Bajo la Raya (DC Jake Tanner 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

RECUPERANDO EL TIEMPO PERDIDO

J ake forcejeaba para encontrar la cerradura. Tanteaba y hurgaba en la puerta con la llave, esperando que la débil luz de la calle iluminara el ojo lo justo para saber hacia dónde guiarla.

Estaba borracho. Y era la primera vez que lo estaba en mucho tiempo.

Solo había tenido intención de quedarse a tomar un par.

Uno de esos viejos adagios, una mentira que la gente infeliz les cuenta a sus parejas en cuanto la relación empieza a agriarse y a estancarse.

Una se convirtió en dos, dos en tres, y luego la cosa fue a más.

Todos los demás del equipo habían pagado una ronda.

Al principio, él había intentado protestar —aunque no le hicieron ni caso— y luego, para la cuarta ronda, había dejado de intentarlo.

¿O acaso estaba demasiado borracho? Al fin y al cabo, estaban celebrando algo, y si querían invitarlo, eso era exactamente lo que iban a hacer.

De pronto, sin que él llegara siquiera a tocarla, la puerta se abrió de par en par y la luz del pasillo salió de la casa y lo cegó.

—¿Qué narices estás haciendo? —preguntó Elizabeth, con los brazos cruzados sobre el pecho. Una respuesta acogedora de una esposa cariñosa. Vas a despertar a los niños.

Se hizo a un lado, agarró a Jake por la manga y lo arrastró hasta cruzar la meta.

—¿Cuánto has bebido? —susurró con severidad mientras Jake intentaba quitarse los zapatos... sin éxito.

—Solo unas pocas —mintió él—. Tos’ empezaron a pag-gar rondas y... no sabía qué ha’er.

—Decir que no.

—Estábamos celebrándolo. Ya soy ofi’ialmente detec’ive. —Jake esperaba que la sonrisa de su rostro aplacara un poco a Elizabeth. No fue así.

—Te has perdido la cena. Los niños te buscaban, e incluso te tenía preparada una sorpresita para después. —Elizabeth se apretó los lados del camisón contra el cuerpo—. Además, hay algo que tienes que ver.

Antes de que pudiera responder, Elizabeth se dirigió furiosa al otro extremo del pasillo y entró en la cocina.

Él se preguntó cómo era capaz de caminar en línea recta, y tan rápido además.

Él lo había intentado desde el taxi hasta la puerta principal y le había resultado un suplicio, casi abrazado a la acera mojada.

Las paredes a su alrededor daban vueltas y sintió que se le venía encima un dolor de cabeza; era el comienzo de una resaca espantosa que asomaba por el horizonte, llamando a la puerta.

Jake se descalzó y avanzó arrastrando los pies por el pasillo, apoyándose en la pared para no caerse.

En la cocina, Elizabeth estaba de pie junto a la isla central con un papel en la mano.

—¿Quéeseso? —preguntó Jake. La cruda luz de la cocina le provocó una oleada de náuseas.

Elizabeth estampó el papel sobre la encimera. —Léelo tú mismo.

Cuando volvió a cruzarse de brazos, Jake vislumbró el sujetador de encaje negro que llevaba debajo del camisón.

No lo reconoció, lo que significaba que era nuevo.

Lo cual quería decir que realmente le tenía preparada una sorpresa.

Jake intentó acercarse a ella y rodear con el brazo su estrecha cintura, pero ella lo mantuvo a raya y señaló la carta en su lugar.

Jake bajó la mirada hacia el papel blanco e intentó leer. Las palabras bailaban en la página y se fundían en un único bloque de texto. Sin embargo, dos resaltaban sobre el resto: importante y notificación. Marcadas en rojo.

—¡Pensé que habías dicho que lo habías solucionado! —dijo Elizabeth.

Jake levantó un dedo en el aire mientras intentaba leer, tambaleándose al hacerlo.

—Yo... yo... Debería estar soluc’onado. Está en marcha. Hablé con ellos el otro d-día, pero...

Elizabeth le arrebató el documento y lo agitó en el aire.

—No podemos permitirnos esto. Además de todo lo que ya tenemos aquí encima. Alquiler. Comida. Impuestos. Internet. Agua. Luz. Guardería. Los niños. Es una locura y me está estresando. No puedo creer que te dejaran hacerlo. —Las lágrimas asomaron a sus ojos, mientras hinchaba las mejillas.

Jake se apresuró a acercarse y la abrazó con fuerza. Le acarició los brazos.

—Todo va a ir bien, Liz, ¿vale? Lo arreglaremos. Yo lo arreglaré. ¿Cuándo te h-he f-fallado yo?

Sorbiendo por la nariz, ella dijo: —Estoy preocupada, Jake. Por los niños. Por lo que pueda pasarnos si no podemos arreglar esto.

—No tienes nada de qué preocuparte, Liz, cr-créeme. Vete a la cama. Yo me voy a q-quedar levantado un rato.

Elizabeth se apartó de él, asintió y le lanzó un beso al aire antes de salir de la cocina. Esperó hasta oír el suave sonido de sus pies sobre el entarimado del piso de arriba; luego se sirvió un vaso de agua, se lo bebió de un trago y se sentó en la silla más cercana al fregadero.

El año anterior, en su intento por atrapar a Lester Bain —un asesino en serie que había matado y descuartizado brutalmente a seis mujeres que había conocido a través de una comunidad de internet—, Jake había introducido los datos de su tarjeta de débito en la Dark Web.

No tardaron mucho en clonarlos y en que desapareciera una cantidad considerable de dinero de la cuenta conjunta que compartía con Elizabeth, donde guardaban todos sus ahorros.

Tras mucha insistencia y un vaivén interminable entre los bancos y Scotland Yard, había recuperado parte del dinero, cerrado la cuenta y abierto una nueva.

Pero en el tiempo que le llevó hacer todo aquello, se había retrasado en varios pagos del seguro del coche, el alquiler, el gas y el agua.

Ahora estaban intentando ponerse al día.

Y los tipos de interés subían, mientras el dinero en la cuenta bancaria de los Tanner menguaba constantemente.