Capítulo 6
MALAS VIbrACIONES
U nas horas más tarde, Jake se despertó por una llamada de Liam, que lo convocaba a las obras del Estadio Olímpico.
Todavía estaba oscuro. Con resaca y sin coche en el que desplazarse, había llamado a Drew, quien se había aventurado a cruzar la ciudad para recogerlo.
Para sorpresa de Jake, fueron los primeros en llegar.
Se detuvieron ante la entrada del estadio, mostraron sus placas al agente uniformado apostado en el cordón exterior, se pusieron los trajes forenses y caminaron hacia el estadio.
Jake admiró la estructura que tenía delante.
Le recordó a las visitas a Stamford Bridge con sus hermanos cuando eran pequeños, viendo los partidos, buscando a su padre en el banquillo con su maletín médico al lado, listo y esperando para correr al césped a atender a los jugadores heridos. Aquellos eran buenos tiempos.
Jake no solía pensar en su padre, porque incluso la imagen o el reflejo más fugaz siempre lo deprimía; se lo habían arrebatado demasiado pronto, y nada iba a devolvérselo.
Jake se acercó al cordón interior de la escena del crimen. Allí firmó en el registro de asistencia, pasó por debajo de la cinta y se dirigió hacia el grupo de agentes uniformados que estaban fuera de una carpa forense blanca.
Unos segundos después, los recibió Poojah, la patóloga forense. Iba vestida de pies a cabeza con un mono blanco y azul. Tras la mascarilla, lo observaban unos ojos de un negro azabache penetrante. Jake siempre los había admirado; sentía que uno podía perderse en ellos para siempre.
—Drew… —empezó ella—. Jake… Enhorabuena, por cierto. Imagino que estarás contento.
—Entusiasmado —dijo Jake, haciendo todo el esfuerzo posible por no sonar sarcástico y grosero. Era el alcohol el que hablaba, haciendo que tardara más de lo normal en pensar con coherencia.
—Recuerdo cuando me gradué de la academia. Hace ya tantos años. Estaba mucho más delgada…
—¿A qué nos enfrentamos, Poojah? —la interrumpió Drew mientras avanzaba hacia la carpa en un intento deliberado de meterle prisa.
En el interior había un perímetro de unos tres metros cuadrados.
En el centro se abría el inicio de un agujero.
La capa superior de hormigón había sido excavada y estaba amontonada en una esquina de la carpa.
En el borde de la fosa, Jake vio los restos de una mano izquierda extendida.
El color de la piel se había aclarado por los químicos del cemento y parecía un trozo gigante de tiza.
—Lo ha encontrado un trabajador de la obra temprano esta mañana —dijo Poojah, deteniéndose junto a Jake.
—¿A qué hora? —preguntó él.
—Sobre las siete, creo.
—¿Alguna idea de cuánto tiempo lleva aquí?
—Es reciente. Por lo visto, anoche no estaba ahí.
Drew merodeó por el perímetro del agujero, se echó hacia delante y asomó la vista al interior.
—¿Causa de la muerte?
Por el rabillo del ojo, Jake vio cómo los ojos de Poojah se entrecerraban con una sonrisa burlona.
—Picadura de avispa. Alergias. Mordisco de tiburón. Tal vez alguien le golpeó la cabeza con una tetera…
Drew la miró con gesto serio. Estaba claro que no estaba para bromas.
Jake había notado últimamente que su moral y su energía estaban decayendo.
Saltaba mucho más por la mínima nimiedad.
Jake suponía que se había desenamorado del oficio.
Había oído que pasaba, pero nunca imaginó que le ocurriría a otro miembro de su equipo.
Corrección: no quería que le ocurriera a nadie de su equipo.
Eran como una familia —disfuncional, para ser sinceros— y Jake se sentía en parte responsable del bienestar de sus amigos y colegas como si fueran sus hermanos. Era su instinto paternal.
—Asfixia sería mi primera suposición —continuó Poojah—. Pero no lo sabré con certeza hasta que haga la autopsia. Tendré que examinar la tráquea y los pulmones en busca de signos de inhalación.
—Enterrado vivo —Drew sacudió la cabeza con asco—. Qué forma de morir. ¿Dónde está el testigo?
—Testigos. Hay dos. Están hablando con los de uniforme ahora mismo.
Jake giró la cabeza hacia la entrada de la carpa.
A más de cien metros de distancia se veía un pequeño grupo de trabajadores de la construcción ataviados con sus chalecos reflectantes y cascos.
Reían y bromeaban entre ellos, esperando a que les hablaran los agentes de la ley que en ese momento estaban ocupados con otros dos individuos.
Mientras él y Drew se dirigían hacia ellos, Jake sacó su libreta y pasó a una página nueva. Escribió la fecha y el lugar en la parte superior y lo subrayó varias veces.
Cuando llegaron a la altura de los dos individuos, Drew fue el primero en presentarse.
—Y este es el detective Tanner —concluyó—. Tengo entendido que han sido ustedes dos los que han encontrado el cuerpo. ¿Es correcto?
Frente a ellos estaban un hombre y una mujer. Ambos asintieron, aunque al mencionar el nombre y el título de Drew, a la mujer se le abrieron mucho los ojos y perdió el color en las mejillas.
—¿Les importa si nos acompañan a comisaría? —preguntó Drew, alternando la mirada entre ambos con rapidez—. Estarán más cómodos. Hay mucho que tratar.
—Sí, claro —dijo el hombre—. No hay problema.
Mientras el hombre hablaba, Drew lo observó, como si lo estuviera evaluando para una pelea.
—¿Y usted? —le preguntó a la mujer, que retrocedió un paso—. ¿Tiene algún inconveniente en venir a comisaría? Solo se la está tratando como testigo.
—No, no, no tengo ningún inconveniente. Pero me gustaría que me interrogara este caballero, ¿si no le importa? —Señaló a Jake.
Por un momento, Jake sintió que se sonrojaba. No sabía por qué la mujer lo había elegido específicamente a él, pero no iba a discutirlo.
Justo cuando los cuatro salían de la escena del crimen para volver al coche, se cruzaron con Liam.
—¿Qué tal, jefe? —saludó Drew—. ¿Dónde está el detective Garrison?
—Viene con retraso —respondió Liam—. Está en camino. Nos vemos en comisaría. Tengo malas vibraciones con este caso.