Bajo la Raya (DC Jake Tanner 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

HACIENDO PROMESAS

E l aire acondicionado funcionaba a toda potencia dentro de la sala de interrogatorios, enfriando los brazos de Jake y la parte posterior de su cuello, resecándole la garganta.

Frente a él, al otro lado de la mesa, estaba Hannah Bryant, la segunda testigo.

Cada uno tenía un vaso de agua, cortesía de uno de los oficiales del equipo.

Jake dio un largo sorbo al suyo antes de pulsar el botón de grabación en la máquina que tenía al lado.

Sonó un zumbido. Era un sonido profundo y monótono que duró cinco segundos, aunque parecieron bastantes más.

En cuanto terminó, Jake completó las formalidades y comenzó.

—Espere —dijo Hannah. Miró hacia abajo, a su regazo, y jugueteó con las manos—. Yo... Hay algo que...

—Continúe —dijo Jake tan educadamente como pudo.

—No he tenido nada que ver con este asesinato. Fue Richard el que me llamó en cuanto lo encontró. Le dije que os llamara, pero como no lo hizo, fui yo quien hizo la llamada.

Hannah vaciló. Su rostro le decía que había algo más que quería decir, así que Jake se mantuvo en silencio y dejó que continuara. —Pero... pero hay algo más también.

Jake aguzó el oído. Quizá podría añadir este caso a la creciente lista en su historial de los que había sido responsable de resolver.

—Yo... Yo... —Hannah seguía teniendo dificultades.

—Tómese su tiempo, por favor. ¿Quizá un sorbo de agua le ayude?

Hannah hizo lo que Jake le aconsejó y, al dejar el vaso sobre la mesa, levantó la cabeza. Sus ojos estaban empañados por el inicio de las lágrimas, y unas líneas como bigotes se extendían desde sus comisuras.

—Su nombre es detective Jake Tanner, ¿verdad?

Jake arqueó una ceja. —Así es...

—Y su colega, el que estaba con usted en la obra, se llama sargento Drew Richmond, ¿no?

Jake asintió.

—Bueno, yo... esto... me gustaría... —Tragó saliva antes de asestar el golpe final—. Me gustaría poner una denuncia contra el sargento Richmond.

Jake esperó a que la tensión y el choque inicial de la declaración se disiparan, tanto en la sala como en su mente. El pulso se le había acelerado y empezaba a sudar. Ahora agradecía el aire acondicionado.

—¿Puedo saber por qué? —dijo, esforzándose por mantener la compostura ante ella.

—Me violó.

Jake parpadeó varias veces mientras repetía las palabras en su cabeza.

—¿Él qué?

Ella tartamudeaba al hablar. —Fue hace mucho tiempo, cuando yo tenía diecisiete años. Hace... hace quince años, supongo... Creo que entonces solo era un agente raso. Y tenía un aspecto diferente, pero en cuanto dijo su nombre le reconocí.

La mente de Jake se quedó en blanco. Solo acertó a hacer la primera pregunta que le vino a la mente mientras el resto de su cerebro procesaba lo que Hannah le contaba.

—¿Lo denunció en aquel momento?

Hannah agachó la cabeza. —Al principio no. Quería, pero no pude. Quiero decir, ¿quién me iba a creer? ¿Quién me iba a escuchar? No tenía pruebas. Me lavé en cuanto llegué a casa. Y luego lloré toda la noche. Mi madre me encontró por la mañana y me obligó a contarle lo que había pasado.

—¿Ella la convenció para ir a la policía?

Hannah asintió.

—¿Qué ocurrió entonces?

—Hablé con alguien sobre ello...

—¿Con quién? —preguntó Jake, interrumpiéndola.

—No recuerdo muy bien su nombre. Creo que era... creo que era el detective Harrison. O... ¡no, Garrison! Garrison. Fue el oficial Garrison; se lo denuncié a él.

El cuerpo de Jake se quedó frío. Le costaba asimilarlo.

Sabía que había algo sospechoso entre Drew y Pete.

Les separaban veinticinco años y, sin embargo, siempre estaban juntos, uña y carne.

Y luego estaba el cachondeo. Las bromas que compartían.

Como si fuera un disfraz para ocultar su secreto.

Había un vínculo —una experiencia compartida— que los unía.

—¿Qué medidas tomó el oficial Garrison? —preguntó Jake tras un largo momento de silencio.

