granjero. La Cábala. Garrison.
Drew. Jake. El puto Lord Oliver Penrose del puto Comité de los Juegos Olímpicos de Londres.
Tenía la mente agotada de intentar averiguar qué iban a hacer a continuación.
Hasta qué punto podía confiar en Jake. Cuánto le había contado Drew.
Las consecuencias serían catastróficas si no encubría el asesinato lo antes posible.
Tanto Drew como Garrison eran un estorbo en el mejor de los casos, y eso cuando no estaban lidiando con crímenes de alto perfil como aquel.
¡Joder! Golpeó el volante con la mano. Le vendría de perlas un poco de coca ahora mismo. O Molly. Cualquier cosa. Algo que le quitara la ansiedad y le hiciera olvidar por un rato.
No. No, no, no, no, no. Sacudió la cabeza. No lo hagas, idiota. No lo hagas. Ya sabes qué pasa cuando lo haces.
En su lugar, mientras estaba sentado en la plaza de aparcamiento frente a su piso, hizo una llamada.
—Hola, extraño —dijo la otra persona a su oído.
—Hola, tú. ¿Me has echado de menos?
—No te hagas demasiadas ilusiones —dijo ella, dándole un corte de la forma habitual.
—¿Dónde estás? ¿Estás ocupada?
—Podría estar libre unas horas o toda la noche. ¿Quién quiere saberlo?
—Yo. Además, tengo algo gordo para ti. Estoy seguro de que te encantará oírlo.
—Realmente sabes cómo excitar a una chica, Liam.
Él puso los ojos en blanco con deleite. Le encantaba cómo decía su nombre. Había algo tan crudo en ello, tan sexy... una inflexión en su voz que le daba ganas de arrancarle la ropa. O quizá era porque, en su mente, ella ya estaba medio desnuda.
—Voy para allá ahora mismo. Llevaré el champán. Espero que estés juguetona.
Tardó quince minutos en llegar a casa de Tanya Smile; cuatro minutos menos de lo que debería haber tardado.
Mientras Liam se dirigía con paso despreocupado hacia la puerta principal, desterró de su mente todo pensamiento sobre El Granjero, La Cábala, Danny Cipriano y Jake Tanner, se engominó el pelo con los dedos y se limpió las orejas.
—Alguien tiene mucha prisa —dijo Tanya al abrir la puerta de su casa en el norte de Londres. Llevaba una camiseta fina de rayas blancas y negras con unos pantalones cortos de vaquero azul. Tenía el pelo recogido de la cara en una coleta. Incluso se había molestado en ponerse pintalabios para él.
Liam levantó la botella en el aire como si fuera un guerrero que regresaba con la cabeza cortada de un enemigo. —Tengo sed —dijo, guiñándole un ojo mientras pasaba por su lado.
La casa de Tanya era como un segundo hogar para él.
Había pasado mucho tiempo allí en los pocos meses que llevaban viéndose.
Su relación era un secreto y ambos debían mantenerlo así.
El éxito de sus trabajos dependía el uno del otro.
Tanya era reportera de la BBC News y él siempre intentaba darle exclusivas de última hora siempre que era posible.
Al principio, había sido a cambio de una buena parte de sus primas, pero, a medida que la relación avanzaba, dejó de ser una cuestión de dinero para convertirse en lo que sentían el uno por el otro.
Llevaban haciendo negocios juntos unos años, desde que se conocieron en una entrega de premios de televisión y ella se mostró receptiva a la idea de formar una sociedad.
—¿Y bien? ¿Qué es esa historia que tienes para mí?
—¿Negocios... ya?
Ella cogió dos copas de vino de un armario y las puso sobre la encimera. —Sabes que no me gusta mezclar los negocios con el placer. Lo vuelve todo complicado.
—No decías eso la otra semana.
Ella lo miró con picardía y luego volvió a centrar su atención en la conversación. —¿Qué calibre tiene, en la escala de las cosas?
Liam cruzó la cocina, encontró una bolsa de cacahuetes en el armario y los puso en un cuenco. —Está en la escala de Danny Cipriano —dijo—. La escala más alta que existe.
—Ahora sí tienes mi atención.
—Bastante sencillo, en realidad. Está muerto. Enterrado vivo en hormigón. En el Estadio Olímpico de Londres.
Tanya se quedó helada y se tapó la boca con la mano. —Dios mío.
—Lo sé, ¿verdad? Pero es un asunto peliagudo.
—Siempre lo son cuando tú estás por medio.
—¿Qué puedo decir? El peligro tiene una forma especial de encontrarme.
—Así que... ¿cuál es el plan?
—Estamos intentando localizar a alguien, pero habrá que ver cómo va la cosa. Pero hay otro problema...
—¿Cuál?
—El LOCOG no quiere que nada de esto salga a la luz. Un capullo multimillonario y engreído llamado Oliver Penrose quiere mantenerlo oculto.
Tanya suspiró y se cruzó de brazos. —¿Entonces por qué me lo cuentas?
—Porque quería que fueras la primera en saberlo. Pero no puedes decir nada hasta que yo te confirme que se puede lanzar.
—Eres un provocador —dijo ella, sonriéndole y mostrando una dentadura de un blanco reluciente.
—De lo contrario, estaremos con el agua al cuello. Sin salida. Y bien jodidos.
—No parece un lugar en el que me gustaría estar.
—Tampoco suena a un lugar en el que querrías que estuviera yo —dijo él—. Así que más vale que mantengas la boca cerrada por el momento.
Se acercó a ella y la besó. —Y se me ocurren algunas formas extra de asegurarnos de que así sea.