Bajo la Raya (DC Jake Tanner 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

EL FOSO

L o llamaban el Granjero. Su nombre real era Georgiy.

Para sus colegas, era George. Para sus amigos…

bueno, no tenía. Se encargaba personalmente de que así fuera.

El apodo era un homenaje al significado de su nombre en su ruso natal y, de forma más figurada, se le conocía por arrollar a todo el que se interpusiera en su camino.

Nunca era algo personal; era simplemente su trabajo.

Georgiy entró con la furgoneta Transit negra en el Estadio Olímpico de Londres.

La vasta estructura y los alrededores aún estaban en construcción, y presentaban un aspecto casi terminado; su tamaño descomunal hacía que la furgoneta y todo lo que había en las inmediaciones parecieran diminutos.

Estaban ya bien entradas las primeras horas de la madrugada y se encontraban envueltos en la oscuridad.

Una llovizna ligera y persistente —de esa que apenas es visible a simple vista, pero que se las arregla para calarlo todo— descendía sobre la ciudad.

Georgiy apagó el motor, lo que detuvo las escobillas del limpiaparabrisas a mitad de su recorrido, y se giró hacia un lado. — ¿Dónde está ella?

Vitaly, el miembro más joven del equipo y también el más inexperto, se encogió de hombros.

Con un cuerpo que casi doblaba en tamaño al de Georgiy, resultaba difícil comprender su parentesco.

Primos lejanos por parte de un tío del que Georgiy nunca había oído hablar, sí, pero familia al fin y al cabo.

Vitaly era un trabajador incansable, sabía escuchar y aprender, y prometía mucho.

Su único defecto era su elección de apodo; insistía en que lo llamasen el León.

Bajo ninguna circunstancia estaba Georgiy dispuesto a llamarlo así.

Era un nombre ridículo, y si Vitaly quería que la gente lo respetara, debería dejar que los demás eligieran su nombre por él.

Así es como funcionaban las cosas. Todo lo que necesitaba era un mentor severo y una mano que lo guiara para que eso fuera posible.

Georgiy giró el cuerpo y miró hacia la parte trasera de la furgoneta.

El panel de separación se había retirado, dejando a la vista toda la cabina.

En el interior se encontraban dos hombres: un amigo y un enemigo.

El aliado se llamaba Nigel Clayton; vestía una sudadera negra con capucha y un pasamontañas que lucía la silueta de una calavera a la altura de la boca, y estaba de pie junto a sacos de grava, arena y cemento que bordeaban las paredes de la furgoneta.

Mientras tanto, al fondo, estaba el enemigo: una figura tumbada de lado con las manos a la espalda y el rostro cubierto, que se retorcía y gemía.

Georgiy señaló a la figura con la cabeza. — ¿Algún problema?

—Nuh, ninguno todavía —respondió Nigel con un acento británico por excelencia.

—Bien. ¿Dónde está el sitio?

—Justo ahí —Vitaly señaló por la ventana hacia un largo tramo de asfalto que rodeaba el estadio.

Cuando Georgiy se dio la vuelta para mirar hacia donde señalaba Vitaly, sus ojos enfocaron de nuevo. Una mujer, alta, esbelta y menuda, avanzaba hacia ellos como un jaguar en la noche. Caminaba con rapidez y vigor: con determinación. Tatiana , pensó él con melancolía.

Georgiy abrió la puerta y saltó la corta distancia hasta el suelo. — ¿Dónde has estado?

—Asegurándome de que no os hubieran seguido —respondió Tatiana en un inglés casi impecable a pesar de su marcado acento ucraniano. Era políglota, una de esas personas inteligentes que poseían la envidiable capacidad de adoptar y hablar varios idiomas. Era su mayor destreza, entre muchas otras.

—¿Está todo despejado?

—No estaría aquí si no lo estuviera —replicó ella con brusquedad—. Y tú tampoco. —Bajo la tenue luz, sus ojos oscuros centelleaban, pero él sabía que, tras ellos, ardía un fuego de determinación.

