Capítulo 10
LEALTAD
U na hora más tarde, Drew estaba en pleno proceso de preparar la Sala de Investigación Principal —el núcleo de su investigación— cuando Jake entró de golpe y dio un portazo a sus espaldas.
—Creo que deberías sentarte —dijo Jake, con la mente luchando todavía por procesar lo que le habían contado.
Había pasado los últimos treinta minutos dándole vueltas una y otra vez en su cabeza, incrédulo.
Buscando cualquier motivo por el que ella pudiera habérselo inventado, cualquier razón por la que pudiera estar intentando despistarle. Al final, no había ninguna.
—¿Estás bien, tío? —preguntó Drew, girándose para mirarle.
Jake señaló con la cabeza la silla más cercana a Drew—. Tenemos que hablar.
Drew hizo lo que se le decía. Jake sacó una silla para él al otro lado de la mesa. Exhaló profundamente, buscando las palabras adecuadas y la mejor forma de decirlas.
Se quedó en blanco en todos los sentidos.
—¿De qué va todo esto, Jake? —preguntó Drew, rascándose la nuca—. ¿Qué quería esa tal Hannah?
—Ha hecho una acusación preocupante, Drew.
—Sigue...
—No debería contarte esto, bajo ningún concepto, pero no consigo entenderlo. —Jake hizo una pausa y sus ojos recayeron sobre el escritorio, sobre la montaña de papeleo y carpetas que tenía delante—. Dice que te conoce de algo. De hace mucho tiempo. Que lo vuestro viene de lejos.
—Ya...
Estaba decidido. Tenía que decírselo a Drew.
Jake tragó saliva y se lamió los labios, pero su boca, carente de humedad, no sintió alivio alguno—. Te acusa de haberla violado.
—¿Qué? ¡¿Cómo?! ¡¿Cuándo?! ¡¿Dónde?! ¡Joder!
Drew saltó de la silla y la lanzó al otro lado de la habitación.
Rebotó en el suelo y fue a chocar contra la pizarra blanca.
Jake echó un vistazo al resto de la oficina tras las particiones de cristal; varios miembros del equipo se habían puesto en pie y asomaban la cabeza por la puerta y las columnas, intentando ver mejor qué pasaba.
Jake los despachó con un gesto de la mano y volvió a centrarse en Drew.
—No me lo creo. No me lo puto creo. —Unas gotitas de flema salieron proyectadas de su boca como el spray de una botella de lejía; sus palabras eran casi igual de venenosas.
Caminaba de un lado a otro, con una mano masajeándose la nuca mientras la otra se frotaba el tabique nasal—.
Yo no... Espera. ¿Qué has dicho tú ? ¿La crees? ¿Te crees eso ?
Jake vaciló antes de responder. El desarrollo de la situación —y el temperamento de Drew— dependía de su respuesta.
—No sé qué creer —mintió Jake—. Pero lo que sí sé es que no puedo ignorarlo.
—Claro que puedes, joder. Es muy sencillo. Hay formas de evitar este tipo de cosas. Siempre las ha habido y siempre las habrá... —Drew se detuvo de repente, con el pecho agitado y los ojos desorbitados.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Jake.
Drew se quedó paralizado un momento más y luego cruzó la sala corriendo para abalanzarse sobre Jake. Apenas unos centímetros separaban sus rostros. El aliento espeso, cálido y manchado de café de Drew asaltó los sentidos de Jake, desbaratando un poco más su ya maltrecha resaca.
—Sigues sin entenderlo, ¿verdad? —empezó Drew, mientras su saliva chocaba contra la mejilla y la barbilla de Jake—.
Sobre nosotros . Sobre cómo trabajamos. Sobre cómo hacemos las cosas aquí.
Hay una lealtad entre todos nosotros. Lealtad .
Nos cubrimos las espaldas, pase lo que pase, sin importar la mierda que nos caiga encima —gruñó Drew—.
Si quieres tener una aventura con alguna fulana de la oficina, nadie se lo va a decir a tu mujer.
Si quieres meterte algo, nadie se va a enterar...
y nos aseguraremos de que haya una forma de esquivar los controles aleatorios también.
¿Por qué? Porque nos cuidamos unos a otros.
Podemos comprar su silencio. Pero si lo que quieres es dinero, yo puedo solucionarlo.
¿Diez mil? Puedo darte diez mil. No los tengo ahora, pero te los puedo dar.
No hay problema. Solo tienes que darme algo de tiempo.
En cuanto los tenga, puedo enseñarte de dónde sale el resto...
de dónde sale para todos los demás también.
Una vez que veas eso, no volverás a cambiar de opinión.
Diez mil libras era mucho dinero. En su caso, le cambiaría la vida. Lo suficiente para saldar todas sus facturas y deudas pendientes, y aún le sobraría algo. Tal vez podría usarlo para comprar algo bonito para las niñas. Un televisor nuevo. Juguetes. Un coche nuevo. Unas vacaciones...
Espera, ¿en qué estaba pensando? Aceptar el dinero estaba mal, era ilegal. Supondría cruzar la línea hacia un territorio en el que había jurado no entrar jamás. Drew había infringido la ley y arruinado la vida de alguien. No había cantidad de dinero que pudiera compensar eso.
A menos que... a menos que... Una idea brotó en su cabeza. Una buena. Una de las mejores hasta la fecha. Solo necesitaba darle forma.
—¿Jake? ¿Jake? —insistió Drew.
Antes de que pudiera responder, Drew puso las manos sobre el pecho de Jake, arrugándole la corbata y el cuello—.
Me ayudarás con esto, ¿verdad, Jake? Me ayudarás a salir de esta, ¿sí?
Recuerda lo que te he dicho. Lealtad . Valoramos la lealtad muy pero que muy alto en este equipo, y siempre tiene recompensa, como te he dicho.
—Drew le dio un toque en el pecho a Jake—.
Escucha, con esos diez mil puedes pagar todas tus deudas.
En este equipo, el problema de uno se convierte en el problema de todos.
Así que esto es tan tuyo como mío. Recuérdalo.
Porque si yo caigo, te arrastro conmigo. Recuerda eso .
Drew le dio una palmadita en el hombro a Jake, alisando una arruga en la costura, y se marchó.
Jake gruñó para sus adentros y luego caminó de un lado a otro, ordenando sus pensamientos.
No había mucho que pensar. Drew le había acorralado.
No sabía cómo se había enterado su colega de sus problemas financieros, pero lo sabía.
Y Jake tendría que asegurarse de que la noticia no se extendiera al resto del equipo.
Cuando salió de la sala unos minutos más tarde, ya había tomado una decisión.
Y aquello iba en contra de todo en lo que creía.