—Ninguna. No hizo nada. Puso el caso en el montón sobre su escritorio y lo dejó allí.

Cuando intentamos hacer un seguimiento, volvió y dijo que no había pruebas, o que se habían extraviado, y que de todos modos el caso no se sostendría en el tribunal porque yo era una niña poco fiable.

Era la palabra de Richmond contra la mía.

Hannah contuvo las lágrimas con un sollozo y habló con vehemencia; Jake admiró su valor. —Incluso buscamos a un abogado diferente que dijo que no había pruebas que respaldaran la acusación, y que simplemente debía dejarlo pasar.

—¿Recuerda el nombre del abogado?

—Haversham. Rupert Haversham. Nunca le olvidaré. Era un viejo sudoroso. Tenía sobrepeso y apestaba a grasa. Me daba un asco de muerte.

Jake asintió comprensivo, anotando mentalmente el nombre. No podía empezar a comprender por lo que Hannah había pasado. Era inhumano, abominable e injusto.

—¿Le importaría...? —No había una forma fácil de abordar el tema—. ¿Le importaría explicarme qué ocurrió?

Hannah se frotó la parte inferior de los ojos con el revés de la manga. —¿Qué quiere saber primero?

—Todo. ¿Cuáles fueron las circunstancias? Y... ¿qué hizo él?

Hannah tomó un sorbo de agua antes de empezar.

—Tenía diecisiete años. Acababa de dejar el instituto.

No sabía qué hacer conmigo misma, así que fui a la universidad.

Lo odiaba. Así que empecé a hacer un poco el tonto.

Tuve algunas infracciones menores por comportamiento antisocial, pero nada grave.

Cosas insignificantes como robar caramelos de una tienda o rayar el coche de alguien.

Incluso me pillaron con una bolsa de marihuana encima.

Me dieron un par de avisos, pero nada serio.

El sargento Richmond se aseguró de ello.

—¿Cómo se aseguró?

Otro sorbo. —Me dijo que podría evitarme los antecedentes penales si hacía lo que él quería.

Al principio eran cosas pequeñas, como comprarle alcohol y drogas y cosas así; cosas que él no se molestaba en comprar él mismo, o que sabía que no podía ser visto con ellas.

Pero luego las exigencias crecieron, hasta que... hasta que...

—No pasa nada —dijo Jake—. Tómese su tiempo. Si no quiere hacer esto aquí, puedo organizar que se haga en otro lugar.

Hannah volvió a negar con la cabeza. —La noche que pasó, me dijo que fuera a su casa. No pensé que fuera a pasar gran cosa... solo pensé que querría pasar el rato.

Aspiró aire frío entre los dientes. —Cuando llegué, me invitó a pasar y me llevó a la cocina. Tenía un par de copas de vino sobre la mesa. Me dio una y nos sentamos en el sofá. Estuvimos hablando un rato y luego se me lanzó.

—Cuando intenté apartarlo, me agarró y me inmovilizó.

Intenté empujarlo para quitármelo de encima y salir de su casa, pero no me dejó.

Me sujetó con más fuerza y me desnudó. —Las lágrimas asomaron a sus ojos—.

Me bajó los pantalones y luego me violó hasta que sangré.

Me desmayé por el dolor y la vergüenza después de aquello, y él simplemente me dejó allí.

Cuando me desperté, cogí mis cosas y me largué.

Fui a casa, me duché y bueno... ya conoce el resto.

Jake se lamió los labios. Tenía la boca tan seca que le dolía tragar, pero aquello era insignificante comparado con el dolor y la tortura que Hannah había sufrido.

—Yo... no sé qué decir —dijo Jake lentamente, esforzándose por sostenerle la mirada.

—Prométame que hará algo al respecto.

Jake asintió. —Tiene mi palabra. No puedo prometer que vaya a ser una investigación rápida, pero se llevará a cabo, se lo aseguro.

También hay folletos sobre cómo presentar quejas contra la policía en la entrada de la comisaría.

Cójalos y llame a los números; hable con alguien.

Yo escalaré la situación por mis canales y, juntos, podremos solucionar esto, ¿de acuerdo?

Hannah sonrió.

Jake estaba acostumbrado a hacer promesas; sobre todo a Elizabeth y a las niñas sobre cosas tontas e infantiles, como que nunca se olvidaría de ellas, que nunca dejaría que nadie les hiciera daño, o que nunca querría a una más que a la otra.

Pero esta era una promesa que nunca pensó que tendría que hacer.