Tatiana se dirigió hacia la parte trasera de la furgoneta y a él le costó alcanzarla.

Se detuvo en seco junto a la manilla, desbloqueó las puertas traseras y las abrió de par en par.

El hombre del suelo se encogió y retrocedió, jadeando y respirando con dificultad, gimiendo con exceso de miedo y confusión.

Tatiana señaló el saco que le cubría la cabeza.

—¿En serio?

Georgiy ignoró el comentario y agarró al hombre por debajo del brazo. Mientras sacaba el cuerpo de la furgoneta a rastras, respondió: —No me digas cómo hacer trabajo.

El hombre pesaba mucho, era como un peso muerto en sus brazos; un peso muerto que estaba muy vivo y que no paraba de dar patadas.

Pero no por mucho tiempo.

Georgiy puso al hombre en pie y escudriñó los alrededores, estudiando los huecos y agujeros en la tierra que rodeaban el perímetro del estadio donde las obras aún no habían concluido.

—Por aquí —dijo Tatiana y, para cuando Georgiy le prestó atención, ella ya se dirigía en dirección opuesta.

Vitaly y Nigel bajaron de la furgoneta y empezaron a sacar la mezcla de cemento mientras Georgiy la seguía, arrastrando al hombre consigo.

Cien yardas después, se detuvieron junto a una gran zanja.

Tenía casi dos metros de profundidad y uno de ancho.

Al lado del agujero había una hormigonera grande.

Un largo tubo de metal sobresalía de la parte superior de la máquina y apuntaba al suelo, junto a los pies de Tatiana.

Georgiy fijó la vista en el agujero. — ¿Qué se supone que es esto, piscina?

—Un parterre de jardín. Un lugar para que crezcan árboles. Se suponía que debían rellenarlo hace un par de días, pero el plan se descartó, así que ahora nadie sabe qué va a pasar con esto.

—¿Es bastante grande?

Ella se giró hacia él. Se encogió de hombros. —Descúbrelo tú mismo.

Georgiy apretó el agarre sobre el cuerpo del hombre y le arrancó el trozo de tela de la cabeza.

En cuanto el oxígeno limpio inundó sus pulmones, el hombre dio una bocanada y se atragantó. Era un ruido sibilante y ronco que parecía causarle un dolor físico. Abrió la boca para hablar, pero al hacerlo solo empeoró las cosas.

—Cállate —dijo Georgiy.

—Po-po-por favo⁠—

Georgiy empujó al cuerpo al interior de la zanja y observó cómo el hombre caía rodando; su rostro chocaba contra grandes rocas y fragmentos de tierra y grava.

Soltó un pequeño grito ahogado que resonó por los muros del estadio y, por un momento, Georgiy se asustó —los ruidos fuertes y bruscos eran asuntos desagradables en este negocio—, pero enseguida se dio cuenta de que no había de qué preocuparse.

La obra estaba deshabitada. No habría nadie allí en las próximas horas.

Lo que significaba que tenían tiempo de sobra para terminar lo que habían ido a hacer.

Georgiy se desentendió del hombre de la zanja y dirigió su atención a Vitaly y Nigel, que estaban junto a él.

Les hizo un gesto con la cabeza e instantáneamente empezaron a echar los sacos de arena, grava y cemento en la hormigonera.

Vitaly agarró el tubo y lo acercó al borde del agujero.

Tras él, la máquina se puso en marcha, produciendo un zumbido rítmico y bajo mientras el tambor giraba y mezclaba el contenido.

Georgiy saltó a la fosa y agarró al hombre por el cuello. Toda esperanza había abandonado sus ojos.

—Tienes tres minuto hasta que mezcla cemento esté lista —dijo, apretando el agarre—. Lo que significa que tienes tres minuto para decirme toda información que necesito oír. Después de eso, te enterramos vivo. ¿Entiendes?

—Po-po... —balbuceó el hombre. Las lágrimas asomaron a sus ojos, la saliva le espumeaba en la boca y un nudo se le formó en la garganta.

Georgiy no podía creérselo. Uno de los atracadores a mano armada más prolíficos y notoriamente violentos del país estaba llorando como un bebé. Era vergonzoso. Patético.

Georgiy le propinó un puñetazo en la cara. —Menos de tres minuto ahora, ¿y quieres perder tiempo puto suplicando? Usa tiempo sabiamente, de lo contrario, no te queda ninguno.

El hombre escupió un coágulo de sangre. — ¿Qué quieres de mí?

—¿Con quién has estado hablando?

—Con nadie, lo juro.

Georgiy esbozó una sonrisa. —Curioso. Mi jefe dice otra cosa.

—Tengo dinero.

—Mis jefes también.

—¿Quiénes son tus jefes?

—Dos minuto.

—No sé de qué me hablas, de verdad.

Georgiy se encogió de hombros. —Si ese es caso, te enterramos igual.

—¡No! —los ojos del hombre se agrandaron—. ¡No!

Georgiy volvió a golpearle en la cara. Esta vez su puño aterrizó con fuerza sobre un pómulo, enviando un ramalazo de dolor por toda su muñeca. Lo ignoró.

—¿Con quién hablabas? ¿Cómo se llamaba periodista? Pregunta sencilla. Nombre. Dime qué les dijiste. Esa información vale tu vida, ¿no?

Otro coágulo de sangre, esta vez más grande que el anterior, mezclado con restos de grava y tierra. Las comisuras de los labios del hombre se elevaron y sonrió, mostrando unos dientes manchados de sangre. —Os encontrarán, ¿sabes?

—¿Quién?

—Mis jefes.

A Georgiy se le erizó la piel. — ¿De qué hablas?

—Se enterarán de que pagasteis para sacarme de allí.

Se enterarán de que me trajisteis aquí. Se enterarán de todo.

Y entonces se desharán de vosotros. Igual que intentáis hacer conmigo.

Todos somos peones en este puto juego. Sois prescindibles.

Como el resto de nosotros. Y para cuando os deis cuenta, será demasiado tarde.

—¿A quién más diste información? —continuó Georgiy.

—A alguien que va a hacer algo al respecto.

Georgiy volvió a levantar el puño. Mientras se preparaba para asestar el golpe en el rostro del hombre, Vitaly llamó desde atrás.

—Ya está listo.

Un fino chorro de hormigón goteó del extremo del tubo. Georgiy estiró el brazo y lo agarró. Le dio un rodillazo al hombre en el estómago, lo sujetó por la nuca y luego le metió el tubo en la boca.

En cuestión de segundos, la mezcla pastosa le llenó la boca y se desbordó por los lados. El hombre se asfixiaba y tenía arcadas, escupiendo parte del contenido al suelo y al brazo de Georgiy.

—¡Ya basta! —gritó una voz, pero él no prestó atención a quien fuera.

—¡Yo decidiré cuándo es basta!

Él era la voz de la autoridad y no le importaba recordárselo a los demás. Todos tenían un trabajo que hacer, una información que extraer. Y solo había una forma de conseguirla.

Georgiy golpeó al hombre en la espalda, obligándolo a expulsar la mezcla de cemento sobre el suelo entre arcadas.

—¡Dame nombre!

—Wa… Wa…

—¡Nombre! ¡Ahora!

—Va... Vaca...

Georgiy perdió los papeles. Rechinando los dientes, vertió el cemento sobre la cara del hombre, asfixiándolo con él.

El contenido denso y rugoso le mojó el pelo y rápidamente le llenó los ojos.

Sus gritos estallaron cuando la sal y la arenilla empezaron a quemárselos antes de deslizarse por su garganta.

—¡Nombre! —gritó Georgiy.

El hombre sacudió la cabeza violentamente, lanzando salpicaduras de cemento al suelo y a las piernas y manos de Georgiy. Seguía con arcadas. Tosía. Se asfixiaba. Escupía. Jadeaba. Se ahogaba. La circulación hacia su cerebro se estaba cortando con rapidez.

Georgiy miró al suelo. Un pequeño montón de cemento había caído a su lado, mezclado con sangre. La mezcla estaba destrozando las entrañas de su víctima. No pasaría mucho tiempo hasta que muriera.

Georgiy decidió acelerar el proceso.

Agarró la nuca del hombre y tiró de ella hacia abajo hasta que sus vías respiratorias quedaron rectas.

Luego mantuvo el tubo sobre la boca y observó cómo la mezcla entraba a raudales como si estuviera llenando una bolsa de agua caliente.

Al principio, el hombre tuvo arcadas y se sacudió violentamente, pero fue inútil.

El cemento se abría paso por su cuerpo y el flujo era demasiado intenso para que pudiera superarlo.

Tras unos segundos, su última víctima se había ahogado en cemento y en su propia sangre. Su cuerpo se quedó rígido.

Durante un rato, el ambiente a su alrededor se congeló. Lo único que Georgiy podía oír era el sonido de su propia respiración. Incluso el bullicio lejano de Londres pareció acallarse y quedar en silencio.

— Eto pizdets —dijo Tatiana, con la voz suspendida en la incredulidad.

—¿Qué? —replicó Georgiy—. Teníamos instrucciones. Sabías que iba a pasar. Sabías que iba a morir así.

—Ya, pero… ni siquiera hemos conseguido ninguna información.

—Has visto sonrisa en su cara. Nunca nos la iba a dar.

—Eso no lo sa⁠—

Georgiy le dio la espalda, cortándole la frase. Ella debería saber que no debía hablarle así, y él tendría que asegurarse de que comprendiera cuál era su posición.

Dejó que el cuerpo cayera de forma natural al fondo del foso. Aterrizó con un golpe sordo que pareció resonar en la entrada del estadio.

Los Juegos Olímpicos de Londres estaban destinados a ser los más grandes y mejores hasta la fecha.

O eso no paraban de recordarles las noticias.

Con miles de atletas y sus respectivos equipos llegando al país, y con el mundo entero vigilándolos, estaba previsto que fuera un espectáculo.

Uno que nunca olvidarían. Pronto, en poco más de dos años, cientos de miles de personas caminarían sobre este mismo tramo de asfalto, pisoteando algo que no tendrían ni idea de que existía. Era el escondite perfecto.

—Rellenadlo —ordenó.

De inmediato, Nigel bajó y movió el cuerpo hasta que quedó tumbado boca arriba, antes de verter el resto del cemento que giraba en el foso.

—¿Qué pasa con su ropa y su identificación? —preguntó Tatiana.

—Se las quitamos del bolsillo cuando lo recogimos. Están en furgoneta. —Georgiy se limpió la nariz con el dorso de la mano.

—¿Me necesitáis para algo más?

—No. Vete a casa. Prepárate para mañana.

Georgiy observó cómo la mujer se alejaba; las luces proyectaban una sombra alargada sobre el pavimento que se movía en armonía con su cuerpo. Se quedó inmóvil hasta que ella subió a una furgoneta negra, similar a la de ellos, y se alejó en dirección opuesta.

El sonido del cemento cayendo en el agujero lo distrajo.

—¿Cuánto queda?

—Cinco minutos —respondió Nigel.

—¿Cuánto para que fragüe? —Georgiy contempló la humedad en el aire. La lluvia había remitido pero no daba señales de detenerse—. ¿Habéis echado el acelerante?

—Sí. Debería estar listo en unas cuatro horas.

Momento perfecto.

—¿Estás seguro?

Nigel hizo una pausa al responder: —Soy contable, no científico.